La historia de la banca imperial estadounidense y de la internacionalización de Wall Street comenzó con el proyecto de expansión colonial a fines del siglo xix y terminó con las crisis financieras y económicas de los años 1930. Fue robustecida por las acumulaciones de capital obtenidas del desarrollo industrial, la consolidación empresarial y la expansión económica producto de la nefasta historia de desposesión territorial que marcó la colonización del Oeste de Estados Unidos. La ciudad de Nueva York fue su motor. Los banqueros de Nueva York cosecharon los frutos de ese crecimiento como financiadores de la industrialización y representantes de un banco de banqueros al servicio de instituciones financieras regionales y del gobierno federal. Con la seguridad de esa nueva fuente de riquezas que las sostenían, las instituciones financieras de la ciudad de Nueva York comenzaron a mirar al exterior, buscando válvulas de escape para sus crecientes acumulaciones de capital improductivo. También procuraban consolidar la posición internacional de Wall Street en finanzas, transacciones y comercio. Veían la creación de un sistema de banca imperial como un componente básico para el crecimiento de Nueva York y el traslado hacia el oeste de la “estrella de la supremacía financiera” –como la describió el teórico y reformista financiero imperial Charles A. Conant– desde Europa a Estados Unidos.[1]
La historia de la banca imperial estadounidense y de la internacionalización de Wall Street comenzó con el proyecto de expansión colonial a fines del siglo xix y terminó con las crisis financieras y económicas de los años 1930.
Con esas ambiciones, tanto banqueros como empresarios pusieron la mira en controlar todo el comercio y las finanzas en las Américas. Buscaron desplazar tanto los bancos de acciones europeos que habían controlado el comercio de América del Sur desde mediados del siglo xix con un auge de préstamos, así como los bancos públicos canadienses que dominaban el financiamiento del comercio norteamericano en las Indias Occidentales Británicas y en las islas hispanohablantes. Los banqueros estadounidenses habían quedado rezagados. Sus competidores europeos y canadienses se apresuraron a aprovechar las cambiantes necesidades de capital de la región, que surgían del fin de la esclavitud y de la aparición de poblaciones supuestamente libres tanto de trabajadores africanos e indígenas como de campesinos, pero también de las demandas de capital de parte de Estados poscoloniales independientes que buscaban fondos para sus proyectos de modernización. La expansión de Wall Street en el Caribe y América Latina se introdujo en esa historia de posemancipación de la economía y las finanzas pues involucraba cuestiones de soberanía nacional, gestión política y economía política de raza, trabajo y ciudadanía.
El gobierno de Estados Unidos impulsó y apoyó la internacionalización de la banca estadounidense. Los Departamentos de Estado y de Guerra requerían agencias fiscales para sostener la infraestructura del colonialismo estadounidense, y las instituciones financieras eran un importante instrumento para la política colonial y la diplomacia financiera y comercial. Los banqueros no necesitaron mucho estímulo para mudarse al extranjero, y las relaciones entre Wall Street y Washington eran polémicas y contenciosas. Aunque la política exterior se dictaba generalmente desde el bajo Manhattan, y el gobierno federal junto con el ejército estadounidense protegían la banca de Estados Unidos y las inversiones en el extranjero, Wall Street se enfrentaba frecuentemente con Washington. De manera similar, así como los banqueros estadounidenses ejercían su influencia en los palacios nacionales de Puerto Príncipe, La Habana y otras capitales del Caribe y Centroamérica, las elites locales buscaban utilizar Wall Street para sus propios fines. Los banqueros peleaban entre ellos. Aunque frecuentemente se formaban alianzas, bandos y consorcios, las competencias y rivalidades generaban fricciones entre las casas bancarias de Wall Street –y a veces, incluso dentro de las instituciones, las enemistades, ambiciones y caprichos personales jugaban un papel considerable en la conformación de la política bancaria–.
El City Bank estuvo en el centro de la historia de la internacionalización de la banca y del imperialismo. Se trataba de un banco comercial autorizado federalmente que emergió como el mayor y más importante ente financiero imperial en Estados Unidos. Bajo el mando de Stillman y Vanderlip, adoptó una estrategia agresiva, emprendedora y activa de expansión y crecimiento. Tal estrategia fue en parte un intento por modernizar las operaciones nacionales de la institución mediante un proceso de reconstrucción organizacional interna y de reforma de gestión que incluía diversificar sus actividades financieras locales, descentralizar su gestión y sus operaciones e impulsar cambios en las regulaciones bancarias. La expansión en el exterior jugó un rol fundamental en la modernización bancaria, y el escenario más importante de la internacionalización fue el “Mediterráneo americano”, como definió un banquero del City a los países y colonias que rodean el mar Caribe y el golfo de México.[2] Allí, el City Bank experimentó con la emisión de deuda soberana, la financiación del comercio internacional y de la infraestructura industrial, con la organización de bancos estatales regionales y sistemas monetarios. También, en su lucha por entrar en un mercado dominado durante mucho tiempo por Europa y Canadá, convirtió al Caribe en la pieza central del sistema de sucursales bancarias en el exterior más grande de todas las instituciones financieras de Estados Unidos. Como parte de sus esfuerzos de internacionalización y de sus intentos por crear una institución para la acumulación imperial, el City Bank embistió contra las normativas bancarias que encorsetaban sus actividades e impulsó reformas regulatorias. En sus interacciones con países, naciones y colonias del Caribe y América Latina, participó en la creación, réplica y reordenamiento de las economías caribeñas en función de criterios raciales, al tiempo que ayudó a reproducir culturas e imaginarios racistas en los que se insertaba el capital financiero y a través de los cuales actuaban los banqueros.
