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Subrayados de la introducción a "Reencantar el mundo"

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Un adelanto del nuevo libro de la influyente escritora y militante, donde aborda los comunes desde una perspectiva feminista. Federici explicíta que su visión actual "se articula con el trabajo de algunas de las pensadoras más importantes de América Latina, que inspira muchos de los ensayos contenidos en este volumen". La primera parte, en tanto, está dedicada al análisis de las nuevas formas de cercamiento que vertebran la globalización del capital y motivaron la emergencia de la política de lo común.

Emergentes
Emergentes

1.

Dedicar un libro a la política de los comunes se puede interpretar como una muestra de ingenuidad ahora que las guerras nos rodean, la crisis económica y ecológica devasta regiones enteras y resurge el supremacismo blanco, el neonazismo y las organizaciones paramilitares, que actualmente operan con una impunidad casi absoluta en cualquier lugar del mundo. Pero es esa misma sensación de estar viviendo al pie de un volcán la que hace que sea incluso más importante reconocer que, entre tanta destrucción, está creciendo otro mundo, del mismo modo que crece la hierba entre las grietas del pavimento urbano, retando a la hegemonía del capital y el Estado y afirmando nuestra interdependencia y nuestra capacidad de cooperar. Aunque se exprese de distintos modos –commoning, el común, comunalidad–, el lenguaje y la política de los comunes constituyen hoy la expresión de ese mundo alternativo. Porque lo que representan los comunes en esencia es que se asumió que la vida no tiene sentido en un mundo hobbesiano, en el que cada persona compite con todas las demás y la prosperidad se alcanza a expensas de otras personas, y que así nos dirigimos hacia el fracaso asegurado. Este es el sentido y la potencia de las muchas luchas que se están librando en todo el planeta para combatir la expansión de las relaciones capitalistas, defender los comunes existentes y reconstruir el tejido comunitario destruido durante años de asedio neoliberal sobre nuestros medios de reproducción más básicos.

2.

En los meses que en los que dicté clases en la universidad de Port Harcourt a lo largo de tres años, pude darme cuenta de que buena parte del territorio que recorría en bicicleta para ir a la escuela o al mercado seguía siendo de propiedad comunal; también aprendí a reconocer las huellas que había dejado el comunalismo en la cultura, costumbres y hábitos de las personas que conocía. Ya no me sorprendía, por ejemplo, cuando veía a un estudiante tomar comida del plato de un amigo al entrar a un mama-put (N. del Ed: comedor habitualmente regenteado por mujeres), o cuando veía a las mujeres trabajar la tierra al borde de la ruta, reapropiándose así de las tierras que se les habían expropiado para construir el campus, o cuando veía cómo mis colegas negaban con la cabeza al saber que la única seguridad con la que yo contaba era un salario y que no tenía ningún pueblo al que volver, ni comunidad que me ayudara si llegaban malos tiempos. Lo que aprendí en Nigeria tuvo un efecto profundo en mi pensamiento y en mi postura política.

3.

Durante este proceso, entré en contacto con la literatura sobre los comunes producida por feministas como Vandana Shiva y Maria Mies. Las leí en la época del levantamiento zapatista, cuando escribía sobre la lucha de las mujeres contra los cercamientos en la Europa del siglo XVI, y este encuentro con el trabajo de Shiva y Mies me mostró nuevos horizontes políticos. Durante la década de los setenta me había movilizado por el salario para el trabajo doméstico, concebido como la estrategia feminista más adecuada para acabar con el “regalo” del trabajo no remunerado que hacen las mujeres al capital y para iniciar un proceso de reapropiación de la riqueza que las mujeres han producido mediante su trabajo. El relato de Shiva sobre el movimiento Chipko y su descripción de la selva india como un sistema reproductivo completo –que proporciona alimento, medicina, techo y nutrimento espiritual– amplió mi perspectiva sobre lo que podía constituir la lucha feminista por la reproducción. Durante los últimos años, cuando fui conociendo la lucha de las mujeres en América Latina –indígena, campesina, villera –me terminé de convencer de que la reapropiación de la riqueza común y la desacumulación de capital –los dos objetivos principales del salario para el trabajo doméstico– se podrían conseguir igualmente y de manera más eficaz si se desprivatizara la tierra, el agua y los espacios urbanos y se crearan formas de reproducción basadas en la autogestión, el trabajo y la toma de decisiones colectivas.

4.

Si la primera parte del libro está dedicada a reconstruir el contexto social en el que ha madurado la política de los comunes, la segunda parte contempla los comunes como una realidad que ya está presente, encarnada especialmente en las formas comunitarias de organización social existentes, y como una perspectiva que, en su forma embrionaria, anticipa un mundo más allá del capitalismo y pone la cuestión de la reproducción social en el centro del cambio social. Desde un punto de vista feminista, uno de los atractivos de la idea de los comunes es la posibilidad de superar el aislamiento en el que se llevan a cabo las actividades reproductivas y la separación entre las esferas pública y privada que tanto ha contribuido a esconder y racionalizar la explotación de la mujer en la familia y el hogar.

5.

Las apropiaciones de espacios urbanos y rurales no dejan de multiplicarse, lo que está haciendo que aumente el número de asentamientos en los que el espacio y los recursos se comparten, las decisiones sobre la reproducción cotidiana se toman de manera colectiva y las relaciones familiares se redefinen. Es más, las prácticas comunalizadoras que se crean en situaciones de emergencia no desaparecen sin dejar huella, aunque no siempre se pueda ver a simple vista.

6.

La revisión de la historia de los comunes nos advierte, sin embargo, que aunque haya garantizado la reproducción de sus miembros, los comunes no siempre fueron formas de organización social igualitarias. Incluso hoy en día, en varias comunidades nativas de África y América Latina, las mujeres no tienen derecho a participar en las asambleas en las que se toman las decisiones y corren el riesgo de que se excluya a sus hijos del acceso a la tierra porque la participación de lo común se establece por varonía. En este volumen, examino este problema y expongo cómo el Banco Mundial lo aprovechó para impulsar su plan de privatización de la tierra y cómo están reaccionando las mujeres de las comunidades indígenas ante esta amenaza. Al mismo tiempo, defiendo que es necesario distinguir entre las formas sociales comunales/comunitarias que trabajan desde una perspectiva no capitalista y aquellas formas de crear procomún que son compatibles con la lógica de la acumulación capitalista y pueden funcionar como una válvula de escape de la que el sistema capitalista se sirve para intentar diluir las tensiones que, inevitablemente, genera su política.

7.

Yendo más lejos, debemos preguntamos: ¿Es acaso la mecanización e incluso la robotización de nuestra vida cotidiana lo mejor que pudo producirse tras miles de años de trabajo humano? ¿Somos capaces de imaginarnos reconstruyendo nuestras vidas en torno a una comunalización de nuestra relación con los demás –incluyendo animales, aguas, plantas y montañas– que al final seguramente acabe siendo destruida por la construcción de robots a gran escala? Este es el horizonte que nos propone el actual discurso y política de los comunes: no la promesa de un retorno imposible al pasado, sino la posibilidad de recuperar el poder de decidir colectivamente nuestro destino en esta tierra. Esto es lo que yo llamo reencantar al mundo.