#ChileDespertó: un año de revuelta antineoliberal

Mario Garcés: Chile y un nuevo tiempo histórico

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El ciclo de la dictadura llegó a su fin con la revuelta. El historiador Mario Garcés sostiene que es tiempo de las luchas populares. Conversamos con él, en el marco de la serie #ChileDespertó, a un año de la revuelta antineoliberal: “Acuerdo y represión, fue la estrategia de Piñera”, dice. Fotografías de Paulo Slachevsky.

Desde el comienzo del estallido en octubre de 2019, el historiador chileno, ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y actual director de ECO, Mario Garcés, se dedicó a elaborar y difundir informes de coyuntura. Periódicamente analizó los hechos en la medida en que se desarrollaban marcando etapas, hitos relevantes, actores y dilemas a los que se enfrentó el movimiento social y ciudadano. Ese material fue compilado y publicado en marzo –poco antes de que la pandemia del Coronavirus se instalara en el América Latina– bajo el título Estallido Social y una Nueva Constitución para Chile (LOM, 2020).

Con el estallido, y luego con la aplastante victoria del “Apruebo” en el plebiscito, un año después, Mario Garcés ve que se cierra el ciclo de la dictadura, y sus herencias, y abre un nuevo tiempo histórico para Chile y las luchas populares; un tiempo marcado por la experiencia inédita de una Asamblea Constituyente, un largo anhelo del movimiento social. A fin de transitar un proceso constituyente que sea expresión genuina y democrática de la soberanía popular, tres planos son los que, inevitablemente, este movimiento social debe atender: el primero, el de la discusión (pedagógico político) de los contenidos de la nueva Constitución; dos, el problema de qué mecanismos del proceso constituyente aseguran la participación popular y ciudadana y, tres, el problema de cómo mantener activa la movilización social desatada en Octubre del ‘19, con sus articulaciones y demandas (ver)

Durante esos primeros meses de intensa movilización, Tinta Limón viajó a Santiago y se entrevistó con el autor en un esfuerzo por comprender las claves de la revuelta chilena. Esta entrevista, que compartimos a continuación, forma parte de una serie sobre la revuelta en Chile, cuando se cumple un año del estallido y se fortalece el proceso hacia una Asamblea Constituyente.

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Para comenzar, el historiador nos propone analizar el estallido y la crisis chilena pensando en las dimensiones de lo nacional y popular –ausentes en la política local al menos desde la derrota de la Unidad Popular– y sostiene que si bien hay rasgos comunes con la rebelión de 2001 en Argentina lo de Chile –como el “que se vayan todos”– adquiere rasgos singulares: “La figura de Allende se puede reivindicar como figura histórica, como referencia, pero los contenidos del proyecto, su capacidad de unificar lo popular, todo eso está en la sombra”.

Mario Garcés: Primero un comentario general a propósito del 2001 argentino: si bien tenemos semejanzas, no tenemos tradición peronista. Entonces no tenemos salida por esa vía histórica. Por supuesto que el “que se vayan todos” está. No se expresa así en Chile, pero la distancia, el rechazo, el malestar con la clase política es impresionante, está muy presente. Incluso en lugares de la propia izquierda. En el fondo, no tenemos una tradición histórica de algún tipo de proyecto que encarne lo nacional, lo popular, que pudiera reformularse, reciclarse. Es decir: no es que no tengamos en la historia ese tipo de proyectos, es que no hay forma de que ese proyecto se vuelva actual porque la Unidad Popular todavía es innombrable. Como dice el historiador norteamericano Peter Winn sobre la “nueva memoria prohibida”: si durante la dictadura la memoria prohibida era la violación de los Derechos Humanos, en la transición, fue la Unidad Popular. De eso no se habla.

Y la verdad que es un proyecto que no tiene consenso en la propia izquierda. Hay segmentos que la reivindican más o menos, otros la critican radicalmente por su incapacidad democrática para sumar mayorías, otros por la ausencia de componente armado y su ingenuidad frente a las fuerzas armadas. Pero, en definitiva, es una zona sobre la que no existe consenso. Entonces, la figura de Allende se puede reivindicar como figura histórica, como referencia, pero los contenidos del proyecto, el sentido del proyecto, su capacidad de unificar lo popular, todo eso está en la sombra. Planteo esto porque este año se van a cumplir 50 años de la elección de Allende y es preciso reivindicar esta memoria pero con contenido: de qué se trató el programa, qué conflictos enfrentó, porque termina como termina. Abrir el debate sobre ese proyecto.

¿En qué condiciones se da el estallido y qué características tiene?

