Reseñas

Imaginación radical para crear un mundo Común

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"Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes" de Silvia Federici nos propone un camino de salida, una contrafigura al imperio de las mercancías a través del principio político de lo común y el feminismo. Es por ello, que analizar estos textos implica sobre todo, un compromiso militante.

“Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes” de Silvia Federici, merecería un poco más que la simple descripción de sus contenidos o el formato clásico de una reseña. Nos enfrentamos a un documento abierto que tiene como intención cardinal presentarnos una serie de coordenadas programáticas y estratégicas, apoyadas en más de  30 años de estudios sobre las transformaciones generales del capital, la tierra, el trabajo, y las mujeres, desde su experiencia en África, América Latina y los Estados Unidos. Los artículos de este libro nos proponen un camino de salida, una contrafigura al imperio de las mercancías a través del principio político de lo común y el feminismo. Es por ello, que analizar estos textos implica sobre todo, un compromiso militante.

El libro está dividido en dos partes. La primera, “Sobre los nuevos cercamientos” y la segunda, “Sobre los comunes”. Esta elección no es arbitraria. No es posible comprender ni la emergencia de lo común como principio político ni su riqueza revolucionaria sino se presentan primero las condiciones históricas particulares que dieron lugar a su nacimiento.

Sobre los nuevos cercamientos

El libro parte del reconocimiento de que el mundo del bienestar se había acabado. La época dorada de la redistribución y los pactos sociales ya no constituirían la estrategia central de la burguesía. Es así que vería la luz una nueva etapa de expansión del capital apoyada en su receta más efectiva: El disciplinamiento de los trabajadores y las trabajadoras.

Silvia comienza su exposición en “introducción a los nuevos cercamientos” desde la categoría marxiana de acumulación primitiva para mostrarnos que el capital no ha utilizado el despojo, la violencia y los cercamientos de tierras comunales como un elemento expansivo solo en la primera etapa de su desarrollo, sino que como piensan muchos teóricos contemporáneos, la acumulación originaria es la actividad perpetua del capital para activar sus ciclos de crecimiento.

Tomando el ejemplo desde su experiencia en Nigeria, y a través del artículo llamado “La crisis de la deuda, África y los nuevos cercamientos”, Federici nos presenta con claridad que el avance de los Estados africanos con la colaboración del FMI y el Banco Mundial sobre los poderes comunales a través del cercamiento de tierras, implicó un abrupto disciplinamiento de la vida en las comunidades, privando a los pobladores de sus antiguas formas de subsistencia y desordenando su cotidianidad en el marco de lo comunal. “Los nuevos cercamientos suponen una reorganización a gran escala del proceso de acumulación que lleva desarrollándose desde mediados de la década de los setenta, cuyo objetivo principal es desarraigar a los trabajadores del terreno en el que se ha construido su poder organizativo de modo que, al igual que los esclavos africanos trasplantados a América, se vean obligados a trabajar y luchar en un entorno ajeno en el que ya no dispongan de las formas de resistencia que eran posibles en casa” (Federici, 2020:54)[i]

En este proceso, Federici muestra cómo el avance sobre las condiciones de vida de las mujeres será aún más violento. El libro presenta en incontables oportunidades el papel central de la mujer en la actividad de reproducción de la vida y la riqueza comunal, y en la cual a través del útil división para el capital y el dominio patriarcal, entre vida publica y privada, se esconden las prácticas de regalo, en términos de trabajo, al sistema. El trabajo gratuito de cuidado físico, espiritual y ecológico que ejercen las mujeres en las comunidades, se verá re-configurado en el proceso de implementación de los nuevos cercamientos, ya que el despojo de la tierra, principal elemento para la subsistencia económica las mujeres, las empujó a buscarse la vida en el mercado formal. Lo que dio como resultado, el disputar en un mercado laboral profundamente masculino la porción más indigna y ver casi como un imposible el sueño propietario. Por lo tanto serán estas las grandes perdedoras de la apertura neoliberal de los países africanos.

Desterrar la lucha de clases de los cuerpos, la autonomía de la experiencia política y quebrar la institucionalidad comunal no solo se iba a hacer desde el despojo de la tierra. En el capítulo que analiza el proceso que va desde la comunalización a la deuda, Federici nos va a regalar un extraordinario pasaje, que podría levantar desde la indignación que provoca al mismísimo Lucio Urtubia[1] de su tumba para volver a las andadas, acerca del papel de la crisis de deuda en los países africanos, es decir, las consecuencias de tener que pagar con tierras, autonomía y sangre las “ayudas” de las entidades de crédito internacional. Y agrega la utilización de los microcréditos como forma de transferencia individual de recursos, disciplinamiento de los cuerpos y división entre los propios habitantes de las comunas. Las mujeres sufrirán los peores golpes, ya que serán las primeras “beneficiarias” de los programas de microcrédito y llevarán el peso de tener que hacer hasta lo imposible por pagar y en el caso de no poder hacerlo, verse sometidas a la vergüenza y la persecución por “deudoras”. La conclusión de este apartado es que “la crisis de la deuda proporcionó al capital nacional e internacional una oportunidad inigualable para emprender una reestructuración amplia de las relaciones de clase con el propósito de reducir el costo del trabajo, aumentar la productividad social, revertir las expectativas sociales y abrir el continente para que las relaciones capitalistas lo penetren por completo basándose en el uso capitalista de la tierra” (P:70) y a través de los microcréditos se pudo “explotar directamente al proletariado global al eludir la mediación de los Estados nacionales, asegurándose así de que todos los beneficios vayan a parar directamente a los bancos” (P:113)