En sus interacciones con países, naciones y colonias del Caribe y América Latina, el City Bank participó en la creación, réplica y reordenamiento de las economías caribeñas en función de criterios raciales.
El City Bank no fue la única institución financiera estadounidense que delineó un giro imperial. Lo siguieron sus vecinos de Wall Street, a veces como colaboradores involucrados en el proyecto colectivo de consolidar el área financiera del imperio estadounidense, a veces como rivales enredados en una amarga competencia intraimperial. Los esfuerzos del City Bank fueron precedidos por un pequeño grupo de inesperados emprendedores e instituciones que emergieron como pioneras de la internacionalización de la banca estadounidense. Esas instituciones subestimadas establecieron bancos de Estados Unidos en el exterior y proveyeron servicios financieros a las administraciones coloniales en las regiones del Caribe y del Pacífico entre las décadas de 1870 y 1910, una era muy poco valorada en la historia de la expansión internacional de la banca y de los negocios estadounidenses. Frecuentemente, se la considera como un paréntesis entre el cierre de un Oeste saturado de capital a fines del siglo xix y el surgimiento de Estados Unidos como acreedor mundial durante la Gran Guerra.[3] Sin embargo, es un período importante en sí mismo, no simplemente un precursor de eventos ulteriores. Aunque exagerado por la retórica del panamericanismo del siglo xix, el auge de la promoción comercial de la ciudad de Nueva York y la euforia proimperialista que siguió a la victoria de Estados Unidos sobre España en 1898, el éxito de esas instituciones raramente alcanzaba a satisfacer sus ambiciones, y los relatos se leyeron como un archivo de experimentos, traspiés y errores. Las más exitosas e históricamente más importantes fueron las que creó en Cuba y en República Dominicana el financista privado Samuel M. Jarvis. También era significativa la International Banking Corporation (ibc), una entidad con una red de sucursales pionera en el Caribe y en Asia que el City Bank codició durante mucho tiempo. Tanto las instituciones de Jarvis como la ibc fueron transcendentales por sus historias institucionales de experimentos y exploración, así como por su papel como formadoras de una generación emergente de banqueros internacionales.
Mientras tanto, desde fines del siglo xix, los bancos de inversión sin constitución estatal y privados de Wall Street, incluyendo J. P. Morgan & Co., Speyer & Co. y Kuhn, Loeb & C., empezaron a emitir deuda pública de países, Estados y municipios del Caribe, América Latina y Asia, y a financiar proyectos de ferrocarriles y puertos.[4] Si bien habían adquirido importancia utilizando sus sólidas redes europeas y lazos familiares estrechos para comercializar bonos del gobierno estadounidense y valores de empresas estadounidenses al otro lado del Atlántico, vendían cada vez más deuda caribeña y latinoamericana en Estados Unidos. Estos primeros banqueros llegaron a ocupar un importante papel en la política de la “diplomacia del dólar” iniciada por William Howard Taft y su secretario de Estado, Philander Knox, en la década de 1910. En su intento por desplazar la influencia europea y extender el capitalismo estadounidense en la región del Caribe, diciendo que reemplazarían la intervención militar por la diplomacia financiera, los banqueros privados trabajaban con expertos en finanzas y gobiernos locales para refinanciar la deuda soberana, reorganizar la recaudación aduanera y los sistemas monetarios, y crear bancos supuestamente nacionales.[5]
Las desordenadas condiciones financieras y económicas globales que dejó la Primera Guerra Mundial aceleraron la internacionalización de Wall Street e intensificaron las relaciones entre bancos, banqueros e imperialismo. Más que cualquier otra institución, el City Bank, bajo la dirección de Vanderlip, se benefició con las oportunidades que le brindó la guerra y aprovechó la nueva regulación bancaria de la Ley de Reserva Federal (1913), que modernizaba el sistema financiero estadounidense y creaba la plataforma legal para las sucursales extranjeras y la expansión comercial. Pero la guerra europea también estimuló la acción de otros bancos comerciales, empresas fiduciarias y bancos privados de la ciudad de Nueva York, especialmente en las Américas donde los créditos europeos, antes abundantes, de pronto escaseaban. Habilitados por la nueva y permisiva legislación, se asociaron con bancos regionales y nacionales de Estados Unidos para constituir corporaciones financieras internacionales que rápidamente crearon redes de sucursales en el exterior y se apresuraron a financiar el comercio exterior de materias primas –especialmente azúcar cubana–. Las más importantes de esas corporaciones fueron el Mercantile Bank of the Americas (creado por la Brown Brothers and Co., la Guaranty Trust Company –controlada por el J. P. Morgan–
y la J. & W. Seligman and Co.) y la American Foreign Banking Corporation, creada por el Chase National Bank de la ciudad de Nueva York.
Tal expansión de sucursales en el exterior y de financiamiento comercial tuvo vida corta. Los precios de la materia prima se dispararon en los primeros años de la posguerra, lo que inició un período de especulación e inflación. El proceso se sintió con más intensidad en Cuba, donde se lo recuerda como un período deslumbrante pero breve de prosperidad y riqueza conocido como la “danza de los millones”. Pero la caída global de los precios de las materias primas que marcó el fin de la danza de los millones asestó un duro golpe a la banca internacional de Estados Unidos. Provocó el cierre de sucursales bancarias y la disolución de muchas corporaciones financieras extranjeras que se habían creado para beneficiarse con las condiciones comerciales de los tiempos de guerra y posguerra. Mientras tanto, el sector bancario local del Caribe, que se había expandido durante los años de la guerra, resultó destruido. Las instituciones financieras norteamericanas se apoderaron de los activos y cuentas de sus vulnerables rivales locales consolidando así su poderío en el Caribe. Nuevamente, Cuba fue devastada. Ni el sector financiero ni la economía de la isla se recuperarían de la crisis.
