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Perón: la realidad efectiva te la debo. Parte 1: Modo submarino

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A nadie le interesa investigar las transformaciones del mundo popular de la última década y media. No interesa hacer sociología pero sí jugar a la del politólogo: fascinarse con la rosca y los análisis efímeros. Es tiempo de salir de Villa Twitter, agujerear la gobernabilidad para que ingrese otra información de lo social.

Uno de los efectos más jodidos del régimen de obviedad que toma a la Política (al Palacio, pero también a los “referentes” de movimientos sociales, a funcionarios de tercera y cuarta línea, a periodistas, analistas,influencers) es que empuja compulsivamente a intervenciones rápidas que pretenden “entender todo de golpe” mientras se rechaza, una y otra vez, una investigación minuciosa y permanente.

Cada acontecimiento parece suceder empañando lentes y apunando oídos de quienes se quedan re-sorpresa. Pero luego de días de perplejidad y mínima apertura en las membranas auditivas y la atención de “otras voces” y sonidos, se limpian un poco los lentes (jamás se piensa en cambiarlos) y se vuelve a reproducirel mismo sonido (rechazando las interferencias). Pintó el covid-19 y la obviedad anunciaba la posibilidad de conflictos sociales, estallidos, saqueos, etc. (el régimen de obviedad se nutre de las primeras reacciones, los primeros miedos o esperanzas). Se perdieron las PASO y se habla de “giro a la derecha”. Dos años antes, cuando se hizo boleta al macrismo en las urnas, se flasheaba“giro a la izquierda”. Se analiza la coyuntura política, sin perforarla, con la lógica del tira-postas de red social. Se piensa y se suelta rápido lo que se pensó para pasar a otra postura: lógica de burbujas y farándula de clones mientras allá afuera (y allá abajo) espera el país.

Un régimen de Obviedad que ya tiene varios años recubriendo con su capsula de vidrio la cosa pública. Cada vez se extiende más y muestra una mayor productividad subjetiva. En estos meses, en una sociedad ajustada y apestada, metidos en una crisis económica fuertísima, se salta de un eslogan emocional a otra. Puentes que se erigen y se diluyen fugaces y que solo sirven para pasar por encima –sin ser tocado– por lo social implosionado y cada vez más picanteado. O no se lee lo social o se lo lee con la liviandad de un dato más que casi no condiciona lo que se desea; las expectativas de lo que me gustaría que pase (de la teleología secular de lo que tendrá que pasar al yoismo contemporáneo de lo que me gustaría que pase). Siempre la investigación de lo social es lo que te la baja: a tierra, a lo concreto, a la carne y el hueso del asunto. Empecemos por ahí.

Se le da mucho espacio público a un yoísmo militante indignado y más o menos culposo y se corta, se escinden las escenas sociales “conflictivas” (sobre las que se arroja rápido y sin contemplar la temperatura anímica ambiente enunciados políticos cerraditos) de la materialidad de la sociedad precaria en la que se incuban. Lo social queda arrancado de su dimensión concreta y negado en pos de representaciones Políticas que solo tratan de sincronizar con deseos y expectativas previas. Un régimen de Obviedad que piensa la Política (incluso si no está frente a la pantalla) con la lógica de posteo y olvido. El gran riesgo de este régimen –y de la ausencia de investigación de lo social y del mundo popular actual– es que no es algo espectral o etéreo: lo habitan los y las “fantasmas”, pero los efectos sobre lo social son bien concretos: cierre, clausura, congelamiento.

La tercera sección electoral (esas mil mesetas conurbanas)

Una mirada de balcón porteña (o de la palermitana Villa Twitter. La red social a la que tanta atención le prestó el primer gabinete presidencial, la red social que pone funcionarios y agenda política e intelectual) suele aplastar y reducir un territorio complejo, desigual, vital y caótico como el que constituye la denominada “tercera sección” del conurbano bonaerense a un inmenso desierto africanizado (no solo la derecha vieja y rancia piensa en un “conurbano africanizado”) en donde solo se perciben esporádicos y lejanos racimos negros que serían “los barrios populares”. Con esa visión de drone se sobrevuela un terreno repleto de relieves, tensiones, rugosidad. Un territorio en el que viven millones de personas y en el que mal conviven: villas, asentamientos (todos los días uno nuevo) barrios laburantes en caída libre, barrios de clase media baja precarizados, barrios de clase media picanteados, barrios siempre cerca de la avenida y barrios siempre cerca del fondo, barrios privados y countries. Cada diferencia implica un pliegue y una frontera para defender, como sea, el mundito propio. Una colmena vital en la que los enunciados políticos blanco-albino resbalan y en dónde las categorías sociológicas siempre llegan tarde.

