Casi todos los comentarios sobre las revueltas que empiezan a atravesar Europa (¡incluso en Austria!) están escritos como si no ocurrieran dentro de la guerra mundial “a pedazos”; en la fase terminal de la economía de la deuda y, por lo tanto, de la hegemonía estadounidense; dentro de un mundo en el que nos vamos achicharrando como bife a la plancha; en democracias que arman, financian y legitiman un genocidio, lanzando miles de bombas y drones contra todos aquellos que no quieren sumarse al renovado imperialismo y colonialismo armado de Occidente.
Intentemos tomar distancia de los acontecimientos, tratando de captar el cuadro de una lucha de clases que por primera vez irrumpe con intensidad dentro de la guerra de los patrones: el “fond de l’air” ya no es rojo, como lo fue entre los años sesenta y setenta, sino que remite al color pardo y negro de las camisas de la contrarrevolución de hace un siglo, aunque hibridadas con las “democracias” liberales.
Casi todos los comentarios sobre las revueltas que empiezan a atravesar Europa están escritos como si no ocurrieran dentro de la guerra mundial “a pedazos”.
Muchos jóvenes en la plaza el 17 de octubre vestían un chaleco amarillo para reivindicar su continuidad con el movimiento de los trabajadores “pobres”, o en rápido proceso de empobrecimiento, de 2018. Muchas prácticas desplegadas ese día remiten a su radicalización. La manifestación ya no seguía las marchas sindicales y de la izquierda institucional, ordenadas, aburridas y previsibles, que desfilan ritualmente de République a Nation en el este parisino, sino que se difundió por toda la ciudad, multiplicándose en columnas “salvajes” y entrando, del otro lado de la capital, en los barrios de los ricos y del poder, sembrando el desconcierto entre los privilegiados (“cómo se atreven estos muertos de hambre”).
En la ciudad —saqueada por la renta inmobiliaria de los grandes fondos de inversión y convertida en museo y parque de diversiones para turistas—, que cayó por unas horas en manos de un magma incandescente de fuerzas proletarias, se respiraba mejor, aunque flotaran los humos de los gases lacrimógenos.
La multiplicación de las manifestaciones rumbo a los barrios acomodados fue una ruptura importante introducida por los Chalecos Amarillos, pero el 17 de octubre representa también una discontinuidad con las luchas estalladas en 2011, tras la crisis de las subprime, y en los años siguientes (en Francia, las luchas contra la ley laboral, el levantamiento de las banlieues, las luchas contra el aumento de la edad jubilatoria, etc.), porque se produce en el marco de un régimen y de una economía de guerra.
En la ciudad, que cayó por unas horas en manos de un magma incandescente de fuerzas proletarias, se respiraba mejor, aunque flotaran los humos de los gases lacrimógenos.
“Ce n’est qu’un début” (no es más que el comienzo) en el sentido de que la guerra entre Estados, previsible ya después de 2008 y desatada hace algunos años, regresa a los distintos países como guerra de clases y abre una nueva fase política que corre el riesgo de durar mucho.
La guerra imperialista representa una ruptura histórica, un salto de época que redefine el conjunto de las relaciones de fuerza entre los Estados, pero también entre las clases. Como ya ocurrió en el siglo XX, hicieron falta algunos años para que las consecuencias del enfrentamiento armado sobre el mercado mundial se hicieran sentir a nivel local. Las relaciones de dominación y explotación entre las clases dominantes y el proletariado se intensifican, el gasto de la carrera armamentista se carga sobre las espaldas de los trabajadores y llueven los llamados al reclutamiento para la guerra contra Rusia. Las clases dominantes están escribiendo las nuevas coordenadas en las que se desarrolla y se desarrollará el enfrentamiento de clases.
La guerra impone una aceleración política muy distinta de la aceleración tecnológica: es en ella donde se juega la suerte del capitalismo y donde las tácticas y estrategias deben estar a la altura del enfrentamiento en curso. Las teorías y análisis elaborados en los últimos cincuenta años han envejecido de golpe y resultan inútiles. Finalmente, con la irrupción de esa subjetividad que todavía faltaba, es posible salir de los límites de un pensamiento crítico “débil” y de la geopolítica que piensa solo a partir del poder estatal, para volver a hablar de lucha de clases.