Como resultado de la crisis de 1920-1921, la internacionalización bancaria y la organización del capitalismo financiero comenzaron a cambiar en lo formal y en lo práctico. La financiación de la deuda soberana y la comercialización de las emisiones de bonos de empresas reemplazaron la financiación de operaciones comerciales. “Ahorrar” surgía como una estrategia de expansión y como un nuevo modo de administración imperial. La banca de sucursales dio pie al uso de “filiales de valores” como vehículos para la acumulación imperial. Esas filiales de valores, a veces llamadas filiales “bastardas” fueron instituciones paralelas de dudosa legalidad creadas por asociaciones bancarias nacionales para invertir y comercializar deuda externa y corporativa. Facilitaron el boom crediticio de la segunda mitad de la década de 1920 con especulación volátil, financiación desquiciada y exportación masiva de capital. La City National Company y la Chase Securities Corporation fueron las dos filiales más importantes y poderosas. La primera fue creada por el City Bank, en ese entonces conducido por un carismático exvendedor de bonos llamado Charles E. Mitchell. Por su parte, la creación de la segunda estuvo a cargo de un emergente y ambicioso rival del City Bank, el Chase National Bank of New York City –dirigido por Albert H. Wiggin–. A través de sus filiales de valores, las respectivas matrices se hicieron cargo de la financiación de las plantaciones de azúcar, de bancos estatales y de la deuda soberana del Caribe y de América Latina.
La era de la internacionalización terminó en 1930. El Viernes Negro y el derrumbe bursátil de 1929 llevaron a una crisis del capitalismo financiero que provocó una ola de sentimientos antibanca y antiimperialista en Estados Unidos y en el Caribe. La crisis atrajo la atención sobre las tasas de interés abusivas y las sofocantes condiciones que imponían los banqueros a las naciones soberanas, los fuertes lazos personales y financieros entre Wall Street y los regímenes despóticos y dictatoriales en el Caribe, el permanente apoyo de la ocupación militar estadounidense a través de capital financiero y el virtual control de la industria y la agricultura caribeña por parte de los bancos. Además de protestas por las deudas odiosas y repudios a los préstamos en países del Caribe, pronto hubo reclamos tanto para regular y reformar las prácticas bancarias como para nacionalizar o “indigenizar” los bancos estadounidenses que operaban en la región. La legislación bancaria del New Deal logró lo primero, pues las filiales de valores del City Bank se disolvieron en el marco de una desaceleración general de actividades internacionales y una parcial retracción de la banca imperial estadounidense.
El Viernes Negro y el derrumbe bursátil de 1929 llevaron a una crisis del capitalismo financiero que provocó una ola de sentimientos antibanca y antiimperialista en Estados Unidos y en el Caribe.
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Una crisis financiera había provocado la reforma regulatoria que restringió la historia de internacionalización de Wall Street y la expansión de la banca imperial. Otra crisis financiera previa había permitido la internacionalización en primer lugar. Las crisis financieras forzaron la reorganización del capital acumulado y la territorialización del poder de la banca, lo que inició la búsqueda de nuevos mercados y cambios de rumbo en el exterior. La respuesta a la crisis también llegó con reclamos para reescribir los fundamentos jurídicos de la organización de las instituciones bancarias. Los banqueros culpaban de la crisis económica y financiera a la obsoleta, engorrosa y restrictiva normativa bancaria, por lo que exigían reformas regulatorias y modernizar la legislación de la banca. No reclamaban la derogación de la normativa, sino su ampliación, es decir, la creación por parte del Estado de una estructura reglamentaria más fuerte y eficiente para facilitar la internacionalización de la banca y la acumulación del capital global. En realidad, la historia de la internacionalización de las finanzas estadounidenses y del giro imperial de la banca en ese país es en parte una historia de las transformaciones y desafíos a las leyes de la banca y a la regulación de las instituciones financieras en el contexto nacional e internacional.
En el nivel más básico, apolítico e históricamente imparcial, los bancos son “intermediarios financieros” cuya función social es conectar ahorristas con solicitantes de préstamos o inversores. Son entidades legales creadas para promover intercambios y transacciones eficientes al tiempo que permiten la transformación de dinero acumulado y de bajo rendimiento en capital activo y productivo.[6] La expansión e innovación económica había conducido a formas cada vez más opacas de financiamiento, pero también dieron lugar, por un lado, a la especialización –lo que generó con el paso del tiempo una serie de instituciones cuyos nombres denotaban sus actividades principales, ya fueran bancos comerciales, bancos centrales nacionales, empresas fiduciarias, bancos de inversión o de desarrollo– y por otro, a la consolidación y creación de “tiendas departamentales de financiamiento” integradas, así como de vastos conglomerados financieros multiunidades.
La banca mundial, internacional y multinacional espacializa la especialización. En el corazón de la teoría y la práctica de la banca internacional hay problemas de geografía y derecho, así como una controversia acerca de la intermediación del capital que atraviesa fronteras políticas y jurisdicciones soberanas. Los banqueros se enfrentaban con dificultades para crear una entidad constituida en una jurisdicción que pudiera operar también en otra jurisdicción soberana, regida por un conjunto de leyes autónomas y por una autoridad legal diferente. Buscaban crear instituciones financieras que pudieran trabajar entre esas distintas jurisdicciones y abarcar un territorio cuyos sistemas monetario y financiero estaban compuestos por innumerables códigos jurídicos –aunque en muchos casos, los banqueros se consideraban por encima de la ley y más allá de la autoridad soberana de los Estados individuales, especialmente en el Caribe–.[7]
En el corazón de la teoría y la práctica de la banca internacional hay problemas de geografía y derecho.
