RESEÑAS

Cárcel para todos: anatomía de un experimento neopunitivista. A propósito de El Salvador de Bukele

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Reseña del libro de John Gibler, Fabio Luis Barbosa dos Santos y Miguel Tovar. Una radiografía entre la crónica, el ensayo y la imagen para entender la variante más radical y sistemática del neopunitivismo contemporáneo.

“No importa si son de derecha o de izquierda, son igualmente vomitivos, igualmente corruptos, igualmente ladrones, se les nota en la cara la ansiedad por robar lo que puedan”.

El asco, Horacio Castellanos Moya

I.

Al igual que en los albores del siglo XIX con Haití, y más tarde con Cuba y Nicaragua, una pequeña nación centroamericana —la más diminuta y superpoblada— vuelve a ser el epicentro de la mirada mundial. Pero ya no es la revolución la que agita sus tierras volcánicas, sino la sospecha de que allí se está poniendo a punto un modelo de gobernabilidad adecuado a los tiempos convulsos que vivimos.

“En El Salvador, el presidente reprime las libertades civiles y lo aman”. Con este contundente titular, el New York Times resumía en abril de 2022 la primera renovación del régimen de excepción que el gobierno de Nayib Bukele había decretado un mes antes. A día de hoy , la medida acumula 45 renovaciones y la excepción se volvió regla. La afirmación del periódico no solo invita a adentrarse en los meandros de una subjetividad salvadoreña que brinda respaldo popular a la represión estatal —una dinámica que, observada de cerca, no difiere sustancialmente de la aquiescencia vernácula frente a políticas de ajuste que precarizan la reproducción social—, sino que explicita el chantaje al que se ven sometidas muchas sociedades contemporáneas: la promesa de seguridad a cambio de libertades democráticas. Un trueque que resulta incluso más lesivo que un cheque en blanco.

Para ingresar en los vericuetos de este opaco experimento, nos servirá de guía El Salvador de Bukele (Tinta Limón, 2025), una obra concisa en la que cohabitan tres registros. Bajo la pluma del periodista independiente John Gibler, el texto adopta el tono de la crónica política, poblada de voces que dan testimonio de las detenciones masivas y arbitrarias de jóvenes pobres —en muchos casos trabajadores, en todos, sobrevivientes—, condenados a la desgracia de caer en un agujero negro que los despoja de toda humanidad. Gibler nació en Texas, Estados Unidos, pero vivió gran parte de su vida en México, sobre todo desde que, a principios de los años dos mil, se vio interpelado por las palabras del zapatismo y, posteriormente, por lo que se denominó la Rebelión de Oaxaca. A partir de ese momento, desarrolló una capacidad virtuosa para escuchar y registrar testimonios, y para construir, a partir de ellos, una verdad que permanecía velada. Ese mismo mecanismo puso en práctica en su otra obra fundamental, publicada por el mismo sello editorial: Una historia oral de la infamia, donde reconstruye minuciosamente, a través de los relatos de sobrevivientes y familiares de las víctimas, la gestación de la masacre de Ayotzinapa.

En El Salvador de Bukele se ensaya la variante más radical y sistemática del neopunitivismo contemporáneo.

Una perspectiva complementaria es la que aporta el investigador brasileño Fabio Luis Barbosa dos Santos, quien recurre al ensayo histórico para rastrear el proceso que desembocó en el experimento autoritario de Nayib Bukele. Barbosa es autor de otro lúcido ensayo político: Brasil autofágico (Tinta Limón, 2022) donde analiza la crisis estructural y autodestructiva de los mecanismos de reproducción de la vida en las sociedades latinoamericanas ―especialmente en Brasil― como producto de dos lógicas, complementarias y en tensión: la de las políticas progresistas que contienen y aplazan la crisis, y la de las de derecha que la promueven y aceleran.

La tercera entrada a esta obra nos llega a través del ensayo fotográfico de Miguel Tovar, fotodocumentalista de larga trayectoria, ganador del World Press Photo prize 2019, por su cortometraje documental sobre la mutilación de ojos durante las protestas en Chile (It’s Mutilation: The Police in Chile are Blinding Protesters). Tovar acompañó a Gibler durante su estancia en El Salvador y con sus fotografías termina de completar este mapa. En un diálogo ―silencioso pero elocuente― con la crónica, la historia y la política, articula un discurso propio donde la imagen interpela, documenta y condena.

Lo que en definitiva, nos muestra este libro es que el laboratorio salvadoreño no es un caso aislado. Así como el gobernador de Río de Janeiro ejecuta una carnicería que le reditúa popularidad y aplausos de sus pares; así como el Departamento de Defensa de Estados Unidos bombardea impunemente embarcaciones de civiles en el Pacífico oriental latinoamericano; así como Ecuador y Argentina perfeccionan sus maquinarias represivas ante las resistencias a sus las políticas de ajuste; en El Salvador de Bukele se ensaya la variante más radical y sistemática del neopunitivismo contemporáneo. Allí, el estado de excepción perpetuo y los encarcelamientos masivos se han convertido en los pilares de un modelo de gestión política y control social. Tal como el genocidio en Gaza muestra hasta el cansancio, los límites de lo tolerable se desplazan con una violencia tal que las sociedades aparecen progresivamente anestesiadas, sumidas en la impotencia.

