INTERVENCIÓN

Fuerzas propias de combate

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Basado en las ideas de Simon Weil y Alessandra Chiricosta, el autor propone pensar el uso de la fuerza más allá de la lógica destructiva de la guerra.

En un breve pero importantísimo texto titulado La Ilíada o el poema de la fuerza, escrito en París en 1939, inmediatamente después de su participación en la Guerra Civil Española, Simone Weil dice: “la fuerza y su naturaleza violenta se abate con igual medida sobre las víctimas y los verdugos, empujándolos a un destino común de desgracia”. Además, va a encontrar que al centro del poema fundacional de occidente que es la Ilíada, se encuentra la fuerza y la guerra: “Al centro del conocimiento occidental está la fuerza que nos inspira. la fuerza aparece al momento mismo de desenvainar las armas, sin importar de qué lado nos encontremos, si por la empuñadura o por la punta de la espada. Conocerla significa reconocerla como casi absolutamente soberana en este mundo, y rechazarla con disgusto y desprecio”. La alquimia de la guerra, que transmuta lo vivo en horror, es vehiculizada por una “ligereza de los que manejan sin respeto a los hombres y las cosas que tienen o creen tener a su merced. Este desprecio es la otra cara de la ocupación por todo lo que está expuesto a los golpes de la fuerza”. No podemos escapar a la fuerza y su mecanismo, esto es cierto para Simone Weil, así como tampoco podemos escapar a la guerra, puesto que esta nos constituye. Pero podemos imprimirle a la fuerza otros destinos y vías diferentes a la violencia ciega de la guerra, oponiendo una fuerza propia que no tenga por objetivo la crueldad ni la muerte. Entonces, ya no peleamos en contra de algo o alguien, sino a favor: imprimir a la fuerza nuestros propios términos y fines, dotando la lucha de un carácter propio, ni por prestigio ni por poder, ni por resentimiento ni revancha: sino que en favor de una fuerza propia.

No podemos escapar a la guerra, puesto que esta nos constituye. Pero podemos imprimirle a la fuerza otros destinos y vías diferentes a la violencia ciega.

Siguiendo los lineamientos de Weil respecto de la fuerza, Alessandra Chiricosta la va a entender como “fuerza física viril y patriarcal”. La fuerza, para Chiricosta, se comprende “como la capacidad naturalizada de aniquilamiento físico” para la cual “su modelo es la batalla campal militar o el enfrentamiento callejero”. Introduciendo vectores de género en su lectura de Weil, Chiricosta dirá que “el mito de la fuerza viril es aquel relato que asigna a la virilidad un destino biológico de prepotencia”, en virtud del paradigma que asume que “los machos son más fuertes”. Paradigma para el cual la guerra (guiada por lógicas binarias de destrucción mutua) será su fundamento y su lugar natural de expresión. Para Chiricosta, la fuerza debe ser entendida siempre como fuerza de combate. Según ella, al centro del poema fundacional de Occidente no sólo se erige la fuerza como dominio sino que además la guerra como mito que “funda una subjetividad virilizada androcéntrica, sostenida sobre la inferiorización y destrucción de otro u otra, y además sobre la constante creación de jerarquías”. En definitiva, la guerra funda un orden lógico y un ordenamiento social binario basado en vencedores y vencidos, entre fuertes y débiles.

Tanto para Weil como para Chiricosta, es preciso apelar a la “invención del propio campo de batalla”, “no exponer claramente los objetivos” y ante todo “no imitar al adversario”. Moverse en diagonal como estrategia de fuerza de combate amazónica o desplegar formas de opacidad, pareciera ser el lenguaje y las estrategias que una fuerza sin armas ante agresores armados, puede ampliar las nociones y prácticas de otro tipo de fuerza. Es preciso repensar el juego de las fuerzas como algo activo, creativo y propositivo, donde la defensa no es solamente reactiva sino también armónica y ecosistémica: la defensa nunca es individual, sino la de un cuerpo colectivo. Así, la fuerza deviene plural en tanto fuerzas de combate, que no coinciden con la aniquilación de un otro, de una otra, pero que es eficaz en sus propios términos, puesto que “no hay voluntad de destrucción, hay voluntad de liberación, de autonomía, de autodeterminación”. A su vez, cuando hablamos de una fuerza que no tiene como fin la aniquilación, sino que es eficaz en sus acciones, hablamos también de una fuerza que es capaz de modificar lo existente y amplificar el campo de lo vivo.