Mi primera hipótesis es que este estallido se produce en medio de una crisis de la política más tradicional y de un levantamiento sin convocante central, sin orgánica. Y uno podría decir, también, sin un proyecto político tan definido. Eso se ha modificado con el paso del tiempo. De alguna manera se ha ido configurando un programa político desde las propias experiencias de las asambleas y de las distintas articulaciones. O sea: uno revisa las propuestas de Unidad Social, que agrupa a los gremios, y hay un planteamiento de diez puntos sobre riquezas básicas, agua, salud, educación, etc. Después uno revisa el Cabildo, la asamblea que hizo Colo-Colo, el club deportivo nacional, y son ocho, nueve puntos, casi los mismos. No hay mucha diferencia. Esta semana leí una propuesta que hizo un comité conformado por estudiantes, profesores y funcionarios de la Universidad de Santiago y es más o menos parecido. Y la consulta municipal que se hizo el 15 de diciembre fue notable: de 2 millones y tanto de votos escrutados, el 92,4 por ciento se inclinó por el cambio de la Constitución. Abrumador. Esa consulta tenía una pregunta sobre prioridades de cambio social. Se podía votar por tres y la más altas fueron pensiones, salud y educación. Están en todos los petitorios. Hay un cierto nivel de consenso en ese campo que es interesante. En estas demandas hay una serie de consideraciones técnicas que todavía no están muy claras. Por ejemplo, el tema de pensiones. Es un tema clave, que viene del año ’81, casi 40 años de capitalización privada obligatoria, no hay posibilidad de escape. Y la demanda es modificar el sistema en función de dignificar las vidas. Y eso hasta ahora, ni en la derecha, ni en la Democracia Cristiana tendrían intención de hacerlo. Recién los socialistas y el PPD empiezan a abrirse a alguna modificación. El otro día escuchaba a Eraldo Muñoz (dirigente del PPD, muy socialdemócrata, muy neoliberal, de la vieja izquierda que se han hecho neoliberales) que empieza a plantear la posibilidad de sistema mixto, que es lo que hizo Uruguay en algún momento. Que el Estado garantice una base y que, a lo mejor, se mantenga una cuota de capitalización privada. Sería un cambio relevante. Esa discusión todavía no está muy clara cómo se va a hacer. Tanto la derecha como Piñera están muy refractarios a hacer cambios. Incluso en sectores de su partido, Renovación Nacional, ya hay críticas.[1]

Recién mencionabas la consulta hechas por los municipios a mediados de diciembre de 2019, que tuvo una alta participación. ¿Te parece que fue un hecho político de relevancia?

Claramente, es un suceso relevante. Es interesante porque los alcaldes ingresan al debate político como en noviembre, cuando empieza a insinuarse la posibilidad de una Asamblea Constituyente, o de cambio constitucional; y el gobierno todavía no tiene apertura. Lo máximo que insinúa es la posibilidad de un Congreso Constituyente; o sea, que el propio Congreso, los propios políticos actuales redacten una nueva Constitución. Es cuando Piñera hace el cambio de gabinete. Es decir, concede extremadamente poco. Los alcaldes tienen varias asociaciones, pero hay una, la Asociación Chilena de Municipalidades, que nuclea a más de 200 municipios. En Chile hay unos 300. Esta Asociación aparece diciendo “nosotros vamos a hacer una consulta”.

Esto es un poco extraño, es uno de los momentos más críticos de Piñera. Por un lado, no logra sacar de nuevo a las Fuerzas Armadas a la calle, que le ponen condiciones. Desde el punto de vista del orden público, por vía militar, no tiene despejado el camino. Y desde el punto de vista político, tampoco tiene iniciativa, porque está con una agenda social muy débil, delgada. Y tampoco tiene salida política. Entonces intervienen los alcaldes tomando la iniciativa política y, en el fondo, proponiendo un cuasi plebiscito. O sea: ellos van a consultar y a preguntar si la gente quiere cambiar la Constitución.

En ese contexto viene lo que es a mi juicio la operación de salvataje del Congreso, que pone el Acuerdo por la paz y la Nueva Constitución. Por otro lado, se fue fortaleciendo un movimiento opositor que sumó a los gremios, que produce paros nacionales, que mantiene ocupada la Plaza de la Dignidad (ex Plaza Italia). Es decir, es un momento de máxima tensión, de muchos problemas para el gobierno. Y es, también, el momento en que empieza a aparecer en la televisión, entre los columnistas, que el gobierno está en el límite. Yo pensé en un momento que era casi empujarlo, que estaba muy cerca…

Pero, bueno, en Chile eso nunca es fácil. El estado chileno es muy poderoso, con capacidad de sostenerse en un tiempo muy largo. Fíjate que en el siglo XX solo dos presidentes no han terminado su mandato por razones políticas. Ibáñez, en los años ‘30, con la crisis mundial –Chile fue el país más afectado de América Latina, porque las exportaciones cayeron el 80, 90 por ciento, un país que estaba en el suelo. Y Allende, el último golpe de Estado. No hay otro caso.  Hay dos que no terminaron su mandato porque estaban enfermos, no por cuestiones políticas.

Por la misma fecha hay otro hecho político de relevancia y es el ingreso a la Cámara de Diputados de un paquete de leyes represivas, “anti-capucha”. Es decir, el intento del oficialismo, de la derecha, de ampliar las herramientas legales para reprimir las protestas y desactivar la movilización social.

Sí, un tema muy complejo. Este segundo paquete de leyes que el oficialismo presenta en Diputados, el primero es una agenda social y este sobre el control de orden público. Son cuatro o cinco leyes represivas: anti saqueo, anti capucha, anti barricada. Brutal. De esas leyes, dos son discutidas explícitamente en el parlamento: anti saqueo y anti barricada. Ahí se produce una situación muy compleja, porque con el tema de los saqueos Piñera, o el oficialismo, logra cierto consenso.

