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La plaga negra

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La activista y docente universitaria doctorada en estudios afroamericanos analiza cómo afecta el coronavirus a las comunidades negras en Estados Unidos. Su libro "De #BlackLivesMatter a la liberación negra" fue editado en Argentina, en conjunto con Traficantes de Sueños.

Los funcionarios públicos lamentan la forma en que el coronavirus está sumiendo a las comunidades negras. La pregunta es, ¿qué están preparados para hacer al respecto?

El antiguo aforismo afroamericano “Cuando la América blanca se resfría, la América negra contrae neumonía” ha tomado un nuevo giro morboso: cuando la América blanca contrae el nuevo coronavirus, los estadounidenses negros mueren.

Miles de estadounidenses blancos también fallecieron a causa del virus, pero la velocidad con la cual los afroamericanos están muriendo transformó esta crisis de la salud pública en una lección objetiva sobre la desigualdad racial y de clase. Según un informe de Reuters, los afroamericanos son más propensos a morir de COVID-19 que ningún otro grupo de EE.UU. Aún es temprano el curso de la pandemia, y los datos demográficos son incompletos, pero una visión parcial es suficiente para sugerir una seria reflexión sobre esta cosecha amarga del racismo estadounidense.

Louisiana, con más de veintiún mil infectados reportados, ha sido el número más alto de casos de coronavirus por fuera del Northeast y Midwest. Cuando el gobernador del estado, John Bel Edwards, anunció recientemente que comenzaría a proporcionar datos sobre los desgloses raciales y étnicos de los fallecidos, incluyó el sombrío reconocimiento de que los afroamericanos, el 33% de la población de Louisiana, comprenden 70% de los muertos.

La pequeña ciudad de Albany, Georgia, a 200 millas al sur de Atlanta, fue sede de un enfrentamiento heroico de derechos civiles entre los residentes negros de la ciudad y su jefe de policía blanco a principios de los años sesenta. Hoy existen más de 1.200 casos confirmados de COVID-19 en el condado, y hay al menos 78 personas han muerto. Según informes recientes, el 81% de los muertos son afroamericanos.

En Michigan, los afroamericanos representan el 14% de la población estatal, pero actualmente, comprenden el 33% de infectados confirmados y el 40% de las muertes. El 26% de los infectados y 25% de las muertes del estado son de Detroit, una ciudad que es un 79% afroamericana. El COVID-19 también está devastando los suburbios de la ciudad que tienen grandes poblaciones negras.

El virus ha sacudido a los afroamericanos en Chicago, quienes cuentan con el 52% de los casos confirmados de la ciudad y un alarmante 72% de las muertes, superando con creces en la proporción de la población de la ciudad.

Como muchos ya han notado, este macabro repaso refleja el hecho de que los afroamericanos tienen más probabilidades de tener condiciones de salud preexistentes que hacen el coronavirus, particularmente mortal. Esto es ciertamente verdadero. Estas afecciones -diabetes, asma, enfermedades de corazón y obesidad- son factores críticos, y apuntan a la persistencia de la discriminación racial, que durante mucho tiempo ha aumentado la vulnerabilidad de los negros a la muerte prematura, como ha dicho la experta Ruthie Wilson Gilmore durante años. El racismo, como herencia de la esclavitud norteamericana, ha disminuido casi todas las chances de vida de los afroamericanos. La población negra es más pobre, más propensa a estar subempleada, condenada a viviendas deficientes y a una atención médica inferior debido a su raza. Estos factores explican por qué los afroamericanos tienen un 60% más de probabilidades de haber sido diagnosticados con diabetes que los estadounidenses blancos, y por qué las mujeres negras tienen un 60% más de probabilidades de tener presión arterial alta que las mujeres blancas. Tales disparidades de salud son marcadores de desigualdad racial tanto como el encarcelamiento masivo o la discriminación en la vivienda.