Hablamos también de una fuerza que es capaz de modificar lo existente y amplificar el campo de lo vivo.

Una fuerza de combate permite dinamizar la fuerza. Alessandra Chiricosta toma el ejemplo de las guerreras amazónicas como aquellas no aceptan el escenario de combate definido y propuesto por el enemigo. Al no tomar partido ni por griegos ni por troyanos, las fuerzas de combate amazónicas “cortan transversalmente el campo de batalla y libran otra guerra, signada por otras lógicas y otras pasiones, y sobre todo con una pasión por la verdad y la justicia”. La lógica de combate amazónica es una lógica de combate desviada e imprevista. Comprender la fuerza y su mecanismo “desde la perspectiva de las subjetividades femeninas y feminizadas significa devolverle complejidad al análisis, mostrar que es imposible sostener la lógica binaria de destrucción mutua que está a la base del mito de la fuerza viril”. Al relato de la fuerza viril le ha correspondido otro que vuelve igualmente impotente los cuerpos exteriores al paradigma androcéntrico, el mito del matriarcado pacífico:

“Combatir el mito de la fuerza viril y el mito del matriarcado pacífico es un arte de la guerra que debe aprender a diseñar nuevas cartografías, moverse en terrenos incómodos y territorios vedados para ciertos cuerpos, a través de movimientos imprevistos, actuando en el sentido de una modificación radical de los escenarios. Hacer la guerra a la guerra significa atravesar la guerra de un modo inédito, combatir guerras situadas entre las guerras y en la paz aparente redefinir el sentido, los modos, los parámetros que definen lo que es la guerra como monopolio de la fuerza viril y militarizada”.

La fuerza propia de combate es un modo de la fuerza que se define más allá de la guerra, como una fuerza que no se ejercita y entrena para un conflicto por venir; que no se prepara para asegurar una paz militarizada, sino que vive protagonizando una batalla que tiene lugar cada día en su cuerpo, sobre su cuerpo, entre los cuerpos, como un juego de fuerzas en equilibrio que abre brechas y pasajes en medio del campo de batalla.

En palabras de Chiricosta otro tipo de fuerza “tiene que ver con un buen vivir y con armonizar con el contexto ambiental”. Esto nos “permite entender que somos partes de un mismo ecosistema y que, por tanto, el cuidado de mi cuerpo externo es tan importante como el cuidado de mi cuerpo interno”. Una fuerza propia de combate también significa “cuidar el entorno a mi alrededor, fortalecerlo para que no sea destruido”. Una fuerza propia de combate “crea espacios, libera obstáculos y refuerza la concreción de proyectos de autodeterminación”. Para Chiricosta, es fundamental preguntarnos “qué fuerzas son necesarias activar para hacer realidad el mundo que queremos”. Una pregunta que no puede ser contestada solamente con palabras y frases hechas. Las fuerzas propias de combate nos permiten pensar en términos de encuentro, conjunción y alianzas, y en el modo en que se dan esas alianzas, esto “porque nunca soy un individuo desconectado, sino que soy un juego de fuerzas en un campo de fuerzas mayor y es sobre ese terreno que debo aprender a moverme: más que decir yo soy hay que decir cómo me muevo”. Defender y conservar lo propio, quizás tenga relación con la capacidad que nos damos para la edificación de puntos, lugares, zonas, e infraestructuras territoriales que permitan dinamizar la fuerza, así como también de la memoria que portan estos territorios: una fuerza propia que es al mismo tiempo el lugar de repliegue donde se sigue elaborando, frente al poder del enemigo, la resistencia.

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Nicolás González Rodríguez es miembro de «Espacio Tierra-Cooperativa de Saberes Colectivos». Escribe con regularidad para revistas digitales como Carcaj u Oropel. Tiene estudios en filosofía y psicología.

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