La de los saqueos es una zona muy ambigua: efectivamente hay segmentos del narcotráfico, hay campos donde se deja hacer. Incluso cuando se está discutiendo la ley aparece el caso de un concejal municipal de la comuna de La Calera (región de Valparaíso), que dirige una banda que organiza el saqueo en su comuna. Un concejal del partido de gobierno, con lo cual la situación se vuelve más compleja.

Además, en esos días hay declaraciones de grupos socialistas, 60 o 70 firmas –entre  ellas la de José Manuel Insulza, que fue Ministro del Interior de la Concertación, y luego Secretario General de la OEA– que ven que está amenazada la democracia. Y que dentro de la amenaza está la acción de grupos vandálicos, fundamentalistas. Todo eso genera un clima que hace que, en la Cámara de Diputados, el 4 de diciembre, se discutan estas leyes y se aprueben con amplia mayorías, incluido el Frente Amplio. Con 127 votos a favor que aprueban las leyes represivas; solo 7 votos en contra y 3 abstenciones. Si uno revisa quiénes se abstienen y quiénes votan en contra: votan en contra solo dos comunistas, tres o cuatro del Frente Amplio y un independiente. Se abstienen todo el resto de los comunistas y algunos del Frente Amplio. Y entre estos, el Secretario General del PC y Camila Vallejo, la gran dirigente del 2011.

Esto es terrorífico porque el Frente Amplio entra totalmente en el juego y el PC se desorienta. Algunos me decían: es una abstención como forma de rechazo… ¡Déjate esa retórica! Lo que pasa es que se pierden, entran en el juego perverso de la defensa del orden público y, al mismo tiempo, en la afirmación de que son ellos, en tanto que representantes políticos, los únicos capaces de resolver la crisis. Y esto es parte de la tradición en Chile.

Estoy leyendo ahora el texto que escribe Verónica Valdivia, una historiadora cercana, que estudia cómo se produce un cambio entre los años ‘20 y ‘30. El libro se llama Subversión, Coerción y Consenso y la tesis es que en Chile siempre ha operado, en la construcción de hegemonía, un consenso con una alta cuota de coerción. Hay acuerdo y represión. Creo que esa es la estrategia a la que está apostando Piñera. Y segmentos progresistas se hacen parte de ese juego.

Esa misma noche de la votación, comienzan los debates en el Frente Amplio, los debates en el PC, que tuvo que hacer una declaración aclaratoria al día siguiente. El Frente Amplio se empieza a desarmar, hay partidos que se retiran, se provoca una situación muy complicada. Al día siguiente este proyecto de ley pasa al Senado y el Senado lo detiene. No es porque sea más progresista, pero tiene más observaciones y pone un poco de paños fríos. Por lo tanto, eso queda en trámite parlamentario.

Y dos días después hay otra votación desfavorable cuando se discute el plebiscito del 26 de abril. Es decir, el acuerdo político de noviembre ahora tiene que tomar forma jurídica y, por amplia mayoría, se descarta el tema de la paridad de género y de la participación de independientes y pueblos originarios. Ahí nos baja toda la duda de cuánto se puede avanzar por esta vía.

Ahí hay un giro que hace Renovación Nacional, que yo creo que es el segmento de la derecha que más trata de aggiornarse –incluso tomando distancia de Piñera– y al día siguiente repone el tema como un proyecto de ley específico y logra que se apruebe en diputados la paridad de género, pueblos originarios y participación de independientes. Esa ley pasa el Senado y todavía está pendiente. En cierto sentido, es un gesto de la clase política hacia la ciudadanía, porque el acuerdo político sin estas consideraciones queda un poco vacío y con una seria amenaza. Ese acuerdo no contenía ningún gesto hacia el ciudadano, seguía siendo una operación intra clase política. Y además con la discusión dos días antes de leyes represivas, peor todavía. Un acuerdo intra clase política que, además, está reforzando eventuales leyes represivas. O sea, un cierto consenso y coerción dentro de la clase política respecto de la sociedad.

Obviamente, no es claro que esto represente una apertura. Me llamó la atención que esto que, creo, fue un logro de los ciudadanos, finalmente no fue celebrado. Yo escribí a distintos amigos, dirigentes, para saber cómo lo estaban evaluando. Desde algunos segmentos del feminismo hubo un cierto reconocimiento del logro, pero diciendo que está pendiente el cómo se va a operacionalizar. Mucha cautela, muy moderada la valoración. Los políticos, en cambio, están felices, están celebrando, “mira que acá sí que hay conductas democráticas, que no puede ser de otra manera”, en fin.

Y el otro efecto de esta situación es que la UDI –que es el partido más pinochetista– quedó muy sola después de esta votación. Lo cual es interesante, porque la UDI ha sido el gran arquitecto de la transición y de la defensa de la Constitución de Pinochet. Su gran líder político fue el autor mismo de la Constitución, Jaime Guzmán, quien diseña este sistema de controles. Entonces el panorama está un poco de claroscuros, digamos. Pero hay pequeños avances que hasta noviembre no se veían. Hay cierta apertura.

Además del parlamento y sus partidos, el otro campo al que habría que atender en este análisis de coyuntura es al de las organizaciones y movimientos sociales, los sindicatos, pero también, las asambleas y cabildos, todo lo que pasa en la calle; en suma, al amplio espectro de fuerzas que componen la resistencia social al gobierno.