Es fácil simplemente señalar la prevalencia de estas afecciones de salud entre los afroamericanos como la explicación más importante para sus crecientes tasas de mortalidad. Pero también es importante reconocer que la vulnerabilidad negra ha aumentado especialmente por la continua ineptitud del gobierno federal en respuesta al coronavirus. La creciente carnicería en la América de Trump no tuvo que suceder en la medida en que lo hizo. La prueba de COVID-19 sigue siendo desesperadamente inconsistente y no disponible, con el acceso desglosado según las líneas predecibles. En Philadelphia, un científico de la Universidad de Drexel descubrió que, en códigos postales con una “menor proporción de minorías y mayores ingresos”, fueron administradas un mayor número de pruebas. En códigos postales con un mayor número de residentes desempleados y sin seguro, hubo menos pruebas. En conjunto, las pruebas en vecindarios de mayores ingresos son seis veces mayores que en vecindarios más pobres.

El racismo, como herencia de la esclavitud norteamericana, ha disminuido casi todas las chances de vida de los afroamericanos. La población negra es más pobre, más propensa a estar subempleada, condenada a viviendas deficientes y a una atención médica inferior debido a su raza.

Las pruebas inconsistentes, en combinación con las constantes denegaciones de la Casa Blanca sobre la amenaza del virus, exacerbaron la terrible falta de preparación para esta catástrofe. Con una coordinación más temprana, los hospitales podrían haber adquirido el equipo necesario y el personal adecuado, evitando potencialmente la embestida que ha ocurrido. Las consecuencias son devastadoras. En el área de Detroit, donde la enfermedad está aumentando, alrededor de 1.500 trabajadores hospitalarios, incluidas quinientas enfermeras de Beaumont Health (el sistema hospitalario más grande de Michigan) están fuera del trabajo con síntomas de COVID-19. Al principio de la crisis, en el Hospital Mount Sinai de la ciudad de Nueva York, las enfermeras se vieron obligadas a usar bolsas de basura para su protección. En todo el país, se les pide a los proveedores de atención médica que racionen las máscaras faciales y los escudos, aumentando dramáticamente el potencial de su propia infección y, por lo tanto, aumentando la tensión en los hospitales ya sobreextendidos.

La ola inicial de muertes negras desproporcionadas fue acelerada por la mala conducta de Trump, pero las muertes por venir son el resultado predecible de décadas de desinversión y negligencia institucional. A mediados de marzo, Toni Preckwinkle, presidente de la Junta del Condado de Cook en Illinois, que abarca Chicago, lamentó la crisis del COVID-19 y proclamó que “estamos todos juntos en esto”, pero, semanas después, cerró la sala de emergencias del Hospital público de previsión en el predominantemente negro South Side. Preckwinkle afirmó que el cierre duraría un mes y fue una respuesta a un solo trabajador de la salud infectado con el virus. Dejó de lado el hecho de que las enfermeras, los médicos y otros trabajadores de la salud han dado positivo por COVID-19 en todo el país, y sus instalaciones no han sido cerradas. Es una decisión que simplemente no podría haberse tomado, en medio de una pandemia histórica, en ninguno de los barrios blancos y ricos de la ciudad en el lado norte.

Mientras tanto, en la prisión del condado de Cook, 323 reclusos y ciento noventa y seis oficiales correccionales han dado positivo por COVID-19. Como resultado, los funcionarios no solo no cerraron la cárcel del condado, sino que aún no han liberado a un número significativo de personas encarceladas, a pesar de que la instalación tiene la mayor densidad de casos de COVID-19 en Chicago. Estos son los tipos de decisiones que explican por qué existe una diferencia de treinta años en la esperanza de vida, en la misma ciudad, entre el barrio negro de Englewood y el barrio blanco de Streeterville. También son solo los últimos ejemplos de las formas en que el racismo es el resultado final de las decisiones que toman los funcionarios del gobierno, independientemente de sus intenciones. Preckwinkle es afroamericana y presidenta del Partido Demócrata del Condado de Cook, pero sus decisiones con respecto al Hospital Provident y la Cook County Jail aún herirán profundamente a los afroamericanos en Chicago.