Para los banqueros estadounidenses, se trataba de un problema particularmente difícil debido a la naturaleza “dual” del sistema bancario nacional. En 1863, la Ley de Banca Nacional creó dos categorías jurídicas de instituciones financieras existentes entre dos esferas de regulación diferentes.[8] En virtud de esa ley, se constituyeron “asociaciones bancarias nacionales”, bancos comerciales de acciones como el City Bank (el término “nacional” en el nombre remite a su estatus legal), que quedaron bajo la supervisión del interventor monetario. Como depositarios federales, podían emitir moneda nacional, pero eran bancos “unitarios” que estaban limitados a un único lugar de operaciones y no tenían permitido constituir sucursales o “cadenas” bancarias. Las disposiciones en contra de las sucursales bancarias se remontaban a los antiguos temores de monopolio territorial y de “guerras bancarias” del siglo xix en torno al Bank of the United States, de Andrew Jackson. Para Stillman, Vanderlip y otros que buscaban operar en el exterior, las restricciones sobre sucursales bancarias resultaron ser el mayor obstáculo en la internacionalización de las asociaciones bancarias nacionales. Los bancos estatales, por otro lado, no tenían acceso a reservas monetarias del gobierno federal ni podían emitir moneda. Tenían permitido crear sucursales, aunque solo en el Estado de constitución. Dicho esto, algunos banqueros encontraron vacíos legales en las permisivas legislaciones de Estados como Delaware, Virginia Occidental y Connecticut que los habilitaron a experimentar con sucursales bancarias en el extranjero. La reorganización del sistema nacional bancario que se realizó a partir de la Ley de la Reserva Federal –promulgada a finales de 1913 y puesta en vigencia al año siguiente–mantuvo el sistema dual y proveyó la infraestructura jurídica para la expansión de sucursales en el extranjero y la del comercio internacional. La creación del Sistema de la Reserva Federal ocurrió en parte por el deseo de implementar un sistema financiero local con moneda líquida que pudiera responder a las fluctuaciones estacionarias en demanda de crédito y prevenir crisis monetarias como las que había provocado el pánico de 1907, en el que banqueros privados guiados por J. P. Morgan fueron forzados a intervenir para salvar del colapso al sistema financiero. Quienes proponían un sistema de reserva federal argumentaban que era necesario un “banco de banqueros” o “banco de última instancia” para regular la economía del país a través del control de la oferta monetaria. Su plan era descentralizar reservas de capital para movilizar mejor el crédito en respuesta a las fluctuaciones de la demanda, agilizar la liquidación de diversas formas de valores en un mercado local geográficamente extenso y proteger las reservas de oro para mantener la ascendente balanza comercial favorable de Estados Unidos.[9] El sistema se instauró también para reforzar la posición internacional del dólar y promoverlo como moneda internacional.[10]
La Ley de la Reserva Federal contenía también una serie de disposiciones cruciales para la banca y los mercados estadounidenses en el exterior. Creó un sistema internacional de descuento que facilitaba el financiamiento del comercio internacional a través de asociaciones bancarias nacionales y financió el establecimiento de sucursales bancarias en el exterior. Aun con la organización de la Reserva Federal, las dificultades del sistema dual se profundizaron en el momento en que los banqueros estadounidenses consideraban expandirse en el exterior. La autoridad jurisdiccional fuera de Estados Unidos frecuentemente estaba mal definida, a veces era contradictoria o incluso inexistente, sin contar con que los regímenes legales en los que operaban los banqueros internacionales eran múltiples, desorganizados y dispares.[11] Para los bancos imperiales de Estados Unidos, operar de manera ilegal o casi ilegal era lo normal y no la excepción. Intentaban eludir el escrutinio de los contralores operando en los intersticios entre legislaciones jurisdiccionales y en los agujeros negros de la regulación fuera del alcance de las naciones soberanas, también en regiones donde la supervisión de acreedores, inversores y controladores se ocultaba y la regulación financiera era blanda. Las instituciones financieras estadounidenses crearon entidades paralelas que podían operar entre jurisdicciones donde el banco matriz estaba proscrito –organizaciones fantasma ignoradas por los contralores y que existían por fuera de la autoridad legal o en sus límites normativos–. Tales organizaciones, fundamentales en la historia de la acumulación imperial y del capitalismo financiero, se crearon con el asesoramiento de los más poderosos estudios de abogados de Wall Street: Sullivan & Cromwell, Shearman & Sterling, Curtis, Mallet-Prevost, Rushmore, Bisbee & Stern y Cravath, Swaine & Moore. Como reconocimiento a la habilidad y agilidad de estos estudios para interpretar y reescribir el código empresarial y normativo, las instituciones bancarias de Nueva York los siguieron contratando y a menudo compartían con ellos las recompensas y premios de las aventuras de Wall Street en el Caribe.