Yo ahí tiendo a reconocer al menos tres campos de articulación donde se puede ir configurando un proyecto político en el sentido más amplio, no solo de programas. Por un lado, Unidad Social, la agrupación de los gremios. Ha tenido un momento de desarrollo, de ascenso y un momento de debilitamiento. Yo creo que ahora estamos en la fase más bien de debilitamiento, sobre todo frente a la situación como la que se produce el 18 de octubre: una gran manifestación, una gran movilización sin convocantes, no hay quien unifique ni ejerza liderazgo. Y cuando emerge liderazgo social, pareciera ser que ahí se va a constituir el liderazgo, porque están los gremios más históricos, pero también hay sospecha porque ahí también están las viejas formas de los movimientos sociales en articulación con los partidos políticos de la izquierda en Chile, por lo que se sospecha que esto no puede caminar muy bien. De hecho, las primeras que lo sospechan son las mujeres: al poco andar se dan cuenta que este asunto de repente no huele muy bien. Los mapuches cercanos a ese espacio también en un momento reclaman, porque en el primer manifiesto de Unidad Social no figura el Estado Plurinacional. “¿Los indios quedamos afuera otra vez?”. Y tienen que recapitular e incorporan en una nueva declaración al Estado Plurinacional.

Yo creo que es un espacio que no tiene mucha claridad programática, ni tampoco respecto de la movilización o de los partidos más tradicionales. Entonces eso los debilita. Yo creo que el PC está en un debate interno tratando de fijar mejor posición después de la abstención de noviembre. Porque tampoco es que con respecto al Acuerdo tienen una crítica radical, solo dicen “nos avisaron muy tarde”. El PC tampoco está muy orientado. Y el PC chileno no tiene nada que ver con el argentino, es popular. Es la izquierda histórica, la primera gran izquierda de Chile. Incluso se constituye antes de la Revolución rusa. Después de la Internacional se hace comunista, pero antes era un partido obrero chileno, nacido en el año ‘12. Tiene otra tradición: es el gran aliado de Allende, es un partido que hay que tomar con mucha más calma, pero pasa por un momento de grave desorientación.

El segundo actor a mi juicio son los nuevos movimientos. Los llamo así por diferenciarlos un poco de los más tradicionales. Alcanza al feminismo, los mapuches y los movimientos ambientalistas, que son los tres núcleos quizás más relevantes. Todos ellos han tenido participación en Unidad Social y todos ellos están discutiendo si van a permanecer o no. Hay una zona abierta. Este mes –enero– puede ser de importantes definiciones porque hay un Encuentro Internacional de Mujeres que serán días donde tomarán decisiones. Las decisiones que tomen las mujeres serán muy importantes, porque de todos los movimientos probablemente es el más poderoso. Es el que logró instalarse socialmente de manera más vasta.

El mayo feminista de 2018 fue muy importante, y el 8 de marzo de 2019 fue la movilización de mujeres más grande de toda la historia de Chile. Están al centro, digamos. Y el punto culminante fue el colectivo Las Tesis, que hace una performance que moviliza a mujeres en Chile y en todo el mundo. Juntar diez mil mujeres en el estadio nacional fue una cosa impresionante. Eso no lo hace ningún movimiento social de ninguna naturaleza. Es original, es potente.

En el caso de los mapuches la cuestión es más compleja. Hay una especie de cercanía y distancia con los acontecimientos que se están viviendo. Un segmento se mete, otro dice que es problema de los chilenos: “a nosotros nos han reprimido siempre, estamos con ustedes pero resuélvanlo”. Pareciera que si está la reivindicación del Estado Plurinacional, eso deja satisfecho a bastantes sectores mapuches. En el fondo eso no ha ocurrido nunca en Chile y por lo tanto estarían en condiciones de intervenir y disputar de otro modo en el sistema político chileno. Partiendo de que no hay pueblo en Chile con alguna manifestación donde no haya flameado la bandera mapuche. Recorrió Chile de norte a sur y está en todas las manifestaciones y actos públicos.

En el caso de los ambientalistas es un poco más difícil porque es un movimiento socio-ambiental, donde hay diferentes grupos también. Grupos por el agua, por el territorio. Yo conozco más al Movimiento por las aguas y los territorios (MAT). Es un movimiento interesante porque son los que colocan el tema del extractivismo, que en el caso chileno, y a diferencia de la Argentina, acá la industria extractiva de cobre, litio, salmón, forestales es un eje central de la economía, y no es algo que se denuncia. Conviven con alguna industria nacional, pero el extractivismo es el eje que articula el modelo.

Ya saben que este país fue el mejor alumno del modelo neoliberal. ¿Dónde tiene ventajas comparativas? En el tema de producciones de materias primas. Muy bien, entonces bajaron todos los aranceles. Chile es un caso extremo: tenemos aranceles casi cercanos a cero. Así se proclamó en los ‘90: el ideal es el arancel cero. Que no existan. La cuestión es que los efectos más perniciosos sobre el medio ambiente –el agua, el aire, el suelo– afectan más a las provincias que a Santiago.