La rapidez con que la pandemia ha consumido a las comunidades negras es impactante, pero también proporciona una mirada sin barnizar de la dinámica de raza y clase que existía mucho antes de que surgiera. La conversación más inútil en los Estados Unidos es el debate sobre si la raza o la clase son el principal impedimento para la movilidad social afroamericana. En realidad, no pueden ser separadas una de otra. Los afroamericanos están sufriendo esta crisis no solo por el racismo sino también por la forma en que la discriminación racial los ha atado al fondo de la jerarquía de clases de los Estados Unidos.

Desde la emancipación, el racismo ha reforzado las dificultades económicas de los negros. Esa dificultad se expresa a través de la concentración de afroamericanos en trabajos de salarios bajos, muchos de los cuales ahora son, irónicamente, considerados “esenciales”. Según un informe del Times, Annie Grant, una mujer negra de 55 años que trabajaba en la planta avícola Tyson Foods en Camilla, Georgia, dijo que sufría fiebre y escalofríos, y les dijo a sus hijos que se le ordenó regresar al trabajo a pesar de presentar síntomas del virus. A principios de este mes, murió de COVID-19. Dos trabajadores más de la planta han muerto, y otros se ha quejado de la falta de equipo de protección y la dificultad de distanciamiento social allí, pero Tyson la ha mantenido abierta. (Un portavoz de Tyson Foods dijo que la compañía instituyó protección para los empleados, incluido “un suministro adecuado de mascarillas protectoras para los trabajadores de producción”). Cuando el vicepresidente Mike Pence habló sobre el papel del trabajo esencial y de los bajos salarios en medio de un brote cada vez mayor en las plantas procesadoras de alimentos, dijo: “Están prestando un gran servicio a los norteamericanos, y necesitamos que continúen, como parte de lo que llamamos infraestructura crítica, deben presentarse y hacer su trabajo”.

Las amenazas cruzadas de hambre, desalojo y desempleo llevan a los afroamericanos pobres y de clase trabajadora hacia la posibilidad de infección. Menos del 20% de los afroamericanos tienen trabajos que les permiten trabajar en sus hogares. Los trabajadores negros están concentrados en trabajos públicos -transporte público, atención médica domiciliaria, venta minorista y servicios- donde el distanciamiento social es virtualmente imposible. Y luego, está la concentración de afroamericanos en instituciones donde el distanciamiento social es imposible, incluidas las cárceles y los refugios para personas sin hogar. Los afroamericanos representan la mayoría de la población en las cárceles y de la población sin techo. El 46% de los afroamericanos perciben el COVID-19 como una “amenaza mayor” para su salud y, sin embargo, raza y clase se combinan para poner en peligro a los negros. Estos números son la crisis envuelta dentro de la pandemia.

La pobreza, a su vez, refuerza los supuestos ideológicos sobre la raza. Cuando los barrios negros de clase trabajadora tienen altas tasas de vivienda deficiente y manutención escasa, y las comunidades negras tienen dietas pobres y obesidad generalizada, estas características se combinan con la raza. Racializar la pobreza ayuda a distraer de los factores sistémicos en los cimientos de la desigualdad racial y económica. En cambio, hay un exceso de atención en el diagnóstico y reparación de afroamericanos supuestamente dañados. El 10 de abril, el cirujano general de Trump, Jerome Adams, que es negro, instruyó a las comunidades afroamericanas y latinas a evitar el alcohol, el tabaco y las drogas durante la pandemia. En una oda paternalista familiar, Adams aconsejó: “Necesitamos que hagas esto, si no es por ti mismo, entonces por tu abuela. Hazlo por tu abuelo. Hazlo por tu “big mama”. Hazlo por tu pop-pop[^1] “. Añadió: “Necesitamos que mejores”.