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Mientras banqueros como James Stillman y Frank A. Vanderlip, y abogados como William Nelson Cromwell y John Sterling pasaban el tiempo en sus despachos revestidos de caoba y salones de falso estilo renacentista –degustando whisky en medio de un mobiliario atiborrado, estatuas de mármol y cortinas de terciopelo cubiertas por el humo de cigarros cubanos–, delineando hipotéticas perspectivas de finanzas imperiales en los territorios del Caribe y América Latina, otro grupo de hombres blancos convertía abstracciones financieras en realidad monetaria y llevaba a cabo las tareas sucias de la banca internacional e imperial. Esos hombres, como Roger L. Farnham, John H. Allen y Joseph H. Durrell, del City Bank, permanecían a la sombra de los grandes magnates y “magos” de las finanzas modernas que dominaron la tradición y la historiografía de la banca estadounidense. Con conocimientos de lenguas extranjeras y gran experiencia en viajes, eran cosmopolitas, algo no tan común entre los norteamericanos de esa época –aunque formados con los prejuicios raciales y culturales de sus compatriotas–. Siempre blancos, siempre hombres, cuasi fronterizos, cuasi contadores, más rudos que los caballeros capitalistas de la ciudad de Londres, menos conocidos que los sicarios económicos de la literatura popular, eran banqueros inescrupulosos que ingresaban en la profesión con poca experiencia y frecuentemente sin educación formal.[12] Algunos empezaban como periodistas o reporteros, otros como administradores de bancos rurales en las fronteras de Estados Unidos. En su mayoría, llegaban a la ciudad de Nueva York, los enviaban al Caribe y a América Latina, y, de regreso, encontraban finalmente trabajo en bancos imperiales estadounidenses que operaban en toda la región. En el caso de Durrell, dejó un conjunto de documentos privados que proporciona un acceso y un enfoque inigualables a la historia de la banca imperial estadounidense de las primeras décadas del siglo xx.
Estos banqueros inescrupulosos sostenían la carga de la internacionalización y de la banca imperial. Con su accionar, se reconstituyó la alicaída y desgastada geografía legal de las finanzas internacionales de comienzos del siglo xx, la abstracción del capital financiero se materializó y las economías del Caribe se inscribieron en los libros de contabilidad de Wall Street. A través de sus figuras, puede discernirse mejor la intimidad entre el capitalismo financiero y el capitalismo racial en el Caribe estadounidense. El capitalismo racial indica tanto el histórico surgimiento simultáneo del racismo y del capitalismo en el mundo moderno como la dependencia mutua entre estos.[13] Los banqueros inescrupulosos no solo llevaron el prejuicio racial estadounidense al Caribe, sino que instrumentalizaron el racismo blanco en la política y en la práctica bancaria imperial a través de sus encuentros y transacciones cotidianas con los caribeños, ya fueran empresarios descendientes de hispanos en La Habana, miembros de las elites negras o mulatas en Puerto Príncipe, braceros y jornaleros africanos en Santiago de Cuba y Colón, campesinos indígenas en Managua –o incluso blancos canadienses y europeos que a menudo trabajaban en sucursales extranjeras de los bancos estadounidenses–. Es importante tener en cuenta que la cuestión del racismo aquí no es simplemente un asunto de creencias individuales sino de política institucional, no una convicción personal, sino la de una estructura políticoeconómica. Mientras instituciones como el City Bank y el Chase Bank establecían sucursales y agencias, prestaban dinero a propietarios de plantaciones de caña de azúcar y exportadores comerciales, financiaban deuda soberana y asumían funciones bancarias, sus conductas se iban modelando y estructurando según patrones de pensamiento racial y percepción racista. Sus “beneficios” provenían tanto en forma de dividendos de accionistas como de reproducción de la supremacía blanca mundial.[14]
A través de los banqueros inescrupulosos, puede discernirse mejor la intimidad entre el capitalismo financiero y el capitalismo racial.
Frecuentemente, las representaciones raciales del capitalismo aparecían de maneras extrañas en la comunidad bancaria. Tomemos como ejemplo la creación del City Bank Minstrel Show por parte del Citi Bank Club, la organización educativa y social para sus empleados blancos. Se trataba de un espectáculo que mostraba a miembros del personal del banco haciendo blackface*[15]*** y disfrazados de “coons”[16] bailando e interpretando escenas musicales para sus pares. Desde 1911 hasta finales de la década de 1920, el espectáculo se presentó en Wall Street 55. En una de las funciones, la noche del sábado 28 de marzo de 1914, una audiencia fascinada de casi dos mil personas presenció la transformación del salón principal del banco, tan cuidadosamente remodelado para replicar el Panteón, en una plantación sureña. Vieron una escena al aire libre de “numerosos darkies” –sus compañeros del City Bank con las caras pintadas de negro con corcho quemado– “reunidos a la orilla de un río disfrutando del pasatiempo nacional de las personas de color: el juego de dados”. El espectáculo siguió con un programa de escenas cortas y canciones, como “Down in Monkeyville” y “That’s Plenty” y tonadas populares que incluyeron “The Gibson Coon”, “Oh, You Coon!”, “Go Away, Mistah Moon”, “There’s a Little Bit of Monkey in You and Me”, “The arrival of That Emerald Pair from Ethiopia”, “Come Back to Alabam” y “How’s Every Little Thing in Dixie?”, en las que se describía el “verdadero estilo darkey”. En los años siguientes, se agregó una lista de caricaturas en torno a los negros: “coons vestidos de rosa”, “bellas reinas morenas disfrazadas de sandías negras y amarillas” que lucían “auténticos diamantes de noventa quilates, uno de remolacha, dos de nabos y tres de papas”, y un personaje vanidoso y extravagante llamado “el multimillonario de Darktown”.[17]
El City Bank Minstrel Show fue en muchos aspectos un producto común y corriente de la época,[18] una muestra de la omnipresencia de ese tipo de espectáculos que organizaban asimismo otras instituciones de Wall Street –desde el National Bank of Commerce hasta el Chase Bank–. Estas también utilizaban meseros y artistas blackface en los eventos sociales. Una compañía de actores blackface llamada Darktown Agony Quartette actuó en la segunda cena anual de la Guaranty Trust Company, y en un banquete ofrecido por el National Bank of Commerce en la Brooklin Academy of Music, los meseros eran blackface.[19] Los banqueros también organizaban desfiles orientalistas como “Chin Chin China Maid” y ostentosos rituales para el personal iniciado en supuestas logias asiáticas.[20] En las páginas de publicaciones bancarias, así como en periódicos comerciales y profesionales de la época, aparecían regularmente relatos racistas, chistes y anécdotas sobre asiáticos, judíos, africanos y nativos norteamericanos.[21] A menudo, como en el cuento “Dark Finance”, el humor consistía en tildar a los negros de analfabetos económicos cuyas incursiones en el mundo de la banca moderna estaban marcadas por la ignorancia, el desconcierto y la vejación. El cuento, publicado en The Chase, la revista interna del Chase Bank, describía a dos afroamericanos discutiendo sobre el significado y el valor de un pagaré. El remate estaba en el supuesto analfabetismo financiero de los negros.[22] En el distorsionado mundo de la raza y el dinero –de las “finanzas oscuras”– Wall Street hizo que los afroamericanos tuvieran que lidiar con situaciones económicas cotidianas que para la mayoría de los blancos estaban aparentemente resueltas.