II.

John Gibler llega a El Salvador casi por casualidad. Atraído por las movilizaciones de abril de 2018 que habían despertado su curiosidad militante, su objetivo era Nicaragua. Quería comprender, desde el terreno mismo, dice, cómo un proceso revolucionario puede transmutarse en su antítesis. Desde Costa Rica, donde entrevistó a veteranos cuadros sandinistas y ultimaba los preparativos para su incursión en territorio nicaragüense, la policía orteguista —alertada y hostil hacia el periodismo independiente— comenzó a seguir sus pasos y a enviarle mensajes intimidatorios. Estaban al tanto de su llegada y se aseguraron de que lo supiera. Ante la presión constante, sus contactos locales terminaron por persuadirlo de que abandonara el viaje o, en su defecto, lo postergara el tiempo necesario para salir del radar de los agentes de investigación. La sensación de fracaso, pese a todo, resultaba insoslayable.

Sin embargo, en el gran teatro de lo real, el azar suele escribir los guiones más inesperados. En ese preciso momento —marzo de 2022—, el autoproclamado “dictador más cool del mundo” decreta el estado de excepción en El Salvador. Esta medida no solo se convierte en su arma principal para la guerra contra las pandillas, sino también en su carta de presentación ante el mundo: durante los días siguientes, Bukele satura el espacio global con imágenes de redadas donde jóvenes pobres, semidesnudos y con las cabezas rapadas, aparecen formados y humillados. La repetición obsesiva de estas escenas es el detonante que vuelve impostergable la escritura de crónicas urgentes. Estos registros documentan con crudeza cómo, a través del terror, el régimen ejerce un doble disciplinamiento: desertifica el espacio público y confina en cárceles ―e incluso en sus propios hogares― a los jóvenes de los sectores populares.

Así, con su lápiz y libreta como únicas herramientas —tal como había hecho en Ayotzinapa—, Gibler se sumerge en el terreno. Allí recoge los testimonios desgarradores de madres cuyos hijos fueron arrancados de sus hogares o lugares de trabajo bajo la única y omnipotente justificación de que “así lo dispuso el Presidente”. A través de los testimonios, una verdad se impone con crudeza: la condición de ser joven y pobre constituye por sí sola un delito. Los tatuajes —especialmente aquellos asociados a las pandillas— incrementan el riesgo de detención, pero no son un requisito. Operando sin inteligencia previa ni investigación, el protocolo policial del régimen se reduce a una máxima perversa: primero se captura, luego se buscan motivos. El proceso carece por completo de garantías: no existen juicios justos, defensa adecuada ni, mucho menos, evidencia que sustente las acusaciones. Esta misma arbitrariedad, lejos de ser una falla del sistema, parece ser la base sobre la que se edifica su poder omnímodo. La maquinaria represiva no perdona ni siquiera a los menores de edad —encarcelables desde los 12 años—, quienes reciben condenas desproporcionadas que ignoran cualquier principio de rehabilitación y anulan toda posibilidad de reinserción social.

Bajo la máxima, ampliamente difundida en los últimos años, de que “los derechos son para los ciudadanos, no para los criminales”, los reclusos en las cárceles del régimen quedan despojados de toda garantía. El hacinamiento alcanza niveles obscenos, como quien amontona animales en jaulas de camino al matadero, con la crucial diferencia de que aquí, lejos de engordarlos, los exterminan mediante hambre, sed y enfermedades curables. Esta lógica configura una guerra desubjetivante donde el enemigo deja de ser una persona para convertirse, en el mejor de los casos —como proclamaba Bolsonaro—, en cucarachas que deben ser aplastadas.

Más allá de la crueldad explícita, el régimen despliega una cuidadosa performance de poder: un espectáculo mediático de la autoridad, calculado para las redes sociales y el marketing político. Bukele no solo construye consenso interno, sino que se proyecta como un modelo de gestión “llave en mano” —un producto de exportación autoritaria— mientras demuestra a propios y extraños quién ostenta el control absoluto. En este juego de luces y sombras, como sugiere Gibler, se perfila nítido el agotamiento del pacto democrático que prometía garantizar la reproducción de la vida. La gobernabilidad punitiva se revela así como el reverso siniestro de una crisis estructural que se vuelve ingobernable.

III.

“Autoritarismo milenial” y “Bukelismo de masas” llama Fabio Luis Barbosa dos Santos a este fenómeno: una fórmula política donde la combinación de redes sociales, violencia estatal, paternalismo y opacidad institucional reemplaza las formas de representación tradicionales vigentes desde los Acuerdos de Paz de Chapultepec de 1992, incluido el contacto directo con la ciudadanía. En su ensayo “El Salvador y la democracia que el terror parió”, Barbosa no solo reconstruye las condiciones que hicieron posible este desplazamiento, sino que argumenta cómo los límites estructurales de la democracia liberal son el sustrato que permite el surgimiento de este nuevo autoritarismo.