Estos comentarios fueron un recordatorio de cómo el enfoque en las comorbilidades que acompañan a COVID-19, como la diabetes y la hipertensión, puede transformarse fácilmente en discusiones sobre los hábitos alimenticios y de ejercicio de la clase trabajadora negra. Pero esa es una discusión irresponsablemente unilateral, una que ignora las comorbilidades de los desiertos alimentarios, los rendimientos decrecientes de los cupones de alimentos y la depresión y la alienación que cubren los barrios negros pobres y de clase trabajadora. No es la ausencia de fuerza de voluntad lo que está alimentando los efectos mortales de la pandemia en las comunidades negras. Y el impacto desproporcionado del virus no es causado por una barrera del idioma que requiere que se hable con los afroamericanos con “lenguaje específico”, como explicó más tarde Adams.

Los comentarios de Adams fueron también un recordatorio de que, incluso cuando la pobreza no es el problema, el racismo o las suposiciones racialmente inflexionadas sobre los afroamericanos influyen en la forma en que son atendidos dentro de la industria del cuidado de la salud. Las mujeres negras no solo tienen tres veces más probabilidades de morir en el parto que las mujeres blancas, sino que las tasas de mortalidad de las mujeres negras con educación universitaria en el parto son más altas que las de las mujeres blancas con solo un título de secundaria. Los estereotipos de los afroamericanos como gordos y perezosos, despreocupados e imprudentes, impetuosos, irresponsables y, en última instancia, indignos, se absorben en la conciencia del público en general, los proveedores de atención médica incluidos. Estos estereotipos están enraizados en las percepciones erróneas de la vida de los negros pobres y de la clase trabajadora, pero, dado que la raza es ampliamente considerada como biológicamente basada en nuestra sociedad, incluidos los médicos, se supone que son características heredadas por todas las personas negras. En una serie de estudios publicados en 2017, los investigadores encontraron “una preferencia implícita por los pacientes blancos, especialmente entre los médicos blancos”. Otro estudio reveló que los médicos creían que los pacientes blancos eran más cooperativos desde el punto de vista médico que los pacientes afroamericanos. Un estudio de 2016 de estudiantes de medicina y residentes encontró que casi la mitad de ellos cree que existen diferencias biológicas entre los cuerpos negros y los blancos, incluida la falsa noción de que las terminaciones nerviosas de las personas negras son menos sensibles que las de los blancos. Estos hallazgos pueden dar una mejor idea de un estudio más reciente que mostró que los pacientes negros tenían un cuarenta por ciento menos de probabilidades de recibir medicamentos para aliviar el dolor agudo.

La discriminación contra los pacientes afroamericanos está tan arraigada en las prácticas de atención médica que un estudio nacional reveló que, incluso cuando los hospitales y las aseguradoras confiaban en un algoritmo para administrar la atención, los pacientes afroamericanos recibían en promedio mil ochocientos dólares menos de atención por año que pacientes blancos con las mismas condiciones crónicas de salud. Los afroamericanos tenían que estar más enfermos que los blancos antes de ser referidos para recibir ayuda más especializada. No es solo la pobreza lo que lleva a diagnósticos erróneos y atención inconsistente, sino también el profundamente arraigado supuesto de que los cuerpos negros están estropeados y, por lo tanto, son desechables.

No son solo los nombrados por Trump los que hacen declaraciones condescendientes o ignorantes. Incluso una incondicional liberal como la alcaldesa de Chicago, Lori Lightfoot, no es inmune a la fijación en las percepciones de complicidad negra en los malos resultados de salud. En respuesta a los informes sobre las muertes de negros por el coronavirus, Lightfoot dijo: “No podremos borrar décadas de disparidades de salud en unos días o una semana, pero tenemos que impresionar a las personas en estas comunidades. Hay cosas que se pueden hacer: existen herramientas a su disposición que se pueden usar para ayudarse a sí mismos, pero tenemos que mencionarlo tal como está y asegurarnos de que tengamos una respuesta muy sólida y de varios niveles ahora y en el futuro, y lo haremos.”