Despacito y casi sin gastar saliva las vidas populares y laburantes son empujadas, cada día unos pasitos más, a las bocotas abiertas y hambrientas de la derecha. Desde el camionero que manda a sus hijas al colegio privado para sacarlas de la junta del barrio, pero abre un comedor adentro del barrio para dar una mano –y, quizás, por algún peaje que obliga al “privilegiado”– pasando por el remisero (y también chofer de Uber y Didi y de la próxima aplicación), por la enfermera y mamá luchona a la que le reventó la tarjeta naranja; por el vaguito al que le robaron la bici con la que laburaba en Pedidos Ya y ahora vende el pan que hace la vieja; por el vaguito que le robó la bici a uno que laburaba en Pedidos Ya y ahora, cada tanto, va a laburar a la obra con el tío; por casi todos los pibes que ahora cantan –junto a sus padres, madres, tíos y vecinos– “gracias a la harina que me ha dado un mango” (o a San Lavandina) mientras caminan los barrios un poquito más residenciales ofreciendo la mercadería puerta a puerta o semáforo a semáforo en la avenida; por la vaga que cobra la Asignación y tiene la tarjeta Alimentar y su novio que cobra el Potenciar, pero que saben que ir al shopping un fin de semana o a un local de Personal es parte de la antigua normalidad. Podríamos continuar la fenomenología barrial hasta mañana. Vidas laburantes que están arriba de esa cinta transportadora, la que los desliza a la derecha, hace al menos diez años, pero que, en el último tiempito, pareciera, que ese desfile se acelera cada vez más. De un lado los esperan con los brazos abiertos y sin escrutarlos. Mientras desde “nuestro lado” se reduce la complejidad del mundo popular a la invocación lejana y exterior del “40 por ciento de pobres”. Una lengua política de Palacio y de cierta militancia habla sin rozar las vidas populares (solo rebotando el eco en las paredes de la propia cápsula). Un gobierno que se autopercibe peronista, venimos repitiendo, no puede hacer vuelos de drone sobre los realismos populares (siempre en plural y en más o menos abierta belicosidad y hostilidad, nunca únicos y mayúsculos) tiene la obligación histórica de enunciar desde las entrañas de ese inmenso, desarticulado y caótico monstruo popular cuyas características tiene que conocer mejor que nadie.

Una lengua política de Palacio y de cierta militancia habla sin rozar las vidas populares (solo rebotando el eco en las paredes de la propia cápsula). Un gobierno que se autopercibe peronista no puede hacer vuelos de drone sobre los realismos populares.

Se llama a las mayorías populares y laburantes: “Pobres”. Se pretende interpelar a las vidas populares desde su rostro empobrecido. Un discurso público que parece dirigido a una platea de clase media progre o piadosa que levanta su pulgar de like o lo baja (ocupada por los parientes buenos de la platea macrista a la que se le hablaba de “pobreza cero”) pero no al ánimo laburante: nadie quiere que lo descansen recordándose todo el día la condición de pobreza en la que se está cayendo sin a la vez tocar la inflación: la máquina de ajustar y reducir laburantes que cada día se empequeñecen más y van perdiendo potencia económica y social. No se respeta, en ese discurso, la autopercepción de las vidas populares: se las obliga material y simbólicamente a que sean pobres: se las llama así. Son los pobres a los que se les habla desde un tono y un lugar de enunciación clasemediero. Cuando hasta millones de laburantes formales está cayendo bajo la línea de flotación (y, además, sobreviven híper-endeudados) por más buenas intenciones que tenga ese discurso es irritante en las vidas concretas y más aún en un país popular cuya mutación a la pobreza estructural es reciente en términos históricos. Y dentro de esa categoría lejana se pierden los matices, las disputas, las violencias, las jerarquías, las luchitas de cada vida popular para alejarse del fondo más lacerante de la precariedad: debajo de dónde decís “40 por ciento de pobres” hay emprendedurismo negro y barrial, un devenir mayoritario de vendedores ambulantes de ocasión (en las redes sociales o puerta a puerta o en el semáforo de la avenida o en el vagón del tren o en el bondi) y quienes alternan changas, rebusques de todo tipo con programas sociales, empleados municipales, docentes, choferes y lo que se te ocurra.