El bukelismo es una fórmula política donde la combinación de redes sociales, violencia estatal, paternalismo y opacidad institucional reemplaza las formas de representación tradicionales.

Barbosa sitúa el origen de esta trayectoria histórica en las reformas liberales de finales del siglo XIX, específicamente en la promulgación de las Leyes de Extinción de Tierras Comunales (1881) y de Ejidos (1882). Estas normativas consagran la propiedad privada como el único régimen legal válido y redefinen  radicalmente el patrón de desarrollo nacional. Este cambio estructural sobredeterminará el siglo siguiente, pues en la práctica “proporcionaron el marco legal para la expropiación masiva de tierras indígenas y campesinas”, e impulsaron la producción cafetalera comercial que se convertirá en el principal producto de exportación del país durante los próximos cincuenta años.

A partir de entonces, según Barbosa, se consolida una élite empresarial exportadora y emerge una masa de desposeídos que, ante cualquier tentativa insurreccional, será brutalmente reprimida. Esta dinámica culmina a principios de los años treinta con el establecimiento de una dictadura militar. Así, entre ciclos de represión y concesiones reformistas, la vida política queda cautiva de las fuerzas armadas, institución que se erigió en el pilar fundamental de la dominación de clase. Frente a este orden, surgieron diversas organizaciones político-militares que, nutriéndose de un vigoroso movimiento popular, intentaron quebrar ese eje de poder. La chispa que incendiará definitivamente la pradera salvadoreña es el triunfo sandinista de julio de 1979 en Nicaragua.

Sin embargo, como señala el investigador brasileño, esta insurrección latente no cristalizó en una revolución, sino que derivó en una prolongada guerra civil. Con la élite empresarial bajo la tutela estadounidense, hacia mediados de la década de 1980 la represión estatal se intensificó hasta alcanzar niveles de brutalidad extrema. La derrota negociada de la guerrilla en los años noventa permitió la consolidación de una democracia neoliberal que reorientó el patrón de acumulación: de la agroexportación hacia una economía de servicios. En esta transición de la violencia política abierta a la exclusión económica estructural, se privatizaron las empresas públicas mientras el mercado laboral se contraía y precarizaba. Este deterioro aceleró la migración masiva, transformando poco después las remesas en un componente vital de la economía familiar salvadoreña.

Entre 2009 y 2019 ―año en el que Bukele alcanza la presidencia de la Nación― El Salvador tuvo su “década ganada”. Quien encarnó la experiencia progresista fue el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el partido surgido de la guerrilla tras los Acuerdos de Paz. El FMLN implementó políticas sociales que aliviaron la miseria, aunque la ausencia de un boom de commodities limitó su alcance. Sin embargo, su fracaso más significativo fue la incapacidad para generar empleos dignos y condiciones de seguridad básicas para la población. Paradójicamente,  no le faltaron políticas punitivistas: el FMLN ya había ensayado medidas de “mano dura”. En este sentido, Bukele es en muchos aspectos una criatura política del FMLN, y su Plan de Control Territorial intensifica una militarización de la seguridad pública —con patrullajes en comunidades pobres, endurecimiento penitenciario y retórica belicista contra las pandillas— que ya existía antes de su llegada al poder.

La verdadera novedad, sugiere este ensayo, no reside únicamente en el terror que siembra el carácter azaroso de las detenciones, sino en el consenso social que obtiene la represión. Bukele parece así canalizar un deseo colectivo —de base popular, aunque de naturaleza autoritaria— por una violencia ordenadora que ponga fin al caos. Se trata de un punitivismo que “securitiza lo existente”, renunciando a proyectar un futuro distinto. En este marco, la alternativa al autoritarismo bukeliano no es el progresismo de un Lula, sino la ley brutal de las bandas armadas que dominan el territorio, como ejemplifica el caso de Barbecue en Haití: un expolicía que, bajo una retórica antiimperialista, ejerce el control mediante la extorsión. El interrogante final se impone con fuerza: ¿qué formas de vida y de política pueden florecer en un suelo abonado por la inseguridad material y el miedo?

En suma, el experimento salvadoreño, lejos de ser una anomalía, se revela como la expresión más nítida de un orden en crisis. El Salvador de Bukele no sólo documenta la anatomía de un régimen, sino que desnuda el chantaje fundacional del neopunitivismo: la promesa de un orden, incluso si este se construye sobre el cadalso de las libertades y la lógica del exterminio. La pregunta que queda flotando, y que el libro obliga a formular, ya no es solo qué vida es posible bajo el imperio del miedo, sino si la democracia liberal, agotada, tiene algo más que ofrecer que el vacío que estos nuevos autoritarismos se apresuran a llenar.

Publicada originalmente en Revista Cuestiones Criminales.

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