¿Cuáles son las “herramientas” a disposición de las comunidades negras en Chicago que les permitirían “ayudarse a sí mismas” a salir de la crisis del COVID-19? Lightfoot no dio más detalles, pero esto suena como un lenguaje cargado que traslada la culpa de las disparidades de salud negras a los barrios negros segregados de Chicago. Los comentarios de Lightfoot subestiman la dificultad de lograr una buena salud y bienestar al tiempo que combaten las fuerzas del subempleo, los desalojos y la violencia policial, todo lo cual define gran parte de la vida de la clase trabajadora negra en Chicago. La tasa general de desempleo para jóvenes hombres y mujeres negros en Chicago es del treinta y siete por ciento, en comparación con el seis por ciento de sus pares blancos. Ciertamente es más fácil promover estas misteriosas “herramientas” que enfrentar la crisis de desinversión y desempleo en la ciudad que ha durado décadas, pero eso es realmente lo que se necesita para cambiar estas circunstancias.

Hay una consecuencia adicional de dejar que la crisis del coronavirus caiga en un enfoque limitado sobre las elecciones personales de los afroamericanos. La suposición de que si ellos simplemente cambian su comportamiento personal, entonces pueden unirse a las filas de los aptos y saludables, ignora los problemas sistémicos que han creado una crisis general de salud y bienestar y acceso a la atención médica en los Estados Unidos. El problema que enfrentan las personas negras no es sólo la exclusión de una atención médica adecuada, con la inclusión como la cura. Pedir simplemente “acceso igualitario” puede reforzar la percepción de que el problema es solo el de la exclusión, cuando el problema más profundo es la propia sociedad estadounidense.

Cuando James Baldwin, en su mordaz libro de 1963 “The Fire Next Time”, planteó la pregunta de si los afroamericanos debían integrarse en la “casa en llamas” de los Estados Unidos, argumentó que la pregunta exigía una mirada más profunda a la sociedad estadounidense. Baldwin escribió: “En general, los blancos no pueden ser tomados como modelos de cómo vivir. Más bien, el hombre blanco necesita con urgencia nuevas normas que lo liberen de su confusión y lo coloquen nuevamente en fructífera comunión con las profundidades de su propio ser. Y repito: el precio de la liberación de los blancos es la liberación de los negros: la liberación total, en las ciudades, en los pueblos, ante la ley y en la mente”.

La discriminación contra los pacientes afroamericanos está tan arraigada en las prácticas de atención médica que un estudio nacional reveló que, incluso cuando los hospitales y las aseguradoras confiaban en un algoritmo para administrar la atención, los pacientes afroamericanos recibían en promedio mil ochocientos dólares menos de atención por año que pacientes blancos con las mismas condiciones crónicas de salud.

El racismo ha significado que casi la totalidad de los afroamericanos sufren en mayor medida que el conjunto de los estadounidenses blancos. Pero, en los últimos años, ha habido múltiples informes que muestran que la esperanza de vida de la persona blanca promedio va en reversa. Esto normalmente no sucede en el mundo desarrollado. Pero, en este país, este fenómeno es impulsado por el alcoholismo, el abuso de opioides y el suicidio. Lejos del privilegio blanco, este es el pathos blanco.

El acceso desigual a la atención médica puede ser importante en el contexto inmediato de la pandemia, pero esto por sí solo no nos dice mucho sobre la crisis general de la atención médica con fines de lucro en los Estados Unidos. Tampoco nos dice mucho sobre las crisis sociales a gran escala de los EE. UU. que respaldan los problemas particulares de salud de los afroamericanos y los estadounidenses blancos. Un vistazo sobre estas grandes crisis fue provisto por la Naciones Unidas en 2017, cuando sus investigadores entrevistaron a personas en varias ciudades sobre la pobreza en los Estados Unidos. El informe concluyó que “Estados Unidos ya lidera al mundo desarrollado en la desigualdad de ingresos y riqueza, y ahora está avanzando a toda máquina para hacerse aún más desigual… Las altas tasas de pobreza infantil y juvenil perpetúan la transmisión intergeneracional de la pobreza de manera muy efectiva y aseguran que el sueño americano se este convirtiendo rápidamente en la ilusión estadounidense.” Estados Unidos tiene las tasas de mortalidad infantil y juvenil más altas entre los países ricos. Los ciudadanos estadounidenses viven vidas “más cortas y enfermas” que las de otras naciones democráticas prósperas.