Se escucharon, en tono más o menos confesional, discursos salidos de esa misma matriz sensible gorila luego de los resultados electorales. Parte de la desazón de quienes “dieron todo” y piensan que “son todos de derecha”. Claro, si, son todos de derecha menos vos. Quedate tranquilo. Esta misma postura moral se lee en quienes sostienen cabizbajos: “hicimos de todo durante la pandemia y nos pagan así”. Esos discursos sacrificiales no tienen nada que ver con el peronismo (tampoco los de quienes estaban pensando en internas para el 2023 o celebrando antes de tiempo).

Selfie en el vacunatorio y plano secuencia del resto del día

Es preocupante porque, más acá de un vuelto electoral, un gobierno que se autopercibe peronista no puede no saber cómo viven las mayorías populares. En lo concreto: “caen” a un barrio y se informan de cómo anda todo por lo que dice un referente o vecino (un barrio reducido a lo que dicen cercanos y cercanas que, muchas veces, dicen lo que el visitante quiere escuchar). Se arman operativos, se “cae” en una jornada de trabajo y se “milita” el barrio. Algo falló y el efecto es gravísimo si se responsabiliza a las encuestas o se pasan facturas internas. ¿Vos, que sos funcionario, no viste, no escuchaste, no leíste, no sentiste el malestar? Lo que puede pasar en el cuarto oscuro siempre tiene una porción importante de opacidad, pero decir que no sabías que la cosa estaba tan mal es propio de una sensibilidad macrista. Una cosa es saber por dónde viene la mano y encapricharte, una cosa es saber que pasa y no querer hacer “determinismo popular”, una cosa es saber que pasa y no estar de acuerdo. Un gobierno que se cartelea peronista tiene que saber que desean las mayorías populares. Después, con esos mapas deseantes y afectivos, ves para dónde encarás; cómo te metés a disputarlos; que otros realismos menores existen para insuflar, etc.

Lo que puede pasar en el cuarto oscuro siempre tiene una porción importante de opacidad, pero decir que no sabías que la cosa estaba tan mal es propio de una sensibilidad macrista.

Sin esa investigación de lo social, o con la economía desprendida de lo social y de las vidas populares concretas queda flotando un economicismo tonto que no se toma en serio la cuestión del salario y que sin ocultar la ficha gorila -que les saltó a varios y varias que se la dan de compañeros- habla de “poner plata y listo”. En esa obviedad quedan afuera los mapas de la economía real y libidinal: los terrenos afectivos concretos en dónde las máquinas de derecha saben jugar y pelear los partidos. Se desconoce el “valor libidinal de las cosas”. Lo dijimos, el salario no se toca ni se sustituye o, si se lo hace es por salario anímico (ver https://www.revistaanfibia.com/cuales-son-los-nuevos-odios-sociales/ y https://revistacrisis.com.ar/notas/el-corazon-de-las-tinieblas. El salario anímico no es una cuestión cultural o meramente simbólica: es potencia oscura. Es reemplazo de las jerarquías que el mundo del laburo ya no sostiene. Y esto será cada vez peor).  El salario es poder social: es órgano y también piel que cubre y protege cuando la cosa se pone fea. Es poder adquisitivo, es alivio para la deuda que agobia, es posibilidad de alegría personal, familiar y pública (el celular o las zapatillas, el televisor o la heladera, las vacaciones, las giras opulentas de fin de semana, la tarde en el shopping).

