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Más allá del colapso

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Compartimos la introducción a ”El umbral”, las crónicas y meditaciones escritas por Franco Berardi Bifo durante la primavera de 2020, cuando la pandemia de coronavirus golpeaba a Italia e imponía la cuarentena a toda la población. En septiembre, en todas las librerías del país.

Imagen: Fragmento del apocalipsis 1 - Istubalz
Imagen: Fragmento del apocalipsis 1 - Istubalz
Introducción

Escribí estas crónicas de la psicodeflación durante la primavera de 2020, cuando la pandemia de coronavirus golpeaba a Italia de modo muy violento e imponía la cuarentena a toda la población. No exactamente a toda la población, ya que millones de trabajadores se veían de todos modos forzados a trabajar, corriendo el riesgo de infectarse, porque tenían un rol esencial: médicos y enfermeras, naturalmente, pero también riders, trabajadores precarios obligados a correr en bicicleta para llevar y traer paquetes al servicio de alguna plataforma como Amazon o Just Eat. También gran parte de los obreros de la industria fueron obligados a ir a las fábricas.

Después de un par de meses, se empezó a creer que la pandemia estaba terminando: el gobierno italiano anunció una reducción de las medidas de confinamiento y, luego, el fin de la cuarentena. Pensamos entonces que el contagio estaba destinado a disolverse poco a poco, y que pronto la vida volvería a la normalidad.

Poco a poco, entendimos que esto no es así en absoluto. En primer lugar, porque la pandemia siguió expandiéndose, provocando nuevos cierres en mareas sucesivas, de este a oeste, desde China hasta el viejo continente euroasiático, luego hacia el nuevo continente americano, primero al norte y luego al sur.

Luego comenzó a extenderse el miedo de que el contagio pudiera regresar. Y entonces los gobiernos volvieron a imponer la cuarentena aquí y allá, un poco como manchas de un leopardo.

En estos días, mientras escribo el prefacio de esta edición en castellano, están cerrando nuevamente Cataluña.

Acepté una invitación a Cataluña para septiembre; tengo deseos de volver a Barcelona, ​​donde hace ya un año que no aparezco, quiero volver a ver a mis amigos y amigas, pero estoy empezando a pensar que no será posible. ¿O sí?

Ya no sabemos nada sobre nuestro futuro personal, mucho menos sobre el futuro global.

Lo que me parece seguro es que ya nada volverá a ninguna normalidad. El colapso de la economía está garantizado para el próximo año, desempleo masivo, interrupción de la producción, caída dramática de la demanda.

Pero no está claro, sin embargo, si esta interrupción, este colapso, nos permitirá salir del cadáver del capitalismo, experimentar formas de vida igualitarias y frugales, o si seremos empujados hacia una guerra de todos contra todos, hacia una angustia ininterrumpida, y hacia la extinción de la civilización humana.

La pandemia explotó después de un año de violentísima convulsión global: las revueltas de Hong Kong y Barcelona, ​​de Santiago y Quito, de La Paz y Beirut, de Teherán y Bagdad habían anunciado una crisis final del liberalismo que durante cuarenta años devastó el planeta y la mente colectiva. Pero en esa convulsión de revueltas no había surgido ninguna perspectiva alternativa, ningún proyecto de reconstrucción de la sociedad sobre bases igualitarias.

Solo la ansiedad, la ira, la desesperación. Luego llegó el colapso, y ahora se está preparando un período de catástrofe depresiva global. Sin embargo, en el vacío producido por el colapso comenzamos a ver una alternativa muy radical.

Si sabemos crear condiciones para el despliegue eficaz de la solidaridad social, si sabemos dotarnos de instrumentos adecuados para la defensa y para el ataque, si sabemos elaborar un modelo adecuado de plena aplicación de las tecnologías productivas, entonces será el fin de la propiedad privada, la salida del dominio abstracto del capital, de la explotación y de la miseria.

Una alternativa esperada y prometida durante dos siglos, que ninguna política ha sido capaz de lograr, y que un virus ha puesto al alcance de una humanidad que, paradójicamente, se encuentra al borde de un precipicio, pero también en el umbral de una emancipación: la emancipación de la superstición del dinero y del trabajo asalariado.

Si no sabemos crear estas condiciones, entonces tendremos que enfrentar precisamente el fin de la humanidad. De la humanidad como valor compartido, como sensibilidad, inteligencia y comprensión, pero también de la humanidad como especie: el fin del animal humano sobre la Tierra.

Esta vez no estamos bromeando: los incendios forestales de medio mundo, el derretimiento de los glaciares, la invasión catastrófica de langostas en el cuerno de África, la carrera armamentista, el hambre que regresa a muchas partes del mundo, la pandemia viral que inaugura una era de terror sanitario. Todo esto significa una sola cosa: que la extinción está en la agenda, y que no hay otra forma de salir de esta perspectiva que no sea la igualdad económica radical, la libertad cultural, la lentitud de los movimientos y la velocidad de los pensamientos.

O el comunismo o la extinción.

Hace cincuenta años, en las librerías de París circulaba una revista llamada Socialisme ou barbarie. Sabemos cómo terminó esa cuestión. No supimos crear las condiciones culturales y técnicas para el socialismo, y el resultado se vio en los primeros veinte años del nuevo siglo: explotación brutal, precariedad y miseria creciente, racismo, nacionalismo, sumisión de la inteligencia colectiva a la ignorancia de la minoría armada.

Barbarie.

Y por fin, naturalmente, colapso. Colapso sanitario, claro, pero antes que nada colapso psíquico, depresión extendida, crisis de pánico, epidemia suicida.

Esta primavera, el colapso abrió las puertas de nuestro mañana.

Puede ser (es muy probablemente que sea) un mañana de guerra civil generalizada, opresión tecnototalitaria de marca china, violencia fascista de marca turca o húngara, demencia armada de marca estadounidense.

En este caso, pronto reconoceremos que hubiera sido mejor dejarse llevar por el coronavirus, en lugar de asistir impotentes a la violencia de los patrones y a la arrogancia de sus sirvientes ignorantes.

Con un petróleo que cuesta cero dólares, el mundo se verá asfixiado por las brumas venenosas de Delhi, por los incendios devastadores de Australia, por las aguas de los océanos bajo la tormenta. En un par de generaciones rezaremos al dios de lo inevitable para que acelere los tiempos de la extinción inminente.

Pero otra perspectiva se ha abierto, y otro fin es posible, un fin que sea un comienzo.

Las potencias de la inteligencia técnica gobernadas por cien millones de jóvenes trabajadores cognitivos, y el florecimiento de un millón de comunas autónomas, de laboratorios y de escuelas que produzcan lo que todos necesiten y sobre lo que nadie tenga que volver a lucrar.

El dinero se ha vuelto inútil, la acumulación es una ilusión peligrosa.

Necesitamos investigación científica, satisfacción ociosa de las necesidades esenciales y placer de los sentidos y de las mentes.

Que lo erótico ahuyente el triste recuerdo de lo económico. Que la poesía cosmopolita disuelva el mal olor de la pertenencia nacional. Que todas las banderas ardan, que se abran las puertas de todas las cárceles.

Es posible, si sabemos resistirnos a lo probable y sabemos burlarnos de lo inevitable.

17 de julio de 2020