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Arruinar el neoliberalismo

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Palabras previas a "En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente", flamante libro de Wendy Brown editado junto a Traficantes de Sueños y Futuro Anterior. "Movilizando y manipulando los afectos del nihilismo, el fatalismo y el resentimiento, se logra el tono apocalíptico y terrorífico de las derechas actuales", dicen las autoras.

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Este libro comenzó a gestarse el mismo día que Donald Trump ganaba las elecciones en Estados Unidos en 2016 y se tradujo al castellano al calor del dramático cierre de su ciclo presidencial, en medio de una brutal crisis de la democracia estadounidense. Por eso nos da claves fundamentales para interpretar las fuerzas que están en juego en esa disputa que hoy continúa. Fuerzas que la filósofa norteamericana Wendy Brown caracteriza como antidemocráticas en el sentido de que se alzan contra lo social, lo político y el Estado en tanto instancias de regulación y planificación social.

En las ruinas del neoliberalismo presenta una lectura aguda y pormenorizada de la emergencia virulenta de las nuevas derechas que proliferan en el mundo actual –la denominada AltRight (derecha alternativa) y sus versiones de derechas trash–. Esas mismas que relanzan las dinámicas neoliberales con una nueva energía, que para Brown emana de la herida del sujeto blanco-masculino-heterosexual ante su descentramiento como sujeto universal. La amenaza ante el peligro de la pérdida de sus privilegios deviene furor conservador, ímpetu antidemocrático.

Así, el recurso contractual e interesado con lo que ella llama moral tradicional le permite explicar ese matrimonio entre neoliberalismo y conservadurismo que pareciera, desde otras perspectivas, incompatible. En este libro, modificando incluso en parte sus razonamientos anteriores (1), va más allá de caracterizar el neoliberalismo como economización de todo, para hacer foco en los “investimentos afectivos” que implican esos privilegios y, a la vez, evidenciar cómo es usada la retórica de la libertad (de expresión y de culto en particular) para su defensa.

Indagando en el origen doctrinario del neoliberalismo –recorriendo en detalle las obras de Milton Friedman y especialmente de Friedrich Hayek–, Brown se pregunta cómo la racionalidad neoliberal preparó y legitimó las fuerzas antidemocráticas que cobraron protagonismo en la segunda década de este siglo, en la que sobran ejemplos a nivel global. Este es el interrogante que la filósofa despliega para subrayar el lado moral del proyecto neoliberal (en parte, dice, no tenido en cuenta en la mayoría de los análisis). Sería esa moralidad la que funciona como el cemento que une los conceptos de libertad y tradición, de familia y libre mercado, a la vez que se convierte en fundamento para “desmantelar la sociedad” (en un juego de contrapunto con el curso de Michel Foucault titulado “defender la sociedad” y dedicado a los orígenes de la biopolítica y los racismos de Estado).

Desmantelar la sociedad, entonces, y en un mismo movimiento, familiarizarla y cristianizarla. El embate contra lo social, entendido como el espacio donde fermentan las demandas de justicia social, es otro de los locus que –asociando a Hayek con Arendt– la autora construye para analizar la avanzada neoliberal. El neoliberalismo se relanza en un sentido ultra-conservador en una deriva que, ella insiste, no era intencional en los orígenes doctrinarios de sus “padres fundadores”, sino que produce un neoliberalismo “Frankenstein”, como lo ha caracterizado en otro ensayo que aquí a la vez retoma y reformula (2).

Este énfasis en el devenir engendro del neoliberalismo, por llamarlo de algún modo, explica su acción grotesca. Movilizando y manipulando los afectos del nihilismo, el fatalismo y el resentimiento, se logra el tono apocalíptico y terrorífico de las derechas actuales. El neoliberalismo conservador apuesta así al shock como fármaco para desmovilizar la protesta social.

El neoliberalismo se relanza en un sentido ultra-conservador en una deriva que no era intencional en los orígenes doctrinarios de sus “padres fundadores”, sino que produce un neoliberalismo “Frankenstein”.

Brown busca captar entonces con qué fuerzas se intersecta el neoliberalismo para perdurar y renovarse y qué tipo de coyunturas permiten leer su actualidad bajo sus propios términos, al punto de ser caldo de cultivo de nuevos fascismos. Mapear y narrar estas derivas es fundamental para entender las ruinas del neoliberalismo (a la vez lo que queda expuesto como sus cimientos y fundamentos) pero también para pensar y experimentar cómo arruinarlo.

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Traducir este libro ahora profundiza una conversación entre teorías críticas del neoliberalismo e invita a su desplazamiento. Con la perspectiva de Brown tratamos de comprender a fondo y a la vez dislocar el análisis del neoliberalismo producido desde la geografía euro-atlántica hacia el sur global, para ponerlo en diálogo con las teorizaciones del neoliberalismo en nuestra lengua –aún si no podemos decir que el castellano es solo uno. Sobre todo porque, en los últimos años, estos debates sobre el neoliberalismo han sido impulsados y renovados de manera práctica por los feminismos que tienen en sus diagnósticos de las formas contemporáneas de explotación y dominio una de sus armas críticas más fuertes.

Aquí encontramos un punto de convergencia que nos permite situar a las luchas feministas, migrantes, antirracistas y populares en el centro de una desestabilización ante la cual las fuerzas conservadoras reaccionan orquestando una contra-ofensiva que podemos caracterizar simultáneamente como económica, militar y religiosa. Esta reacción se gesta desde arriba, se sintetiza en los gobiernos de ultra-derecha, pero también opera desde abajo, disputando el terreno de las subjetividades engendradas en el ciclo neoliberal y en su producción específica de afectos.