No podemos eludir este pasaje epocal ni lo que está en juego en él, de lo cual los Estados y las clases dominantes son perfectamente conscientes: la guerra es el fruto maduro de las contradicciones del imperialismo que, sin embargo, se manifiestan como oposiciones, como estrategias asumidas y construidas subjetivamente. No es posible desertar de la guerra —ilusión que prolonga la ingenuidad de un éxodo que nunca existió—, pero sí se puede empezar a pensar en el posible fin del capitalismo, que no sobrevendrá por sus contradicciones internas, sino únicamente por la voluntad política de quienes se organicen para abatirlo. Queda así superada esa idiotez puesta en circulación por muchos, entre ellos Fisher y Žižek, según la cual “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. El capitalismo se está deshaciendo ante nuestros ojos, pero solo será hundido por una iniciativa política.
Reconstruyamos rápidamente el pasaje histórico que estamos viviendo, porque nos dará al menos dos coordenadas en las que se desarrolla y se desarrollará la lucha de clases en los próximos años: guerra y finanzas. Hay dos momentos cruciales en este modo de acumulación que ha fracasado: el primero, en los años setenta, cuando dentro del capitalismo la hegemonía pasó de los industriales a los capitalistas financieros; el segundo, hoy, cuando el fracaso de la financierización de la economía no encuentra otra solución que la guerra.
El capitalismo se está deshaciendo ante nuestros ojos, pero solo será hundido por una iniciativa política.
Habría que hablar de una economía de la deuda más que de finanzas, porque es a partir de la deuda como se puede formular la relación acreedor/deudor, la cual hace emerger el punto de vista subjetivo: la voluntad política que anima la nueva modalidad del enfrentamiento de clases.
La composición del proletariado siempre estuvo atravesada por una multiplicidad (clase, género, raza). En el capitalismo industrial quedaba totalizada por la relación capital-trabajo; en el capitalismo financiero, por la relación acreedor-deudor, que primero descolocó y luego destruyó al movimiento obrero, poniendo en serias dificultades al marxismo. Se trata de una “abstracción” que actúa de forma transversal a las “clases”, buscando siempre totalizarlas sin conseguirlo jamás del todo. Constituye una enorme máquina de depredación, rapiña y saqueo de toda forma de valor (no solo de los salarios, sino paradójicamente también de las ganancias industriales, del ingreso no salarial, del ahorro, de los recursos fiscales y del Estado de bienestar) que se suma a la explotación del trabajo descrita por Marx, al trabajo doméstico teorizado por el feminismo y al trabajo servil del pensamiento decolonial.
Durante cincuenta años operó una transferencia enorme de riqueza desde todo el proletariado mundial hacia el capital, produciendo polarizaciones que remiten a tiempos anteriores a la Revolución Francesa. En este nuevo capitalismo, la democracia empezó a ser considerada incompatible con la acumulación de capital ya desde los años setenta.
Este modelo de acumulación impuesto por Estados Unidos fue replicado en una Europa completamente subordinada a la hegemonía estadounidense. Francia, como toda Europa, se plegó rápidamente a esta contrarrevolución que hoy evidencia su inviabilidad, volviendo a las clases dominantes más agresivas y feroces, dispuestas incluso al genocidio con tal de salvar los “valores” occidentales.
No asistimos al fin del “reino” de Macron —quien gobernó como un “monarca”, en estricta coherencia con la naturaleza del nuevo enfrentamiento de clases—, sino al del propio capitalismo financiero. Tildarlo de incompetente, como hacen algunos diarios del régimen para intentar despegarse a último momento, es un error político. Sus dos mandatos son un éxito en el sentido de que llevó hasta sus últimas consecuencias la lógica de la economía de la deuda, de la renta y de la libre circulación de capitales iniciada en 1983 por los socialistas. Destruyó los servicios públicos (educación, salud, vivienda) para favorecer su privatización, eximió a los ricos y a las empresas de la carga fiscal descargándola sobre el trabajo, transformó el Estado de bienestar en un esquema de subsidios a los empresarios (exentos incluso de contribuciones patronales) y continuó retrasando la edad jubilatoria.