Tales símbolos y personajes viajaron mucho más allá de Wall Street. Al mudarse al Caribe, los banqueros representaron la región con los mismos tópicos y narrativas con los que caracterizaban a los afroamericanos. Las representaciones blancas de los afroamericanos se exportaron a las Indias Occidentales y se inscribieron en un vasto archivo de panfletos, informes, circulares, comunicados de prensa, anuncios y artículos periodísticos producidos por Wall Street sobre el Caribe y América Latina. Además, en sus despachos a Estados Unidos, en publicaciones periodísticas, monografías y panfletos emitidos por Wall Street, los banqueros tradujeron el Caribe a los empresarios, inversores y público en general de Estados Unidos –en algunos casos, ridiculizando arquetipos como una manera de alentar inversiones, y en otros, replicando y reconstituyendo estereotipos raciales para seguir expandiendo el control supremacista blanco en la región, cuyos rendimientos y contabilidad no se encontraban en la extracción racional de valores, sino en los libros contables de la dominación racial blanca–.
Los banqueros tradujeron el Caribe a los empresarios, inversores y público en general de Estados Unidos –en algunos casos, ridiculizando arquetipos como una manera de alentar inversiones, y en otros, replicando y reconstituyendo estereotipos raciales para seguir expandiendo el control supremacista blanco en la región.
John H. Allen, del City Bank, ofrece solo un ejemplo de esa práctica de representación, circulación y reproducción del capitalismo racial. Ayudó con la expansión del banco en Cuba y Argentina y fue el director de la Banque Nationale de la République d’Haïti, controlada por el City Bank. Quizás sea más conocido por su artículo de 1930, en el que relata la toma de decisiones de parte de Jennings Bryan en el período previo al desembarco de los marines estadounidenses en Haití, en 1915. En ese artículo, Allen le relata brevemente la historia y la política de ese país a Bryan, quien después de escucharlo atentamente responde: “¡No puedo creerlo! ¡Niggers*[23]*** hablando francés!”.[24] Unos años antes, en el periódico de comercio exterior del City Bank, The Americas, Allen había evocado una imagen de Haití que podía ser reconocida por audiencias blancas estadounidenses, salvo por su carácter tropical. Allí decía: “La pelea de gallos y el juego de cartas son los pasatiempos [haitianos] nacionales, y siempre acompañados por una provisión de ron haitiano. Eso es todo lo que necesita un ciudadano de Haití para tener un día perfecto”. Declaró que, durante sus visitas a Haití, pudo comprobar que “ocurrían incidentes divertidos casi diariamente”. Para Allen, esos incidentes “mostraban la ingenuidad y la mentalidad limitada del pueblo [haitiano], y esto último era muy notorio incluso entre los más educados.” Apoyó tales dichos con anécdotas de sus interacciones con uno de los empleados de la Banque Nationale de la République d’Haïti:
Un día, [el empleado] declaró que después de haber pensado cuidadosamente, estaba convencido de que, si seguía trabajando como hasta en ese momento, no sobreviviría al esfuerzo muchos meses más, que tenía una familia numerosa a la que dejaría sin un centavo y que, por otra parte, ya no se justificaba que corriera el riesgo. Pero, si le aumentaran el salario, podía seguir arriesgándose. Le dije que estaba seguro de que él se equivocaba y le sugerí que siguiera trabajando como hasta entonces, pues no era posible un incremento del salario; que si comprobaba que el trabajo era fatal, tendría la satisfacción de saber que tenía razón. Si por el contrario, no moría, sabría que su temor era infundado y que no era necesario un incremento del salario. Volvió al día siguiente diciendo que había pensado en eso y llegado a la conclusión de que mi sugerencia era correcta.[25]
Tales anécdotas, historias, narrativas y representaciones no existían en el vacío ni eran solo una membrana cultural que se extendía incidentalmente en el funcionamiento interno de la banca, del capitalismo racial y del imperialismo. También contribuyeron a las razones ideológicas y culturales por las que el Caribe se convirtió en el blanco de los esfuerzos imperiales y de la internacionalización de los bancos de Wall Street y, al mismo tiempo, modelaron los términos raciales, económicos, legales y gubernamentales a través de los cuales se conoció el Caribe. Esas representaciones se afirmaron mediante formas directas e indirectas de violencia que pusieron al Caribe bajo la influencia imperial de Wall Street: diplomacia coercitiva, fuerza militar e imposición laboral, así como términos y condiciones de crédito y deuda, aplicación inequitativa de leyes y regulaciones jurídicas, e imposición de las formas modernas de administración financiera de la posemancipación.