Nos interesa, justamente, poner en diálogo esta crítica al neoliberalismo con dos elementos presentes en nuestra realidad regional. Por un lado, que en América Latina el origen del neoliberalismo es indisimulablemente violento. O sea, tenemos una genealogía por la cual la “novedad” de una alianza entre neoliberalismo y fuerzas no democráticas no es tal. Las dictaduras vinieron a reprimir un ciclo de luchas obreras, barriales y estudiantiles que marcaron su inicio. Como principio de método y como perspectiva desde este continente, por tanto, es necesario subrayar la emergencia del neoliberalismo como respuesta a estas luchas. Por eso se presenta como un régimen de existencia de lo social y un modo del mando político instalado regionalmente con la masacre estatal y paraestatal de la insurgencia popular y armada, y consolidado en las décadas siguientes a partir de gruesas reformas estructurales, según la lógica de ajuste de políticas globales.

Esta reacción se gesta desde arriba, se sintetiza en los gobiernos de ultra-derecha, pero también opera desde abajo.

Entones, la conjunción de neoliberalismo y fascismo tiene en América latina un archivo clave: si Chile es la vanguardia impulsada por los Chicago Boys con el golpe militar contra Allende (inaugurando un neoliberalismo con capacidad constitucional que recién hoy está puesto en discusión, gracias a una revuelta social inédita), Argentina es su perfeccionamiento en términos de terrorismo de Estado, como plan sistemático, inescindible de reformas en las leyes financieras (aún vigentes). Las visitas a la región en aquellos años por parte de Friedrich Hayek y Milton Friedman son un capítulo especial para desarrollar el componente doctrinario que el neoliberalismo tuvo en nuestros países, donde Perú bajo la insignia organizativa de Hernando de Soto, también es un bastión ineludible y otra experiencia de constitucionalización neoliberal con sus efectos a la vista.

Esto nos da una mirada política (para la acción) y metodológica (para el análisis) que ubica la violencia no como desvío, sino como experiencia originaria. De modo más reciente, los feminismos en lucha son una experiencia de masas clave porque atacan la estructura de subordinación y explotación en una zona sensible y estratégica: justo donde el neoliberalismo se articula con fuerzas reaccionarias en el orden de la familia, la sexualidad, los merecimientos de subsidios sociales, los trabajos no remunerados, las legislaciones antimigrantes, etc. La palabra contraofensiva marca entonces esa dinámica de reacción de violencia neoliberal y conservadora que pretende la normalización de nuestro presente, frente a su desestabilización por el desborde por abajo.

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Finalmente, queremos subrayar que los análisis feministas sobre el neoliberalismo contemporáneo enfatizan que es en el terreno de la reproducción social donde moralidad y explotación se anudan: de ahí las campañas contra el aborto legal e incluso contra la educación sexual y el acceso a la salud reproductiva, financiados desde el Norte por los fundamentalismos religiosos que azotan nuestro continente con obscenas retóricas antiderechos. Es así que nuestro mapa político hoy presenta muchas características de los movimientos de la derecha más reciente en los Estados Unidos, que Brown estudia con puntillosidad en el contexto original: desde la emergencia del llamado libertarismo a la instrumentalización de la moral patriarcal recargada por nuevas invectivas del racismo, pasando por la politización del cristianismo que hoy lleva adelante una verdadera contrarrevolución sexual diseñada a medida para servir a los intereses de estabilización del orden.

Para justificar sus políticas de ajuste, el neoliberalismo revive la tradición de la responsabilidad familiar privada, como señala Brown, y lo hace en el idioma de la “deuda doméstica”. Endeudar a los hogares es parte de su llamado a la responsabilización neoliberal, pero al mismo tiempo condensa el propósito conservador de plegar sobre los confines del hogar cis-heteropatriarcal la reproducción social. Tal es la clave del familiarismo que Brown analiza detalladamente. Los “valores familiares” (glosando el título del libro de Melinda Cooper) son la traducción y justificación moral de la privatización y extracción sin límites. Son la fachada moralista del saqueo a las casas y a determinados cuerpos y territorios.

En América Latina este modo de endeudamiento doméstico lo hemos debatido como parte de la dimensión extractivista, lo cual es otro rasgo indisimulable del neoliberalismo y que obliga a un análisis geopolítico desde una perspectiva anticolonial. La cuestión del extractivismo es así indisociable en este momento de la violencia neoliberal, porque constituye una de sus fuentes privilegiadas.

“¿Qué es esto? ¿Autoritarismo, fascismo, populismo de derecha, democracia antiliberal, liberalismo antidemocrático, plutocracia de derecha? ¿O es otra cosa?”, se pregunta Wendy Brown en la introducción. Sin intentar cerrar una única respuesta definitiva a la interrogación inicial del libro, sino problematizando sus argumentos, En las ruinas del neoliberalismo interpela a lxs lectorxs hacia la formulación de nuevas críticas políticas y perspectivas rebeldes para reorientar los afectos (heridos, en verdad, por más de cuatro décadas de políticas neoliberales de distintas intensidades) en el sentido de la imaginación de otros mundos posibles. Los feminismos latinoamericanos y transfronterizos, tanto al nivel de la producción teórica como de la organización política, lo están poniendo en práctica, con la fuerza de un deseo capaz de revolucionar las vidas de las mayorías.

(1)    Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution, New York, Zone Books, 2015.

Traducción al castellano: El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo,

Barcelona, Malpaso, 2016.

(2)     “Neoliberalism’s Frankenstein: Authoritarian Freedom in Twenty-First Century

Democracies”. Critical Times 1 April 2018; 1 (1), pp. 60-79.