Entrevistas

¿Cuántas Marielles más tendremos que soportar?

En el marco del tercer aniversario del crimen de la militante y concejala Marielle Franco, conversamos con la escritora y activista Helena Silvestre. Abordamos la militarización de la política, el desastre sanitario propiciado por el gobierno de Bolsonaro, la vida en las favelas y la libertad de Lula.

Sergio Silva
Sergio Silva

Hace un mes el Tribunal Superior de Justicia de Río de Janeiro anunció que el expolicía Ronnie Lessa y el exoficial militar Élcio Queiroz, acusados del asesinato de la concejala Marielle Franco y su chofer Anderson Gomes, serán juzgados por un tribunal popular. Las responsabilidades políticas aún forman parte de una trama opaca que alcanza hasta a la propia familia presidencial.

Mientras tanto, la ausencia de políticas sanitarias del gobierno de Jair Bolsonaro hace de la pandemia una masacre: Brasil supera los 2000 muertos por día, alcanzando las 270 mil víctimas fatales y 11,2 millones de contagiados. 25 de las 27 ciudades capitales tienen el 80 % o más de sus camas de terapia intensiva ocupadas.

En este contexto conversamos con Helena Silvestre, una feminista afroindígena, militante de las luchas por la vivienda, escritora, educadora y editora de la Revista Amazonas. El año pasado participó con Tinta Limón de los libros “La internacional feminista. Luchas en los territorios y contra el neoliberalismo” y “Quilombo. Cartografía / Autoría negra / Brasil”. En esta charla amplía conceptos de estas publicaciones y también repasamos “Laboratorio Favela. Violencia y política en Río de Janeiro”, el libro que compila textos y discursos de Marielle Franco.

Implicancias del crimen de Marielle

Todavía no tenemos muchas respuestas sobre el asesinato de Marielle y eso es una marca en Brasil. Su crimen implicó, en primera instancia, una oficialización de la militarización del Estado. Nadie está a salvo de estos poderes militares: ni jueces, ni concejales, ni ninguna persona que pensábamos que podía escapar de esta militarización de la política.

Los datos en Brasil son muy importantes para pensar cómo es esta estructura. Es el tercer país más encarcelador del mundo, detrás de Estados Unidos (donde la cárcel fue privatizada) y China. Hablamos de 800 mil personas encarceladas. El 90 % es negra y la mitad nunca fueron siquiera juzgadas. Están en un intermedio que nunca termina. Es el noveno país más violento del mundo en términos de asesinatos. Dentro de esta estadística está el caso de Marielle. En 2017 fueron asesinadas 63 mil personas. Una persona cada 8 minutos, según datos oficiales.

Entonces en Brasil pasamos a vivir el absurdo como la normalidad. Un absurdo que se come todo lo que está a su alrededor. Y ahora se está comiendo a la democracia, que aceptó vivir con él.

Un Estado militarizado no es igual que una dictadura, pero uno puede ver la composición del gobierno de Bolsonaro, con muchos militares en posiciones importantes. Esta fue una implicación del crimen de Marielle: sabemos que en este país el Estado puede asesinar a una persona porque piensa distinto.

En Brasil pasamos a vivir el absurdo como la normalidad.

Bolsonarización

El fenómeno Bolsonaro comienza a construirse mucho antes de su llegada a la presidencia. Tiene que ver con la desilusión de las personas con los caminos tradicionales de solución a los problemas. Y también con algunas performances antisistema de los derechistas (en Brasil y en otras partes del mundo) que ilusionaron a mucha gente, después de una desilusión fuerte con la política y la democracia.  Esa ilusión se está destruyendo. Bolsonaro fue diputado durante veinte años antes de la presidencia. Hace mucho que la democracia acepta convivir con gente con este discurso. Quienes lo votan desde el comienzo siguen con él, pero no es la mayoría. Ya no sé si aguanta.

De todos modos, hay un mercado internacional. Bolsonaro no es un pendejo que cayó de la nada, sino que sirve a un momento donde vivimos la imposición de un grado mayor de explotación. Hay mucha gente desechable para el sistema y tener un presidente como Bolsonaro en este momento de crisis permite que el sistema limpie sus espaldas del peso muerto de personas que cobran pensiones, jubiladxs, vulnerabilizadxs, pobres. El gran capital, el mercado financiero, todavía lo apoya. Su ministro de Economía Paulo Guedes es una referencia: privatiza todo lo que puede, mientras amplía al máximo la frontera agrícola. Igual ya comienzan las divisiones y tensiones aquí también.