Por último, la primera mitad del libro también analiza el proceso de incorporación de China al mercado mundial, y la importancia de esto para la reestructuración capitalista global. A través de la idea de “ruptura del Cuenco de Arroz de hierro” que recupera Federici, se sintetiza el cambio de paradigma desde la seguridad y el bienestar a la precariedad y súper-explotación de los trabajadores chinos. En retrospectiva podríamos decir que ese cuenco ya es completamente de plástico.

En esta primera parte el objetivo central pasa por mostrar cómo se desarrolló el neoliberalismo y la globalización a través de un nuevo proceso de acumulación originaria. La violencia contra la organización de los pueblos, los nuevos cercamientos, el uso disciplinador de la deuda individual, la incorporación de china a la lógica expansiva neoliberal y el trabajo específico de dominio sobre las mujeres permitieron activar un nuevo periodo para la acumulación capitalista.

La contracara de este proceso será que los pueblos iban a dar muestra de su capacidad de resistencia y de su creatividad organizativa para generar formas de lucha que por extensión de sus prácticas, atravesaban todos los universos de la cotidianidad en donde se vive la opresión. Y por lo tanto, configurarían las características de un anticapitalismo radical en la defensa y creación de lo común.

Así como el sistema se revitalizó en el despojo, los pueblos se activarían en un nuevo ciclo de luchas para responder a un escenario diferente en la experiencia de vivir juntos.

Sobre los comunes

En la segunda parte del libro, Silvia expone sobre el surgimiento de lo común en las luchas actuales. Ella entiende que son las batallas comunales, por los comunes o por lo común con una perspectiva feminista las que marcan el pulso de los procesos populares contemporáneos.

A partir del estudio de formas de resistencia y organización comunal de los pueblos nativos de EEUU y de luchas contra el neoliberalismo, pero más precisamente aquellas llevadas por las mujeres contra los nuevos cercamientos y la crisis de deuda en África y América Latina, y también desde combates recientes en Europa y Estados Unidos como los movimientos de mujeres o los que surgieron desde la ocupación de plazas, Federici da una serie de precisiones en relación a las características que comparten estos movimientos a partir de las cuales podría definirse un principio político de lo común. Para ella, lo común es “un camino para transformar nuestra subjetividad y adquirir la capacidad de reconocer el mundo que nos rodea –la naturaleza, otras personas, el mundo animal– como una fuente de riqueza y conocimiento, no como un peligro”(P:121). Estos deben entenderse desde la existencia de una propiedad compartida en el marco de una comunidad, y dirigirse hacia la creación de sistemas de conocimiento, de nuevas formas de producción a largo plazo, con aptitudes para el cuidado y la reproducción colectiva. Los comunes son relaciones sociales que deben nacer desde la solidaridad, la cooperación y la responsabilidad mutua. De todas formas Silvia tiene claro que no existen recetas. Incluso un matiz importante del libro a la hora de pensar lo Común, pasa comprender que las prácticas de solidaridad y cooperación que encierran los comunes, corren siempre el riesgo de una captura capitalista de lo común. Federici ha podido ver esto en experiencias colectivas como las que giraron alrededor del software libre que ingresaron sin pausa a las lógicas de valorización mercantil.

Feminismo, comunes y reproducción social

La última porción del libro se meterá de lleno en mostrar cómo las mujeres están a la cabeza de las luchas por lo comunes. Tanto en La lucha de las mujeres africanas por la tierra y la reconstrucción de los comunes” como en **“La lucha de las mujeres por la tierra y el común en América Latina”**, Federici explica cómo son estas quienes han llevado las banderas de la resistencia contra el neoliberalismo. A través de diferentes luchas de reproducción colectiva como cocinas populares o casas cooperativas, la defensa de experiencias económicas basadas en la agricultura familiar, todo el bagaje político-organizativo del feminismo popular, el reconocimiento del propio cuerpo, la capacidad reproductiva y de romper con los velos de la división entre lo público y lo privado que somete a las mujeres en la gratuidad del trabajo doméstico, se han generado las formas organizativas más radicales de los últimos treinta años.