Y esto es un tema en el que también estuvieron involucrados los mapuches, en alguna etapa. Un conflicto 700 kilómetros al sur, que no estaba instalado en Santiago, a pesar de que hay muchos mapuches urbanos. Por supuesto que hay problemas ambientales en Santiago con la contaminación, con el manejo de las aguas, etcétera. Pero no tiene el impacto de aguas contaminadas o de zonas de sacrificio, como Valparaíso donde las emisiones de gases de las empresas producen una crisis en  el pueblo de Quinteros, donde las personas llegan a los servicios públicos con intoxicaciones. Es brutal incluso el nombre: zonas de sacrificio.

Lo que quiero decir es que es un movimiento potencialmente muy fuerte. Muchos de los movimientos regionales de los últimos años tienen este fundamento de preservar la naturaleza, sus recursos. Es un segundo campo de articulaciones, yo diría. Va a convivir con Unidad Social y será deseable un tipo de articulación, pero no sabemos cómo se va a resolver.

El tercer campo es el de las asambleas. A mi juicio es el más inédito. Surge estrictamente con la movilización y por eso le doy tanto valor. A mi juicio es uno de los mayores logros del movimiento: cómo consensualmente, sin líder, sin general que diga lo que hay que hacer, se fue configurando.

No es común en Chile la formación de asambleas autoconvocadas. Pero ahora la gente tiene la necesidad de juntarse. Claro, hay tradición de organización, de coordinaciones barriales desde que se crearon las poblaciones, con el poder popular durante la UP, las coordinadoras que lucharon contra la dictadura… tampoco es que todo se inventa. Hay una cierta tradición y eso lleva a que los vecinos, la gente se empiece a juntar. Sea para discutir, para ponerse al día con la información o para empezar a elaborar propuestas de cómo imagina el cambio. Surgen asambleas en barrios populares, incluidos barrios de la clase media.

La semana pasada, por ejemplo, fui invitado por la asamblea de una plaza cercana a mi barrio, había unos 120 vecinos y habían pasado unos 200 en la última semana. Y fue una discusión de casi tres horas, impresionante. La productividad de las asambleas es que aquí se empieza a consensuar esta pregunta por los cambios o por el Chile que queremos. Se van configurando programas, acuerdos programáticos, pero también una especie de nueva moral ciudadana. Se están macerando principios éticos. Eso es tan interesante como el programa, porque en el fondo la gente quiere decir cómo ser parte de este proceso.

Se constituyeron en diciembre dos o más coordinadoras de asambleas territoriales. La más importante es la CAT: Coordinadora de Asambleas Territoriales de Santiago. Debe agrupar unas cuarenta asambleas. Tiene su propia declaración de principios. Es horizontal en su conformación, es ciudadana, es feminista. Es la primera organización social que veo que, no proviniendo del mundo de las mujeres, se define feminista. Después hay otra coordinadora en la zona sur de Santiago que agrupan a otras veinte asambleas. Entonces, este es un proceso en curso.  ¿Cómo se genera coordinación entre estas asambleas que surgen espontáneamente en los barrios, que en algunos casos coordinan la movilización, que en otros casos invitan a la reflexión o se constituyen en centros de autoformación? ¿cómo generar coordinaciones que superen el espacio local y empiecen a tomar posición en el campo más comunal o provincial? Estas son preguntas abiertas.

Algo que llama la atención del estallido es que, a pesar de que es notoria la furia acumulada en el pueblo, el deseo de “romperlo todo”, no acontece en un contexto de especial crisis económica o política. Incluso casi todas las personas con las que hablamos, en cierto sentido, se vieron sorprendidas por la revuelta.

Sí, completamente, fue una sorpresa para el gobierno, para todo el bloque de poder. Nadie se explica lo que está pasando. Yo creo que esto tiene dos efectos. Todos estos fenómenos interrogan todas nuestras categorías clásicas de análisis. Primero una crisis económica, luego esto se politiza y toma forma en el Estado, etc. Eso no es una ley histórica que haya que ver de todos modos, aunque en algunos casos sea verdad. La última gran crisis chilena, en el ‘83, en dictadura, está precedida por una crisis económica radical. La primera crisis del neoliberalismo chileno. Pero en este caso no.

Lo que sí existe en Chile, de forma muy marcada, es una especia de frustración de expectativas. Piñera hace promesas de un bienestar, de un crecimiento económico mayúsculo, de un liderazgo internacional, y todo eso empieza a desarmarse en el segundo año de gobierno. El primer año todavía disfruta un poco de su victoria, una victoria sobre una Bachellet que se enredó en el Estado y se enredó con la propia derecha y, por lo tanto, avanzó a medias en todos sus programas. Ahí también hay frustración. Y esta frustración, de algún modo, ya estaba expresada en las elecciones, en el fenómeno de la abstención electoral, que en 2015 superó el 60 por ciento, fue del 64 por ciento. Y en la elección de Piñera, en la primera vuelta, fue a votar el 42 por ciento. Y en la segunda votó un 48 por ciento. O sea, los últimos dos presidentes, Bachellet y Piñera, han sido elegidos con menos del 50 por ciento de los votos.

Entonces, no es que estemos ante gobiernos tan legítimos, tan constituidos. Yo creo que la primera expresión de malestar política es la desafiliación. Te vas del sistema, la política no resuelve. Como dice el taxista más facho: la política no resuelve el problema. Esa sensación de que por vía política no encontramos salida se extiende entre la sociedad. Y se extiende entre los jóvenes. Entonces la dinámica es otra: más bien de acumulación del malestar.