Si el bolsillo es un órgano, un cuerpo que vive, tiene afectos a tener en cuenta: no se trata de dinero ya sin política concreta que atienda, arme mundo y escuche a las mayorías populares (que atienda y escuche, incluso, las disputas de realismos, las disputas de percepciones sobre lo que es una vida popular, que atienda y escuche y se mueva para no quedarse en representaciones de cuadros (y cuadradas y alejadas imágenes de lo popular). No se trata de enunciados de forma progre y fondo gorila: poner platita, aumentar planes y montos de tarjeta y listo. El dinero que pones se va al toque al sobreendeudamiento (con tarjetas naranjas, amarillas, rojas y todos los colores; con los bancos, las financieras, los préstamos familiares con esa insoportable tasa de interés afectiva) y se va volando, como esos horneritos, cuando pasas por la caja del Chino, el almacén o el supermercado y con “tres boludeces” ya salís desangrado. Si en la crisis del 2001 se saqueaban comercios y supermercados, en esta crisis del 2021 quienes saquean los bolsillos laburantes son los supermercados. Lo que el salario no da lo simbólico no presta. Lo dijimos también durante todos estos años. El bolsillo es una víscera porque tiene sangre y porque es parte del cuerpo: la inflación te hace más pequeño y te empuja a la precariedad sin red, al terror anímico: todos los días son fin de mes y la inflación es terror y guerra contra los cuerpos populares. Por eso no se pueden aceptar el discurso alfonsinista de “nos faltó la economía” o la invitación de que “todo el barrio” vaya al comedor: ¿la idea es transformar en un comedor gigante todos los barrios más o menos populares?

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Funcionarios y funcionarias de todos los niveles de gobierno (desde nación hasta un municipio) sorprendidos por los resultados electorales. Se escuchan quejas hacia los encuestadores que no avisaron del malestar social. Se escuchan frases del estilo: “no sabíamos que la gente estaba tan enojada”.

La candidata por la provincia de Buenos Aires mira al periodista y confiesa sin sonrojarse: “en los vacunatorios vimos a la gente agradecida y estaban felices”. Acá no hay que comerse el discurso de la oposición más sacada. Es mentira que la pandemia no haya importado, que “en los barrios” no existió el Covid-19. No es falso, por lo tanto, el enunciado político que motorizó la primera parte de la cuarentena del 2020: evitar el montaje mortuorio en el conurbano bonaerense, evitar las imágenes catastróficas de guardias estalladas, peleándose por un respirador, y repletas de muertos que hubiese sido, sin dudas, un final dramático y violento para una sensibilidad popular histórica (esas imágenes, esas muertes, hubiese ocurrido, sin dudas, si gobernaba Juntos). A la gran mayoría le importó el mal bicho. Pero no a todos y todas les importó de igual manera: la distribución de la carga viral y del cagazo a la peste es desigual y combinada. Cuando te secuestran varios otros quilombos y temores cotidianos el temor al contagio y a la enfermedad es un temor s y una variable más que hace el día más denso y cansador. Una variable más no implica una variable menor, pero para tener en el hashtag de tus preocupaciones y conversaciones cotidianas al bicho (al menos que seas trabajador de la salud) tenes que tener resueltas otras amenazas posibles.

Cuando te secuestran varios otros quilombos y temores cotidianos el temor a contagiarse de Covid es un temor s y una variable más que hace el día más denso y cansador.

El problema de fondo y perceptivo es que con un ojo se miró la calle “tranquila y desierta” (es decir: sin estallido social obsceno. Nunca se registra lo social implosionado) y con el otro ojo se miró con alegría la selfie en el vacunatorio. Se trataba, más bien, de preguntarse ¿de dónde viene la gente antes del pinchazo y a dónde va después del valioso y reconocido despliegue sanitario? ¿a dónde van antes y después del posteo? Se trataba de continuar mirando ese rostro sonriente hasta que la sonrisa se borre, hasta que el rictus se modifique y el emoji cambie a tristeza, enojo, lágrima. En los vacunatorios, sin dudas, todos y todas estábamos felices. Pero, saliendo del primer plano y continuando en plano secuencia la vida de quien se vacuna vemos -sin necesidad de slowmotion- como la alegría va mutando: en el Pago Fácil, en el mostrador de la carnicería, en la fila de “un chino” cualquiera, en un almacén, en el kiosco, en el vagón del Roca o el Sarmiento, en un bondi, cuando llaman sin parar del estudio jurídico apurando varias veces al día porque las tarjetas no se llegan a pagar ni en mínimo, o el familiar que va dejando de ser copado a la vez que aumenta su tasa de interés afectivo por la deuda pendiente, en el cagazo de final de día agitado pensando en que no se pudo pagar el alquiler (y ya no hay otro IFE) en postergar hasta la próxima vida la compra de material o de la moto para ponerte a laburar (ni hablar de comprarte ropa, a vos y a los tuyos, ir todas las semanas a la barbería, cambiar el celular hecho mierda, las llantas que ya quedaron viejas, no tener una moneda ni para la camiseta trucha. Y, también hay que decirlo, la impotencia de no poder inyectar guita para abrir un pulmón libidinal en medio del ajuste: toda la guita (blanca, negra, roja) está marcada y va a parar al endeudamiento crónico. Continuar el plano secuencia hasta entender lo que implica vivir en el peor de los mundos laburantes posibles: laburar más y bacanear menos.