La tesis que sostendrá el cierre del libro luego de una serie de debates con algunas ideas del Marxismo, especialmente aquellos pasajes en donde le atribuye a la tecnología un papel liberador, es que las luchas comunes por la reproducción de la vida serán el terreno central de nuestro futuro inmediato, la zona cero de la revolución. Reconociendo una crisis de reproducción expresada en el deterioro ecológico, el dominio sobre los cuerpos y el desencantamiento, son lo comunes los que pueden construir un nuevo escenario para la reproducción, resignificando la experiencia de vivir, la relación con los otros y el vínculo con la naturaleza. Y no desde la nostalgia o la búsqueda de un retorno a la ancestralidad comunal, sino en la búsqueda de un destino diferente para la humanidad desde la solidaridad, la cooperación y el autogobierno.

A modo de cierre

Existen tres elementos con los cuales podríamos aportar al debate con Federici: Sobre los significados de lo “común”, sobre el principio específico de lo común y sobre la idea de propiedad comunal.

En primer lugar el uso indiscriminado de lo común, bienes comunes, el bien común y lo comunal como partes de una visión integrada en el principio político confunde al lector dificultando diferenciar entre el aspecto político en términos de principio, el aspecto moral con la idea de “el bien común”, el aspecto económico mercantil con la idea de “bienes comunes” y la forma institucional de lo común en lo “comunal”. Podríamos preguntarnos ¿En qué momento pasamos desde la defensa del “bien” a la creación del común? Y en esta misma reflexión ¿Es la categoría de “bien” heredada de la visión mercantil de las cosas apropiada para describir lo que es común?

En segundo lugar, a la hora de explicarnos lo que se entiende por principio político de lo común encontramos pocas definiciones.

Federici apoyada en las recomendaciones de Massimo de Angelis establece una serie de criterios para definir los comunes. Lo central pasa por la generación de prácticas de autogobierno, en el marco de una comunidad compartida, que se basen en la cooperación y el beneficio sobre la propiedad compartida, que toma la forma de riqueza social. Luego da una serie de coordenadas como el acceso equitativo de los medios, contribuir a la generación de nuevos modos de (re)producción o la generación de códigos de derechos y obligaciones de los comuneros. Sin embargo, no encontramos en ningún momento una definición clara de lo que se afirma por principio político. Si entendemos por principio aquello hace existir desde el momento cero a lo común Silvia solo nos arroja un conjunto de características que hacen a lo común y a los comunes que ya han sido establecidos. Sin embargo, la cooperación y la coobligación en el marco de una comunidad compartida garantizando el derecho de uso a los comuneros podría destilarse para pensar el principio de la actividad de institución.

Por último, el problema más profundo que nos arroja el estudio del libro y que nos empaña a la hora de pensar lo común como forma organizativa diferente a las lógicas del capital, es la idea de propiedad comunal que tiene Federici.

Si algo ha logrado el neoliberalismo es establecer un modo vida basado en la posesión individual como elemento característico de la existencia. Tener cosas, o la noción de poder tenerlas guía la lógica expansiva de la propiedad. El mundo y sus riquezas medidas en términos de bienes o cosas adquiribles que pueden ser apropiables actúa como razón de base.

Silvia cuando debe hacer la diferencia entre propiedad privada y propiedad estatal lo tiene claro. La propiedad Estatal es un tipo especial de dominio privado, sin embargo la propiedad comunal pareciera tener una naturaleza diferente. La pregunta ante esto es ¿Es la propiedad comunal de Federici el resultado de la delegación individual de un tipo de propiedad privada o es la propia inexistencia de la propiedad individual en las comunidades lo que constituye el común? Si es la segunda, ¿Porque seguir hablando de propiedad, que guarda en su lógica la posesión individual, y no darle paso a un común desde lo inapropiable y el derecho de uso?

Para terminar, nada parece más acertado en estos tiempos de desesperanza y donde algunos nos sentencian un destino irrevocable de extinción, que Reencantar el Mundo. Reencantarlo en la solidaridad, en la negación de la propiedad, en el cuidado del humano, de los animales y de la naturaleza en su conjunto. Recuperar de esos movimientos en curso donde la vida se reconcilia diariamente con la existencia de una nueva institucionalidad, los motivos para seguir, la imaginación radical para crear y las armas para luchar por un mundo Común. Ese mundo que muchos llevamos dentro de nuestros corazones y que sin duda está creciendo en este instante.


[1]Lucio Urtubia fue un albañil español, estafador y ladrón de bancos que colaboró financiado múltiples movimientos sociales en el mundo. Su robo mas emblemático fue al City Bank.


[i]Silvia Federici (2020). Reencantar el mundo: Feminismo y la política de lo comunes. Buenos Aires. Tinta Limón, 320 páginas.