Al mismo tiempo, los estallidos sociales son un fenómeno muy latinoamericano. Acumulamos agravios, malestares, hasta que en un momento, por una crisis o por un suceso menor, estalla; y cuando estalla emerge la suma de lo que está guardado.

En este sentido, yo también creo que la forma en que se configuró la política chilena en la transición, tan distante de la sociedad, del pueblo, tan centrada en los medios –es la etapa en que la política chilena se vuelve más mediática– no es ajena al estallido. Y en el caso de Chile, ya hicimos la distinción con Argentina, la izquierda históricamente tiene base popular. El PC, el PS, son partidos de base popular. Por lo tanto, hay un vínculo de la izquierda con su pueblo que son muy importantes. Todo eso se debilita de manera muy significativa de la transición en adelante.

Pongo un ejemplo: cuando asesinaron a Camilo Catrillanca, el líder mapuche, en noviembre de 2018, yo pensaba, qué impresionante que no haya ningún dirigente de la izquierda en el sur, en los funerales. Porque en el año ‘69, previo a la elección de Allende, fines del gobierno de Eduardo Frei Montalva, hubo una matanza de pobladores en Puerto Montt. Se conoció como la “masacre de Pampa Irigoin”. Victor Jara hizo una canción que denuncia a Edmundo Pérez Zujovic, que era el ministro del Interior de esa época. Murieron diez pobladores. Allende era presidente del Senado. El mismo día en la tarde se inician los trámites para hacer una acusación constitucional al ministro del Interior. Y a la mañana siguiente Allende preside los funerales. Era otra izquierda. En el caso de Catrillanca, que provoca conmoción nacional, en sus funerales no hay ningún dirigente de la izquierda de Chile. Ni de los históricos, como los socialista, ni de los más nuevos, como los del Frente Amplio. Por lo tanto, esta distancia con la sociedad es muy manifiesta. Y es una distancia, en el fondo, de clase.

En algún caso, como el de Daniel Jadue, que es el alcalde de Recoleta, del Partido Comunista, él sí puede ir a la Plaza Italia. Pero luego se dio el caso de Gabriel Boric, que fue un gran dirigente estudiantil en las movilizaciones de 2011, y que fue al Parque Forestal, a un par de cuadras de la Plaza Italia, y lo escracharon, lo “funan”, como decimos en Chile. Y lo hace el pueblo. Cuando veo las imágenes, veo el lenguaje, las formas, los gestos, son populares, son de clase. Yo tengo un viejo amigo argentino, que fue director de la carrera de sociología en la Universidad de Concepción durante los años de la Unidad Popular y que falleció hace poco, Néstor D’Alessio se llama. Un gran intelectual. Él me dijo: “Che, sabés lo que pasa, Chile es un país clasista. Argentina es un país plebeyo. Los conflictos tienen otro carácter”.

Yo creo que sí, hay algo de eso. No sé si la conceptualización sea la mejor, pero claramente tenemos diferencias. Yo creo que en ambos casos hay un componente clasista, pero el componente de clase argentino de alguna manera lo catalizó el peronismo por la vía de lo nacional y popular. En Chile, lo catalizó la izquierda, por la vía del socialismo. Entonces eso pone diferencias. Pero además hay diferencias sociales: la clase media chilena nunca fue la clase media argentina. Siempre estuvo muy lejos. La tasa de sindicalización chilena nunca fue la argentina. La tasa de escolarización, igual. Tenemos diferencias. Sobre todo porque acá vivimos en ciudades escindidas, los sectores populares respecto de los ricos. Hay componentes raciales, de clase, en lo urbano; hay componentes en el lenguaje, en las formas de hablar.

Entonces, negar en Chile este componente de clase, que es lo que ha hecho la clase política en esta nueva fase, es una mentira. Encubre. Se puede sostener por un tiempo, pero no es posible una televisión que solo expresa a las clases medias, de rostros lindos y farándula, que no procese nada sustantivo de lo que pasa en la sociedad. Ahora han aparecido algunos programas, o durante el estallido se generaron algunos programas, pero el rechazo hacia los medios en Chile es brutal. Los medios no pueden ir a la Plaza Italia. Todas sus grabaciones las hacen con drones, o porque han arrendado algunos departamentos en altura. Entonces: la cuestión de clase está, no se puede negar. Y por lo tanto ahí tenemos unos déficits de democracia enormes.

En esa misma línea, una amiga con la que conversábamos hace unos días nos decía que una de las razones del estallido puede tener que ver con esa invisibilización de los sectores populares; ese “hacer como si no existieran” como causa del malestar.

Efectivamente, la invisibilización tiene muchas manifestaciones. En la televisión el pueblo chileno no está, a no ser que sea como delincuencia, robo, narcotráfico, violación. De repente, hay un programa que habla de un grupo que al fin hizo un esfuerzo tan loable, usan palabras bonitas, que progresó o recurrió a la solidaridad y resolvió un problema del barrio. Pero son las excepciones. La tónica dominante es la de un pueblo más bien bárbaro que está implicado en el crimen, en el ilícito, en la violencia. Y sino, la otra forma de expresión de ese pueblo es en el humor, como en el festival de Viña del Mar. El que dice más garabatos, el que es más radical, el que es más aplaudido.