Bolsonaro no es un pendejo que cayó de la nada, sino que sirve a un momento donde vivimos la imposición de un grado mayor de explotación.

Mídia Ninja

Laboratorio Favela

Hay una marca en quienes nacimos y crecimos en territorios favelizados que está presente en nuestro modo de pensar y hacer militancia. La favela tiene maneras propias. La favela es un lugar donde se evidencia con fuerza que el sistema es ilógico y no funciona. La violencia no funciona, no resuelve el hambre, la desigualdad, nada. Pero al mismo tiempo (y tal vez incluso por eso), la gente en las favelas genera maneras de vivir: conexiones, redes, posibilidades. Construye mecanismos muy domésticos, territoriales y locales de mantención de la vida en un lugar donde matemáticamente es imposible vivir.

Ahora se está discutiendo un auxilio para familias de 250 reales por mes. 5 kilos de arroz cuestan 40 reales.  Vivir en la favela no hace sentido matemático. Es como magia, uno no sabe cómo la gente está viva.

Yo vivo en la zona sur de San Pablo, en la periferia de Capão Redondo. Acá las casas se inundan cuando llueve. Dos metros de agua en el medio de la pandemia. ¿De qué barbijo se puede hablar? ¿Alcohol en gel? No tenemos ni agua. La gente está inundada, con basura, arriba de los techos con sus hijos en medio de la tempestad, con un auxilio de 250 reales. Estamos perdiendo gente todas las semanas y no podemos ni despedirnos por el Covid. Si es por las cuentas, en las favelas es imposible que estemos vivos. Es casi una magia la que realizan las personas en las favelas. Construyen sistemas locales de compartir el peso de la vida. Con las abuelas, con las tías cuidando nietos y sobrinos para que las madres puedan salir a garimpar trabajo y comida para sostener este núcleo. Hay mujeres que se ayudan para construir mascarillas, porque ya no pueden vender chicles en los semáforos. Hay personas que compraron una bomba de agua para llenar un tanque grande del que salen canillas para varias casas. Si lo mirás de arriba parece una estrella. Esto se hace con muy pocos recursos.

Vivir en la favela no hace sentido matemático. Es como magia, uno no sabe cómo la gente está viva.

Yo veo que esta ciudad tiene fronteras socioeconómicas que no coinciden con las territoriales. Dentro de San Pablo existen dos países. En uno de ellos vemos que el sistema no funciona, pero aprendemos que juntos logramos hacer posible la vida.

Desde hace un tiempo estamos viviendo en lo imposible. Es un punto tan brutal de explotación de la vida, del racismo, que ya no puede existir la competencia por un trabajo. Ya no hay trabajo para casi nadie. Cierran las tiendas, la gente queda desesperada. Ya veníamos con un nivel alto de desempleo antes de la pandemia. Ahora es tan tremendo que si uno no agarra al otro que está cerca para pensar maneras de vivir, se van a morir los dos. Y esto es un reflejo de la estructura entera.

Ocupar el Estado

Es muy importante que una niña negra, favelada, pueda crecer sintiéndose representada por quienes están en el Estado. Que pueda ver a alguien como ella. Pero en Brasil el racismo está mezclado en todo. No se puede pensar la construcción del Estado brasilero sin referirse a lo que fue la democracia racial que conformó esta democracia formal, documental, pero que no existe en la vida real. ¡Nunca teníamos mujeres negras y faveladas como concejalas o diputadas! ¡Pasé toda mi infancia y mi adolescencia sin ver una! ¡Nadie que se parezca a mí! Es muy importante que las nuevas generaciones crezcan con estas referencias, con los ojos abiertos para ver que podemos estar en todos los lugares. Por eso tiene un gran alcance, incluso mayor que hacer políticas públicas. Es impulsar conciencia de sí a gente que no se ve.

Pero, por otro lado, el Estado brasileño es muy racista. Cuando una mujer negra y favelada llega a ser concejala, es asesinada. Son límites que muestran quiénes controlan el Estado. Incluso cuando con mucho esfuerzo, trabajo y militancia logramos entrar, nos quitan la vida. Es el caso de Marielle. Y yo pienso en tantas hermanas electas… Las últimas elecciones municipales fueron fuertes, la gente estaba discutiendo de qué color son las personas que nos representan. ¿Están representados los colores que hay en Brasil o no? ¿De dónde vienen? Fue muy importante y lindo: hay mujeres trans y negras muy votadas en un Brasil polarizado, con gente tan reaccionaria. Pero al mismo tiempo me pregunto cómo están estas mujeres. Solas, en un espacio blanco, misógino, patriarcal, lleno de latifundistas, coroneles, militares, viviendo asediadas, amenazadas de muerte, recibiendo disparos en sus casas.