Mientras el Darktown Agony Quartette entretenía al personal de la Guaranty Trust Company, el Mercantile Bank of Americas, subsidiario de la Guaranty, se apresuraba a construir una amplia cadena de agencias y sucursales en el Caribe. Cuando “Dark Finance” apareció en The Chase, la American Foreign Banking Corporation del Chase Bank acababa de finalizar una desastrosa experiencia en financiación de comercio internacional y operación bancaria en Cuba, Panamá, República Dominicana y Haití, y el propio Chase Bank estaba a punto de embarcarse en un período espectacularmente calamitoso de financiación de deuda soberana en Cuba. Al mismo tiempo que las escenas de plantaciones se ofrecían en el piso de mármol de Wall Street 55, y que los minstrels del City Bank resonaban en las sombras de la bóveda de acero y se bailaban bajo la cúpula romana, Roger L. Farnham, John H. Allen, Joseph H. Durrell y otros banqueros inescrupulosos peleaban por el control de la banca y las finanzas del City Bank de Cuba, Haití, Puerto Rico y República Dominicana. Los siguientes capítulos relatan esta oscura historia de banqueros e imperio.
[1] Charles A. Conant, “The Financial Future of the United States”, Proceedings of the
Annual Convention of the American Bankers Association 26 (1900), p. 142.
[2] Oscar P. Austin, Trading with Our Neighbors in the Caribbean, Foreign Commerce Series, N° 1, Nueva York, National City Bank of New York, 1920, p. 8.
[3] Véase, por ejemplo, Clyde William Phelps, The Foreign Expansion of American Banks: American Branch Banking Abroad, Nueva York, The Ronald Press, 1927, pp. 85-104; Jeffrey A. Frieden, Banking on the World: The Politics of American International Finance, Nueva York, Harper & Row, 1987, pp. 15-25; Barbara Stallings, Banker to the Third World: U.S. Portfolio Investment in Latin America, 1900-1986, Berkeley, University of California Press, 1987, pp. 60-66 [Ed. cast.: Banquero para el Tercer Mundo. Inversiones de cartera de Estados Unidos en América Latina, 1890-1906, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Alianza Editorial Mexicana, 1990]; Vincent P. Carosso y Richard Sylla, “US Banks in International Finance”, en Rondo Cameron y Valeri Bovykin (eds.), International Banking, 1870-1914, Nueva York, Oxford University Press, 1992, pp. 48-71.
[4] Para un acercamiento a las inversiones financieras estadounidenses del siglo xix, véase Vincent P. Carosso, “American Private Banks in International Banking and Industrial Finance, 1870-1914”, Business and Economic History, second series, 14 (1985), pp. 19-26.
[5] Para profundizar en la historia de la diplomacia del dólar, véase Emily S. Rosenberg, Financial Missionaries to the World: The Politics and Culture of Dollar Diplomacy, 1900-1930, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1999; Scott Nearing y Joseph Freeman, Dollar Diplomacy: A Study in American Imperialism, Nueva York, Viking Press, 1925.
[6] Véase Richard S. Grossman, Unsettled Account: The Evolution of Banking in the Industrial World since 1800, Princeton, NJ, Princeton University Press, 2010, pp. 1-16.
[7] G. A. Penn et al., The Law and Practice of International Banking, Londres, Sweet & Maxwell, 1987, p. 1. Sobre soberanía y derecho, he abrevado en Siba N’Zatioula Grovogui, Sovereigns,
Quasi Sovereigns, and Africans: Race and Self-Determination in International Law, Minneapolis,
University of Minnesota Press, 1996; y Antony Anghie, Imperialism, Sovereignty, and the Making of International Law, Cambridge, Cambridge University Press, 2007.
[8] Sobre la historia del sistema nacional bancario, véase Bray Hammond, Sovereignty and an Empty Purse, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1970. Para los problemas del sistema dual, véase Richard Dale, The Regulation of International Banking, Englewood Cliffs, NJ, Prentice-Hall, 1984, pp. 1-20.
[9] E. E. Agger, “The Federal Reserve System”, Political Science Quarterly 29.2, junio de 1914, pp. 265-281; National Banking under the Federal Reserve System, Nueva York, The National City Bank of New York, 1921.
[10] J. Lawrence Broz, The International Origins of the Federal Reserve System, Ithaca, NY, Cornell University Press, 1997, passim.
[11] Mis reflexiones acerca del pluralismo jurídico derivan de Lauren Benton, Law and Colonial Cultures: Legal Regimes in World History: 1400-1900, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 1-79; Boaventura de Sousa Santos, Toward a New Common Sense, Londres, Butterworths, 2002, pp. 89-98 [Ed. cast.: Sociología jurídica para un nuevo sentido común en el derecho, Bogotá, ILSA, 2009]; Dieter Martiny, “Traditional Private and Commercial Law Rules under the Pressure of Global Transactions: The Role for an International Order”, en Richard P. Appelbaum (ed.), Rules and Networks: The Legal Culture of Global Business Transactions, Oxford, Hart, 2001, pp. 123-55 e Yvez Dezalay y Bryant G. Garth, Dealing in Virtue: International Commercial Arbitration and the Construction of a Transnational Legal Order, Chicago, University of Chicago Press, 1996, pp. 15-17.