Pero no solo el pueblo está ausente ahí. Está ausente también en las Ciencias Sociales. En Chile, siempre tuvimos estudios del mundo popular, de las clases. Y en dictadura, paradojalmente, es cuando más estudios hicimos de las poblaciones, de los barrios. Eso se ha debilitado tremendamente. Las universidades dejaron de pensar la sociedad y particularmente lo popular. Incluso lo popular desapareció como categoría política. En los ’90, con la Concertación, desaparece el concepto de “pueblo” y es reemplazado por el concepto de “gente”. “La gente que quiere el cambio”. El concepto de “movimientos sociales” también desapareció por muchos años. O sea, el efecto neoliberal en Chile, en democracia, fue brutal desde el punto de vista cultural.

Curiosamente, después de las movilizaciones estudiantiles de 2011 reemerge el concepto de movimiento social. A veces les digo a mis colegas: yo hacía cursos de movimientos sociales a principios del 2000 y estudiaba a los piqueteros, al MST, Chiapas. A veces hacía links con Chile, pero era muy difícil, porque el tema había desaparecido. Pero hoy es el tema. A partir de 2011 el tema reingresa al espacio público y hoy es la pregunta que se hacen todos y es algo que todos nombran. Entonces, el pueblo que no existía volvió a aparecer. Hoy hay pueblo. Hay pueblo en la calle. Movimientos sociales que se habían debilitado profundamente, hoy son la gran pregunta. Ahí hay otros campos en los que se expresa la invisibilización.

Otro campo en el que se da esta crisis de modo invisibilizado, pero que seguramente está en el centro del estallido es el de la deuda, el del endeudamiento individual. Y que el estallido y las movilizaciones lo invierte y vuelven visible en su masividad: “nos deben una vida”.

Sí, totalmente. Cuando fue elegido Piñera escribí un artículo al que titulé “¿Chile giró a la derecha?”, como haciéndome la pregunta. Yo tenía dudas y veía que había ciertos componentes, ciertos factores del neoliberalismo que estaban siendo exitosos. Ahora tendría que revisarlo, porque era un éxito a medias. Escribí algo así como “finalmente el celular y la tarjeta de crédito son los íconos del capitalismo mundial”. Esta es la nueva iconografía y es un mecanismo de cooptación. Aplicaciones que en Chile se fueron multiplicando. Y, por lo tanto, esto constituye un vehículo de movilidad social, configura grupos aspiracionales, abre posibilidades de consumo inimaginables, se empiezan a constituir nuevos imaginarios que trascienden a la clase más acomodada, que llegan al mundo popular, como salir de vacaciones afuera del país, de mejorar el auto, hacer arreglos en la casa, etc. Pero este cambio, este capitalismo aggiornado, es sui generis, en el sentido de que convive con una desigualdad muy profunda. A diferencia de la edad de oro del capitalismo europeo, de la posguerra o de Estados Unidos, que es un capitalismo más inclusivo, este es un capitalismo que convive con la desigualdad y produce endeudamiento. Pero no sabía cómo podía procesarse la desigualdad. Y ahí creo que está una de las claves del malestar: cómo me hago cargo de pagar esta deuda.

Y ahí el mejor trabajo lo hizo la Fundación Sol, que explican con cuadros y gráficos cómo se sostiene un país con este nivel de endeudamiento. Se sostiene porque el sistema financiero, en cierta etapa en la que había mucho dinero para prestar, así lo hizo y sometió a todo el mundo a la deuda. Se accedía a bienes a los que hubiera sido imposible acceder solo con el salario o los ingresos; y eso generaba una sensación de mayor bienestar, a pesar de quedar endeudados.

Y ahí comienza lo que en Chile se conoce como la “bicicleta”. Tener varias tarjetas e ir endeudándose con una para pagar la otra. Entonces puedes ir prorrateando la deuda. Pero te la pasas pagando intereses con distintos bancos, multitiendas. Porque, además, la deuda se constituye en una forma de funcionamiento del capitalismo que compromete a todas las zonas de consumo. Falabella, Almacenes París, las multitiendas, crean sus propios bancos y, por lo tanto, te dan tarjetas. No es solo la tarjeta bancaria clásica, que al principio era un privilegio de las clases medias.

El origen de la riqueza de Piñera está en las tarjetas de crédito. Es él quien masifica en Chile, en los años ’80, las tarjetas y se hace rico. Lo va a estudiar a Estados Unidos, vuelve y lo implementa –en el medio hay una historia oscura–, pero esta es la fuente de su riqueza.

Entonces, tienes tarjeta en el supermercado, en la multitienda para comprar la ropa, en la farmacia de la esquina. Tienes tarjeta para todos los sistemas de acceso al consumo. Y acumulas puntos, obtienes ciertos descuentos y entonces vas generando deuda con todos ellos.

Desde el punto de vista del sistema, esto tiene doble ventaja. El riesgo es que en un momento no se pueda pagar. Pero hay estimaciones de que aproximadamente el 50 por ciento de las ganancias del retail se producen, no por lo que venden, sino por los créditos. Y esto en Chile ya tiene 20 o 30 años.