Cuando los funcionarios públicos lamentan la forma en que COVID-19 está afectando a las comunidades negras, la pregunta más importante es, ¿que están preparados para hacer al respecto? La respuesta inmediata debería ser la rápida expansión de Medicaid y Medicare. Pero el acceso a la atención médica es solo una pequeña parte de la dinámica que compromete la salud de los afroamericanos. Las buenas prácticas de atención médica también deben incluir el alivio de la amenaza y el estrés de los desalojos. Las mujeres negras constituyen alrededor del 44% de los desalojados de sus hogares en áreas urbanas; como resultado, experimentan desproporcionadamente la falta de vivienda y la depresión y, en casos extremos, acaban suicidándose. Una buena atención médica significa trabajos mejor pagados que permiten a las mujeres negras y sus familias preocuparse menos por las facturas mensuales y los costos del cuidado y educación de los niños. Las mujeres negras en Louisiana, el estado donde los afroamericanos enfrentan las tasas de mortalidad más altas de COVID-19, ganan cuarenta y siete centavos por cada dólar que ganan los hombres blancos.

Periódicamente sufrimos crisis nacionales que nos obligan a observar la pobreza y la desigualdad que existen a nuestro alrededor. Escuchamos a los que están en el poder, incluidos los funcionarios electos, discutir sin aliento las condiciones vergonzosas que producen estos resultados, pero prometen poco en términos de políticas específicas y acciones concretas para revertirlos. Trump dice que las tasas más altas de muerte negra son “un gran desafío. . . Queremos encontrar el motivo de ello”. El Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, que acompaña cuidadosamente a Trump a sus reuniones de prensa, brindó una explicación que incluía los problemas de salud existentes, pero Fauci concluyó: “No hay nada que podamos hacer al respecto en este momento, excepto brindarles la mejor atención posible y evitar complicaciones.”

Las expresiones de preocupación, buenos deseos y promesas de “una respuesta múltiple muy sólida” suenan bien en las conferencias de prensa. Pero muchos funcionarios electos que nos dicen que tienen buenas intenciones están tan atrapados por la hostilidad prevaleciente al gasto para reconstruir el sector público que no pueden llegar a soluciones reales. En medio de esta creciente pandemia, el alcalde de Philadelphia, el demócrata Jim Kenney, anunció recientemente una ronda de recortes presupuestarios y servicios reducidos, diciendo: “No va a ser fácil y no va a ser agradable”. . . pero, al final, necesitamos un presupuesto equilibrado”. Philadelphia es la más pobre de las grandes ciudades estadounidenses donde los afroamericanos son los que más sufren el brote de COVID-19. Y, justo en el momento en que muchos destacan las formas en que la desigualdad y nuestra pobre infraestructura cívica están fallando al público, especialmente al público negro, el alcalde ha anunciado recortes presupuestarios “desagradables”.

No es solo Philadelphia. Durante décadas, en todo el país, las ciudades grandes y pequeñas se han comprometido con un modelo de desarrollo que prioriza la atracción de corporaciones privadas con promesas de desgravación fiscal, mientras que descuidan la inversión en instituciones públicas. En cambio, los hospitales públicos han sido cerrados, las viviendas públicas se han destruido o se han dejado en mal estado, las escuelas públicas quedaron sin inversión y las clínicas de salud pública fueron cerradas. A pesar de que las terribles consecuencias de estas elecciones políticas durante la epidemia de COVID-19 aparecen en las noticias de todo el país, los funcionarios electos no tienen planes significativos de cambiar el rumbo.