Y ahí, después del recorrido de largas horas, te das vuelta y ves que el vacunatorio quedó re chiquito y lejano. Y, tomado por los diferentes modos que adquiere el terror económico, hasta te olvidas un poco del riesgo biológico del que te sacó ese pinchazo y ese Estado que posta te cuidó (como no lo hubiese hecho el macrismo). Es una gran mentira de la derecha más fea aquello de que “no se le dio importancia a la pandemia”. Sí, importó, se sufrió mucho, pero se la padeció no como en las comunas y los códigos postales a los que se dirige el discurso oficial (presidencial y de la mayoría de losintelectuales: se habló siempre de la misma manera de la pandemia. En los primeros tres meses del 2020 y en los últimos tres antes de la elección en pleno 2021). De nuevo, el biológico fue un terror más: no solo hizo temblar al cuerpo, también provocó la efervescencia (y el enloquecimiento) de todos los demás terrores y vectores: el anímico, el financiero, el laboral, el familiar, el escolar.

Es la selfie en el vacunatorio y es el plano secuencia, el continuo social y vital: es dinero, es consumo, es salario, es empoderamiento social, es un futuro mejor, es, al menos, reponer las redes que conjuraba un poco esa precariedad de fondo. Es, como dijo Cristina aquella vez, evitar que la vida se siga desorganizando.

Modo submarino no amarillo

¿Solo a los encuestadores y a los analistas les preguntan cómo va todo? ¿no tienen ni siquiera esa terminal de información de la clase media ilustrada e intelectual que le pregunta “al chico de Rappi o Pedidos Ya”, “a la chica que ayuda en casa”, “al chofer de taxi o de Uber” cómo está todo en el planeta tierra? Burbujas, distanciamiento social con lo popular y barbijos mal puestos: tapándoles los ojos.

Funcionarios y funcionarias que no tienen contacto con las sensibilidades populares. Muchos “caen” a los barrios en operativos y con torpeza perceptiva y social (o se selecciona, se “edita”, los barrios en los que estar o no. Hemos visto, ay, funcionarios que creen que los barrios están loteados por organizaciones o simpatías políticas).  Juntan a diferentes actores de los barrios (sin que les importe mucho desde qué realismo toma cada quien la palabra) y se van con las voces de ese plenario. Pero tampoco se trata de que no estén en el territorio, de que no recorran, de que no estén “todo el día” militando. La mayoría está todo el día “poniéndole el cuerpo” a los quilombos, no dudamos de eso. El problema es que están en lo social implosionado, pero metidos en trajes térmicos: de los que te aíslan de la verdadera temperatura ambiente. Están sumergidos en lo profundo del territorio, pero adentro de submarinos que no te permiten dar con la sensibilidad real.

A nadie le interesa investigar las transformaciones del mundo popular de la última década y media. No interesa hacer sociología (pero sí jugar a la del politólogo, fascinarse con la rosca y los análisis efímeros) y pensar en profundidad lo social porque es preferible inventarse hipótesis y enunciados políticos que no tengan que verificarse en ningún lado: los podes karaokear dentro de la burbuja de iguales, pero para que sea eficaz tenés que pincharlo en lo social, inocularlo ahí y ver qué sucede: que reacciones provoca, que anti-cuerpos aparecen, qué le pasa al cuerpo social. La pregunta por la eficacia de ciertos enunciados y dispositivos políticos (en donde se les habla a los pares, en dónde se busca el like rápido). Pinchar, siempre, en lo social y ver cómo reacciona: ¿muta o no? Hay que testear fuerzas sociales, evitar el distanciamiento social obligatorio (de clase) que ya vienen cumpliendo hace rato muchos intelectuales. Parte de no pensar la sociedad ajustada que dejó el macrismo fue ignorar los anti-cuerpos que también se había creado en esos años. No querer entender que la sociedad ajustada llegó para quedarse.