Gobernó exclusivamente mediante decretos, concentrando todo el poder y profundizando, si cabe, los rasgos autoritarios de una Quinta República que de democrática solo conserva el nombre, mientras transformaba a la policía en una fuerza puramente anti-insurreccional. Rompió toda mediación con el movimiento obrero, cínicamente consciente de que no hay margen para ningún compromiso ni diálogo con las demandas populares cuando —gracias a sus políticas— las quinientas familias más ricas del país pasaron de representar el 6 por ciento del PBI en 1996 al 46 por ciento en la actualidad. Hizo a escala europea lo que Estados Unidos ejecutó a escala global.
Tampoco es atribuible a él la explosión de la deuda soberana francesa, inscripta estructuralmente en el funcionamiento mismo del capitalismo financiero. El monto de la deuda mundial (pública y privada), que alcanza los 350 billones de dólares y triplica el producto global anual, crece necesariamente más rápido que la economía no especulativa. Por lo tanto, resulta materialmente imposible pagarla, incluso imponiendo décadas de austeridad al proletariado mundial.
Con la guerra, la destrucción y la autodestrucción del sistema quedan entrelazadas.
Las crisis de deuda se han sucedido a un ritmo acelerado —partieron de África y América Latina en los años ochenta, pasaron a Rusia, al sudeste asiático y nuevamente a América Latina, desembarcaron en Europa con las deudas soberanas y el caso griego, y alcanzan hoy el centro del Imperio—, sembrando la destrucción y el saqueo en países y economías enteras. De cada crisis financiera se sale con una burbuja aún mayor y con costos de ajuste insostenibles. Cuando la deuda pública y privada bate récords en Estados Unidos y la burbuja especulativa parece progresar al infinito, su Estado y sus clases dominantes optan por la guerra: al no poder seguir extrayendo riqueza mediante la palanca del crédito, la deuda y las finanzas, lo harán mediante la fuerza bruta. La depredación imperialista y colonialista se suma a la financiera: las relaciones de poder adoptan formas mafiosas y la fuerza armada se despliega para apoderarse de recursos, exigir tributos millonarios e imponer a sus vasallos la relocalización industrial en territorio estadounidense.
Con la guerra, la destrucción y la autodestrucción del sistema quedan entrelazadas.
La situación del proletariado europeo sigue empeorando, porque Europa es la gran derrotada en este conflicto entre potencias. Las políticas de austeridad, el desmantelamiento de los servicios públicos y la “gran moderación” salarial se profundizan mediante los planes de rearme impuestos por Estados Unidos, que ha decidido depredar una de las regiones más ricas del planeta usándola como su propio cajero automático. Con la complicidad de las dirigencias políticas locales, será el proletariado europeo el que pague el costo de la guerra en Ucrania, del colapso energético tras el sabotaje al Nord Stream 2 y de la inflación provocada por la contienda contra Irán.
Sin intenciones de alterar una distribución de la riqueza más polarizada que nunca, Macron (y con él, la Unión Europea) afirma que no le queda un solo centavo para responder a unas demandas sociales que no harán más que multiplicarse, mientras se prepara abiertamente para el choque frontal.
La policía —única respuesta disponible ante las reivindicaciones de los movimientos— expresa mejor que cualquier otra institución el carácter crepuscular de la máquina del Estatal y el Capital. Ya lo había advertido Walter Benjamin en los años veinte del siglo pasado, mientras el fascismo se incubaba: “‘Para garantizar la seguridad’”, la policía interviene en innumerables casos en los que la situación jurídica es incierta […] La ignominia de la policía reside en la supresión de toda frontera entre la violencia que funda el derecho y la que lo conserva: es fundadora de derecho porque emite decretos con rango de norma legítima, y es conservadora porque se pone al servicio de los fines del orden constituido”.