Solo con el conocimiento de estas desigualdades en la salud y el racismo en la que están arraigadas no será suficiente para inspirar la acción de funcionarios electos o entidades gubernamentales. Cuando el huracán Katrina expuso el brutal racismo de la costa del Golfo, no condujo a un nuevo régimen de inversiones sólidas en el sector público ni a una infusión de empleos bien remunerados para sacar a los afroamericanos de la pobreza. En cambio, los buitres corporativos y sus facilitadores públicos forzaron el cierre de casi todas las escuelas públicas de la ciudad, que fueron “subastadas” a las charter schools[^2]. El Ayuntamiento de New Orleans votó por unanimidad para derribar las viviendas públicas sin daños por el huracán. Decenas de miles de negros de New Orleans recibieron pasajes de ida de la ciudad, y luego se los denunció despectivamente como “refugiados” en su propio país. A menos que se restablezca el gasto público y se combine con el acceso a empleos bien remunerados, atención médica preventiva y de emergencia y viviendas seguras y asequibles, es difícil tomar en serio las expresiones de indignación por la pobreza y el racismo en este país.

En el último mes, hemos visto que es posible para los gobiernos locales y nacionales actuar en formas que protejan a las personas. El gobierno federal ha suspendido los intereses y la recaudación de los pagos federales de préstamos estudiantiles hasta septiembre, y el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano ha declarado una moratoria sobre ejecuciones hipotecarias y desalojos de hipotecas aseguradas por el gobierno. Algunas ciudades y estados han detenido los desalojos de propiedades de alquiler, y los municipios de todo el país han liberado a miles de personas de las prisiones y las cárceles. La policía local se ha comprometido a no realizar arrestos por delitos menores. En Detroit, los funcionarios se comprometieron a dejar de cortar el agua a las personas cuando no pueden pagar sus cuentas. Si todas estas acciones son posibles en una emergencia nacional, porque creemos que mitigaran la vulnerabilidad de las personas ante las enfermedades y la muerte, ¿por qué no puede ser esto siempre el estándar? Después de todo, ¿cuándo es un buen momento para cortar el suministro de agua potable a alguien? Uno no puede seguir criticando las crecientes tasas de muerte negra mientras no hace ni una sola cosa para cambiar nuestros sistemas políticos y económicos fallidos.

La dificultad para tomar estas decisiones no se trata solo de la falta de voluntad política. En 1968, durante otro período de agitación social, Martin Luther King, Jr., explicó que el poder del movimiento negro radica no solo en su capacidad para luchar por los derechos de los afroamericanos sino en su revelación de los “defectos interrelacionados” de la sociedad estadounidense, incluyendo “racismo, pobreza, militarismo y materialismo”. La “revolución negra”, continuó King, tiene el poder de exponer “los males que están profundamente arraigados en toda la estructura de nuestra sociedad. Revela fallas sistémicas en lugar de superficiales y sugiere que la reconstrucción radical de la sociedad misma es el verdadero problema a enfrentar”.

Incluso cuando las fallas en nuestra sociedad son tan fáciles de señalar, resolverlas entra en conflicto inmediato con los supuestos básicos de gobierno en el país actual. Reparar el daño profundo, histórico y continuo hecho a las personas negras requerirá transformaciones profundas y permanentes. Era cierto cuando King escribió estas palabras, hace más de medio siglo, y nunca ha sido más cierto de lo que es hoy. Para cumplir la promesa de que las vidas negras importan, Estados Unidos debe cambiar de manera sistémica y no superficial.


[^1]: pop-pop es un término “urbano” que se utiliza para denominar a un abuelo amoroso o muy querido. (N. del T.)

[^2]: Las charter schools son escuelas que reciben fondos del gobierno, pero opera independientemente del sistema escolar estatal establecido en el que se encuentra. (N. del T.)

Fuente original del artículo: The New Yorker
Traducción: Serenela M. Del Carmen Carrión (UNR)
Revisión y Corrección: Lautaro León (UBA)