O se abandonaron los barrios, o se llena algunos municipios del conurbano de “extranjeros”, o se cae a los barrios en modo submarino y alejados del contexto que se está viviendo, escuchando más o menos lo que uno esperaba escuchar y observando desde el catalejo. Esta lejanía sensible con lo barrial es continuación del poco interés en la investigación de lo social que ya viene de los años de ajuste macrista. Pero también una reconfiguración de la perspectiva de lo que significa gobernar enfriando.  Se “cae” al barrio con el barbijo en la boca, y se lo sube a los ojos.

O se abandonaron los barrios, o se llena algunos municipios del conurbano de “extranjeros”, o se cae a los barrios en modo submarino y alejados del contexto que se está viviendo, escuchando más o menos lo que uno esperaba escuchar y observando desde el catalejo.

En “los submarinos” y “las submarinas” no hay entres, no hay continuos, no hay recorridos vitales, todo lo que entra se lee detenido y capturado como en una foto: desde el submarino no se ven los detalles en los que se juegan las implosiones de cada día. Se llenan de dispositivos estatales atajando a los heridos del ajuste cuando ya cayeron (o a los que caen cerca de un comedor, de una iglesia, de un dispositivo juvenil, de centro de rehabilitación o de la cárcel) pero en el medio: en la changa, en los laburos, en las deudas que vencen, en los bajones solitarios, en los interiores súper estallados, en los continuos vitales es cada vez difícil de intervenir en la sociedad ajusta y apestada. Y esos entre existen, son los mayoritarios, son las vidas populares (laburantes y no) aunque son más ambiguos, silvestres y no cierran nunca del todo.

Es por todo esto que no se puede reducir la distancia sensible con el pulso popular a la dimensión presupuestaria. Lo poco que hay, lo que se rescata en cada jurisdicción, ministerio, hay que abrirlo, agujerear la gobernabilidad para que ingrese otra información de lo social; los problemas concretos, mapas de cómo se va reconfigurando los modos de vida, los recorridos por la ciudad, de qué manera se perciben o no los terrores.

Dos escenas complejas que el modo submarino probablemente no capture: Dos cuarentones –“vestidos de laburantes”, como dice con ironía Marta cuando un rato después se entere y no se asombre por la secuencia- le roban una mochila a una flaca que tiene casi treinta años, varios quilombos y trata de terminar el secundario en versión presencial y virtual. Se meten corriendo por uno de los pasillos. Un policía mira y le tarda en caer la ficha de que no son “los pibes de siempre”. Se mete al barrio-laberinto, cansando, pero “no encuentra nada”. En otro punto del territorio conurbano, en Solano, hay un corte en la Avenida Monteverde. No hay policías, pero si un habitual fuego de lado a lado. Un grupo de vecinos pide seguridad y agarra a un par de cartoneros acusándolos de no se sabe bien qué. Se los llevan detenidos a un patrullero para que los detengan. Los polis ni pestañean por el fuego y el quilombo ambiente. Un camionero (que también changuea para Mercado Libre un día, para una verdulería otro) está re caliente. Todo el conurbano lleno de obras que se perciben como cortes: “antes eran los piqueteros. Ahora las obras que están apuradas por todos lados”. No putea a los vecinos. Allá a un costado, medio de espectadores, completan el montaje los pibes que oscilan entre los laburitos rodantes de vendedores de ocasión (que arrancan desde la mañana puerta a puerta) y piensan que con el Potenciar Trabajo, un tiempito en la cooperativa, etc., no llegan a poder desear nada. Pero dejar todo ese combo de guita para laburar “en blanco” por menos de treinta lucas y encima tener un jefe que te verduguea no tiene sentido. Sobre todo, si a la primera de cambio te meten una patada en el orto y te quedás sin nada.

Ignacio Gago, Leandro Barttolotta y Gonzalo Sarrais Alier integran el Colectivo Juguetes Perdidos.

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