Entonces: es importante ocupar esos espacios y tiene un alcance, pero el Estado lo controlan ellos. Honestamente, yo no creo que se cambie desde adentro. ¿Alguien me puede convencer de que desde adentro se puede trabajar ayudando a lo que viene de afuera? Entonces mi pregunta es: ¿Cuál es el precio? Para que no sea seguir imponiendo sufrimiento a gente que ya sufre tanto. Hay límites, hay potencias, es complejo y creo que por ahí estamos navegando.

Son límites que muestran quiénes controlan el Estado. Incluso cuando con mucho esfuerzo, trabajo y militancia logramos entrar, nos quitan la vida.

Lula libre

La anulación de las sentencias contra Lula es muy importante. Y lo digo como militante de base en las favelas por muchos años como oposición al gobierno de Lula. Pero es muy importante que esté libre y quede claro que es inocente de las acusaciones. Justamente porque no podemos aceptar que la política de Brasil se decida en tribunales criminales. Es importante recobrar la idea de que la política va por otro lado, es hacer otra cosa, es discutir, es buscar consenso, es construir proyecto, unidades, comprender diferencias, pactar posibilidades. No es militarizar, no es el sistema judicial, no es una sentencia que te impide ser elegido. Es absurdo que Lula no pueda ser candidato a lo que quiera y cuando quiera.

Es importante que toda la gente que luchó para que Lula esté libre también comprenda que hay 800 mil personas presas sin condena firme. Eso también es militarizar la política. No es reprimir a quienes se organizan, sino impedir directamente que se organicen.

Desde la libertad de Lula se multiplicaron sus carteles como candidato para 2022. Creo que puede haber una gran coalición política a partir de su figura. Pero me preocupan mucho dos cosas: una es que Lula y el PT puedan aprender la lección de haberse juntado con quienes después acusaron de realizarles un golpe. Se dieron la mano mucho tiempo con esa gente y eso el pueblo lo sintió durante muchos años. Eso a Lula se le volvió contra sí mismo, incluso como persona individual. La segunda cuestión: ¿Qué hacemos hasta 2022? Porque si la gente se alegra con la liberación de Lula y comienza con su sueño electoral, ¿a cuántos millones nos matará mientras tanto Bolsonaro de acá al año que viene? ¿Cuántas Marielles más tenemos que soportar? ¿Cuántos millones de niños asesinados por la policía todos los días? Ahora se tramita un proyecto de ley para pasar las policías presidenciales bajo poder del presidente. Significaría la mayor concentración de poder militar en manos del Ejecutivo. Y las policías son las más violentas, están en guerra contra los pobres, en las favelas, haciendo experimentos en Haití desde hace unos años. Puede ser lindo pensar en una coalición, pero si esperamos hasta 2022, puede ser que ni existan elecciones. Acá todo puede pasar, esto es Macondo.

Si la gente se alegra con la liberación de Lula y comienza con su sueño electoral, ¿a cuántos millones nos matará mientras tanto Bolsonaro de acá al año que viene?

El poder de la poesía

La poesía puede muchísimo. Es de las cosas que tenemos que agarrar con las dos manos y alimentarnos, porque las izquierdas necesitan imaginación. No es posible que solo pensemos los mismos caminos para hacer cambios desde 1917. La poesía, la literatura, las artes, permiten construir mundos nuevos. Saber que las cosas no son así para siempre, que no fueron siempre así. Nací y me crié en una favela. En los años 90 pasé hambre, vivimos las masacres de la policía, guerras entre bandas y facciones. Vivíamos miles en medio de esta guerra casi sin saberlo, mientras jugábamos a la pelota. Nuestras madres nos agarraban y nos metían en casa cuando empezaban los tiroteos. Y en este mundo nacieron muchas cosas como el rap, con una gran conciencia racial. Ahora que los pobres enfrentamos de nuevo el infierno en Brasil, sabemos mejor nuestro pasado racial gracias a la poesía, al arte, a la osadía de los raperos. Nos ofrecieron esto a quienes estábamos en la favela buscando sentido en una vida atrapada en tantas violencias. Creo que hoy puede ser así. El arte necesita comprometerse con el futuro y la política también, que solo sabe mirar al pasado. Podemos intentar otra vez lo que muchas veces no salió bien. Hacer poesía, imaginar otros caminos, es cuestión de vida o muerte ahora.

Foto: Mídia Ninja y Sergio Koei.

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