Los sujetos que se constituyen en las luchas no son reconocidos como sujetos políticos. Nanni Balestrini escribió un libro emblemático, Los invisibles, referido a toda una generación. Hoy, la totalidad de los sectores y grupos sociales del proletariado son invisibilizados, despreciados y culpabilizados. Ni siquiera cuando se rebelan son tomados en consideración, pues el conflicto en todas sus formas ha sido criminalizado. El poder constituido ya había decretado en los años setenta que no hay alternativas, ni siquiera institucionales. Schäuble, ministro de Finanzas alemán durante el saqueo de Grecia por parte de los acreedores, lo dejó meridianamente claro: “Las elecciones no pueden cambiar la política económica”.
Hoy, la totalidad de los sectores y grupos sociales del proletariado son invisibilizados, despreciados y culpabilizados.
Encerradas entre el estancamiento actual y la recesión futura, entre la guerra externa y la guerra civil interna, la crisis financiera y la catástrofe climática, las luchas se rebelan contra este futuro despótico hecho de empobrecimiento imperialista, sometimiento colonial y promesas de reactivación del servicio militar.
Francia tiene una larga tradición, también reciente, de luchas que en su mayoría concluyeron en derrotas. Desde los años setenta no se ha logrado construir una relación de fuerzas favorable al proletariado. Las luchas, aun las más duras, fueron demasiadas veces defensivas. Este movimiento parece abrir un nuevo horizonte: “quitter l’époque contemporaine”. Funcionó, mucho más que los Chalecos Amarillos, como una fuerza de recomposición capaz de movilizar las subjetividades que animaron los combates anteriores. Luchas que, aunque derrotadas, dejaron un bagaje de experiencias, técnicas de movilización, manejo del espacio público y reivindicaciones que convergieron materialmente en la jornada del 17 de octubre.
La lucha de los Chalecos Amarillos, la “generación” Nahel y la batalla contra la reforma jubilatoria sedimentaron profundos resentimientos y frustraciones al no encontrar respuesta ni interlocutor alguno (una respuesta que el capitalismo, voluntariamente no dialéctico, no puede dar, mientras el interlocutor se niega a la mediación consciente de que las relaciones de fuerza le son favorables).
El movimiento logró neutralizar por completo el racismo de Estado que se había infiltrado incluso en la gauche durante la controversia por el “velo” de las mujeres musulmanas. La fractura racial a la que apostaban las instituciones para dividir al proletariado fue superada en los hechos: el movimiento estudiantil de nivel secundario partió de los territorios de ultramar —lo que subsiste del imperio colonial francés—, se arraigó luego en las banlieues y desembocó finalmente en el centro de la ciudad. Más difícil será movilizar a lo que queda del movimiento obrero tradicional que, en el marco del capitalismo financiero, ha dejado de cumplir —al menos desde 1995— un rol de anticipación, incapaz de echar raíces en las nuevas formas de la fuerza de trabajo. El caso emblemático es la desconfianza, cuando no directa hostilidad, de las burocracias sindicales hacia el trabajo difuso, precarizado y empobrecido de los Chalecos Amarillos.
La huelga convocada por los sindicatos el 5 de noviembre no verá una alianza clásica “estudiantes-trabajadores”, sino algo distinto, insinuado ya en la plaza el 17 de octubre: la confluencia de toda la multiplicidad de condiciones de vida y de trabajo del proletariado contemporáneo.
Para la movilización actual resultó determinante el genocidio palestino, todavía en curso, armado y legitimado por las democracias occidentales. Este hecho no solo desplazó la correlación de fuerzas entre los Estados, sino que incentivó la impugnación desde abajo, que hoy se proyecta sobre la política interna (al igual que ocurre con la guerra, también aquí con cierto retraso). La movilización por Palestina colocó nuevamente en el centro la cuestión imperialista y colonial, habitualmente diferida en las luchas europeas. Evidenció la ferocidad y la violencia estructural de democracias que erigieron su poder, sus derechos y sus Estados de bienestar sobre la explotación de la relación centro-periferia. Es precisamente a partir del horror en Palestina donde echó raíces la certeza de que este sistema democrático-capitalista no es reformable.