[12] Tomé prestada la noción de banqueros “caballerosos” de Peter J. Cain y Anthony G. Hopkins, British Imperialism: 1688-2000, Nueva York, Routledge, 2001 y de Susie J. Pak, Gentleman Bankers: The World of J. P. Morgan, Cambridge, MA, Harvard University Press, 2013.
[13] El término “capitalismo racial” está tomado de Cedric Robinson, Marxismo negro. La formación de la tradición radical negra, Madrid, Traficantes de sueños, 2021, pp. 51 a 76]. Mi enfoque sobre el concepto también deriva de Frantz Fanon, The Wretched of the Earth, Nueva York, Grove Press, 1963, pp. 35-106 [Ed. cast.: Los condenados de la Tierra, trad. de Julieta Campos, México, FCE, 1963] y de Butch Lee y Red Rover, Night-Vision: Illuminating War and Class on the Neo-Colonial Terrain, Nueva York, Vagabond Press, 1993, passim.
[14] Charles Mills, Blackness Visible: Essays on Philosophy and Race, Ithaca, NY, Cornell University Press, 1998, pp. 97-118.
[15] El blackface es un estilo de maquillaje teatral utilizado en Occidente (según algunas fuentes, a partir del siglo xiv en Portugal) para caricaturizar a las personas negras. Desde el siglo xix, la visibilidad de esa práctica ha ido variando, pero siempre ha formado parte de la cultura estadounidense. [N. de la T.]
[16] El significado original de coon deriva de raccon, un animal negro con franjas blancas conocido como mapache boreal en castellano. Pero en el uso coloquial, y con intención extremadamente ofensiva, designa a una persona negra, relacionándola con características supuestamente negativas de ese animal. [N. de la T.]
[17] “Annual Minstrel Show”, No. 8, 9.4, abril de 1914, p. 27; “The Minstrels as Seen by Bill”, No. 8, 5.12, diciembre de 1910, p. 16; “City Bank Club’s Annual Minstrel Show Won Unmeasured Approval of 2,000 Who Saw It”, No. 8, 14.3, marzo de 1919, p. 8.
[18] “The Minstrel Men”, No. 8, 7.1, enero de 1912, p. 16; Ann Douglass, Terrible Honesty: Mongrel Manhattan in the 1920s, Nueva York, Noonday Press 1995, pp. 75-77.
[19] “A Commerce Night: Commerce Minstrels Delight Huge Throng–Big Show a Great Success–Some Sidelights”, Commerce Comments 4.3, mayo de 1920, pp. 1 y 18; “The Second Annual Dinner of the Guaranty Club”, Guaranty News 1.2, febrero de 1913, p. 15. Los espectáculos de minstrel del American Institute of Bank Clerks aparecen documentados en varias ediciones de la Bankers’ Magazine entre 1902 y 1920.
[20] “Annual Theatrical Entertainment”, Guaranty News 9.11, enero de 1921, pp. 362-366; “Guaranty Council No. 107, Twentieth Century Orient, O.M.F: Grand Ceremonial Initiation”, Guaranty News 4.9, noviembre de 1915, pp. 125-127 y 129. Véase también “A Night at the Guaranty Club”, Guaranty News 6.10, diciembre de 1917, p. 10; “The Second Annual Dinner of the Guaranty Club”, Guaranty News 1.2, febrero de 1913, p. 15.
[21] Los ejemplos de las caricaturas antisemitas y antiasiáticas del City Bank están tomados de No. 8: “Untitled”, No. 8, 7.12, diciembre de 1912, p. 26; “Retrospection of the Masquerade Ball”, No. 8, 15.5, mayo de 1920, p. 31. Para ejemplos de sinofobia, véase “A Chinese Boy’s Application for Position in a Shanghai Firm”, The Chase 5.1, junio-julio de 1925, p. 14; “The American Bank in China”, Bulletin of the American Institute of Bank Clerks 1.21, 1° de abril de 1902, p. 15 y “Wall Street Notes: Chinese Exchange–Opened Strong and Active”, No. 8, 7.4, abril de 1912, p. 15, así como “An American Bank in the Far East”, Bulletin of the American Institute of Bank Clerks 2.9, 1° de octubre de 1902, p. 24. Para más relatos, bromas y anécdotas, véase “Tight Money”, No. 8, 3.2, noviembre de 1907, s. p.; “Banking in Jawgy”, No. 8, 7.12, diciembre de 1912, p. 25; “Untitled”, No. 8, 8.1, enero de 1913, p. 18; “Untitled”, No. 8, 8.3, marzo de 1913, p. 29; “Untitled”, No. 8, 14.3, marzo de 1919, p. 38; “Untitled”, No. 8, 16.11, noviembre de 1921, p. 23; Jack Nelson, “The Offering”, No. 8, 18.2, febrero de 1923, s. p.; “Gloom Chase”, No. 8, 22.4, abril de 1927, p. 18.
[22] “Dark Finance”, The Chase 8.4, julio de 1925, p. 151.
[23] Históricamente, el término nigger (derivado del latín niger: negro) se ha usado y se usa en contextos angloparlantes para aludir a africanos y afroamericanos con la connotación de repulsión y burla. [N. de la T.]
[24] John H. Allen, “An Inside View of Revolutions in Haiti”, Current History 32, mayo de 1930, pp. 325-329.
[25] John H. Allen, “American Co-Operation Assures a Better Era for Haiti”, The Americas 6.8, mayo de 1920, pp. 6 y 8.