Y lo segundo es que permite una velocidad de circulación del capital inimaginable en otra época. Las grandes tiendas en Chile ya no tienen temporada de invierno y verano, sino que tienen las cuatro estaciones. Pero además tienen fechas emblemáticas: día del padre, de la madre, Halloween, navidad, inicio escolar. Puedes cambiar toda la tienda. Entonces vienen períodos de ofertas. Por ejemplo, en este momento que se suma la crisis más el fin de año, si ustedes quieren comprar algo, están las ofertas 2x1. O sea que te llevas dos productos cuando en diciembre te llevabas uno. Y eso está masificado. Pero además están los descuentos especiales por cambio de temporada. Y te preguntas ¿cómo están regalando? No, lo que pasa es que están cobrando mucho más que lo que cobraban antes. Pero esto es una incitación, una seducción para el consumo enorme. En este sentido, funciona bien. Combinando tarjeta y celular, están los días en que se vende más barato, cyber Monday, black Friday. Cada vez son más días. Pasajes de avión, heladera nueva, autos, entradas al cine, todo rebajado y vía internet.

Porque viene el segundo proceso: es más barato vender por Internet que en la tienda. Incluso para el consumir, en algún sentido, es más caro porque la empresa dice que tiene más gastos. Tengo que hacer el envío a la casa, entonces tengo costo adicional o tengo que pagar más funcionarios. Entonces mejor que compres y tú mismo retires en la tienda, pero por internet. No necesito funcionarios de tienda. Todo esto en Chile ha funcionado y ha sido un laboratorio. Ya tenemos en los supermercados cajeros automáticos para pagar. Automatización de todo.

Para terminar, ¿cómo ves el proceso constituyente en curso? ¿Se impondrá la fuerza transformadora de la calle? ¿Ves que los campos que caracterizabas arriba tienden a articularse por izquierda?

Como les decía hace un rato, lo que no está resuelto es la representación del mundo social y popular. Porque el viejo sistema de centrales sindicales, de grandes orgánicas impulsadas por los partidos de la izquierda, murió. Eso lo desarticuló la dictadura, no se logra recomponer. Tampoco está el deseo después del fracaso de la Unidad Popular, después de cómo termina la lucha contra la dictadura. Tampoco es visible que la solución sea recomponer ese viejo sistema relacionado con los partidos. Por lo tanto, también hace crisis el sistema de representación vía partidos. Los socialistas no son los de ayer, el PPD termina siendo funcional al régimen; los comunistas que se hicieron más revolucionarios en los ‘80 después se sienten abandonados y buscan su ingreso a la Nueva Mayoría; el Frente Amplio nace como una propuesta con grandes aspiraciones y, sin embargo, es muy poco productivo, es mediocre en su funcionamiento político, no genera los liderazgos que se pensaba que podía generar. Entonces, la lógica partidaria de la izquierda está muy cuestionada.

En un momento que sentía más crítica la situación, pensaba que si no tenemos alternativa, tengamos Asamblea Constituyente propia, que es una línea posible, pero no es fácil de constituir. Supone un grado de articulación de los movimientos sociales, sindicales y de asambleas muy importante. Representaría un salto cualitativo enorme de decir: “mira, vamos a prescindir del sistema político y a generar nuestras propias formas de actuación y representación”. Desde mi punto de vista es el ideal de una revolución democrática en Chile, pero estamos lejos de eso, no me engaño.

La presencia del Estado en Chile es muy fuerte. Por lo tanto, no puedes prescindir plenamente de él. El problema es cómo cambias el Estado, cómo modificas las relaciones del Estado. Eso se hace complejo. Por eso hablo del impasse, que a mi juicio no está resuelto. Y en ese sentido, el hecho de que la Cámara, en principio, al menos haya aprobado la paridad, el cupo para los pueblos originarios, es interesante pero habrá que seguir trabajando. Es la posibilidad de ponerle otros contenidos a la constituyente. Si eso no ocurre, retrocedemos. Pero hay condiciones para que vaya ocurriendo y probablemente los movimientos, los sindicatos, las asambleas van a tener que persistir en el tiempo y mantener alguna forma de autonomía. Ser capaces desde su autonomía de seguir interactuando con el Estado. Mientras no tengamos la posibilidad de fundar un nuevo Estado, que en Chile eso es complejo, pero por lo menos democratizarlo y generar espacios de mayor protagonismo en la propia ciudadanía, hay que seguir avanzando. En eso yo no soy tan negativo. No soy escéptico, me dejo guiar por el espíritu de los más jóvenes.

Lo que pasa es que ahí hay otra temática: así como tenemos problemas en las categorías para comprender las características de estos sucesos, de estos procesos, también en la caracterización de los actores tenemos dificultades. El ambientalismo, el feminismo, los mapuche, son movimientos, en este sentido, nuevos, que están recién impactando en la sociedad. Y que están elaborando categorías, enfoques, miradas sobre la historia de Chile que son muy interesantes. Ahí está la mayor novedad desde el punto de vista intelectual y moral. En un sentido gramsciano, por ahí vienen los componentes de una nueva hegemonía. Estado plurinacional, fin del colonialismo, contra el racismo, el patriarcado, otras relaciones con la naturaleza. Y eso está encarnado por los jóvenes más que en los viejos.


[1] En julio de 2020 se promulgó la ley que permite el retiro del 10% de los fondos de las AFP. Un mes después de aprobada la norma el 85% de los afiliados retiró el monto autorizado por la norma.