La recomposición subjetiva de las múltiples diferencias con las que el capitalismo y el Estado habían fragmentado al proletariado se enfrenta hoy a un reto nada sencillo: articular una respuesta política ante las sucesivas reconfiguraciones en las relaciones de fuerza que impone el conflicto imperialista global, capaz de dictar las condiciones del enfrentamiento de clases en el frente interno.
Para un movimiento que vaya a la raíz de las cosas, la alternativa concreta se sitúa entre socialismo o barbarie.
El punto en que los movimientos fueron sistemáticamente derrotados coincidió siempre con una escalada extrema del conflicto, justo cuando se hacía necesario enfrentar al poder como “totalidad”. No solo en Francia, sino también en experiencias como las de Egipto o Chile, la derrota sobrevino cuando la intensidad de la lucha rebasó las reivindicaciones corporativas que la habían originado y planteó la exigencia de una alternativa radical. El problema permanece enteramente abierto.
En la fase política abierta por la guerra, la disyuntiva no se reduce a “paz o guerra”: para las potencias en pugna no está en juego un retorno —objetivamente imposible— a la situación previa, sino una redistribución violenta de las relaciones de poder entre Estados y entre clases. “Paz” significa únicamente la paz impuesta por el vencedor, nunca la ausencia de conflicto. Para un movimiento que vaya a la raíz de las cosas, la alternativa concreta no se sitúa entre unilateralismo y multipolarismo, sino —como siempre en época de guerra mundial— entre “socialismo o barbarie”.
Si durante cincuenta años padecimos una constante regresión socioeconómica, hoy asistimos a un salto de época: las clases dominantes que preparan la contienda contra Rusia agitan su fantasma sacrificando la vida ajena —un almirante francés llega a pedir que se “acepte la pérdida de los propios hijos” y Macron llama a defender Occidente “al costo de la sangre si hace falta”—. En la primera línea de los eventuales inmolados en el altar de los valores occidentales se encuentran los estudiantes secundarios, quienes comprendieron antes que nadie que el futuro diseñado por el poder estará hecho de guerra, genocidio, despliegue policial, devastación ambiental, integración del fascismo en la democracia y trabajo servil. Tienen la plena certeza de que el futuro será, única y exclusivamente, lo que sean capaces de construir.
En Francia se está organizando una alternativa institucional al macronismo moribundo. ¿Será posible una alternativa revolucionaria, constituirse en sujeto revolucionario asumiendo la realidad de las relaciones de fuerza entre Estados y clases a nivel mundial?
PD: Un texto de 1966 de la Internacional Situacionista dedicado a todos los idiotas que miran el dedo (la vidriera) y no la luna (el capitalismo):
Los negros de Los Ángeles, al igual que las bandas de jóvenes delincuentes de todos los países avanzados (…) toman al pie de la letra la propaganda del capitalismo moderno, su publicidad de la abundancia. El saqueo del barrio de Watts ponía de manifiesto la aplicación más rudimentaria del principio bastardo: «A cada uno según sus falsas necesidades», esas necesidades determinadas y generadas por el sistema económico que el saqueo rechaza precisamente. Pero, dado que esta abundancia se toma al pie de la letra, se alcanza de forma inmediata y ya no se persigue indefinidamente en la carrera del trabajo alienado y del aumento de las necesidades sociales diferidas, los verdaderos deseos ya se expresan en la fiesta, en la afirmación lúdica, en el potlatch de la destrucción. El individuo que destruye las mercancías muestra su superioridad humana sobre ellas. No permanecerá prisionero de las formas arbitrarias que ha adoptado la imagen de su necesidad. La sociedad de la abundancia encuentra su respuesta natural en el saqueo, pero no se trataba en absoluto de una abundancia natural y humana, sino de una abundancia de mercancías.Y el saqueo, que hace que la mercancía como tal se derrumbe al instante, muestra también la última ratio de la mercancía: la fuerza, la policía y los demás cuerpos especializados que poseen en el Estado el monopolio de la violencia armada.