Intervenciones

Perón: la realidad efectiva te la debo. Parte 2: Gobernar enfriando o Peronismo silvestre

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¿Por qué el gobierno no pudo leer el malestar de las mayorías populares? ¿Por qué no se le da cabida a "la vida que gedemos"? Mientras tanto, un peronismo amarillo se expande por el conurbano. Es tiempo de reponer las “postas” cotidianas que la pandemia desarmó.

Como pasa siempre que el peronismo pierde, la esperanza de su final se disimula poco por derecha y por izquierda. Incluso, quienes “materialmente” están cercanos al Palacio y a los palacitos (con carguitos, con capital simbólico, con sentirse cercanos) ya parecen sacar los dedos del teclado y los pies del plato. Desmarques cínicos de quienes empiezan a silbar bajito y bajando los posteos. El que abandona rápido tiene premio en sus prestigios personales: muchos que recibieron gratificaciones simbólicas, contratos, recursos y mimos públicos durante los dos primeros años, muchos Albertos y Albertas están más preocupados en tirar la bomba de humo y no quemarse que en pensar en profundidad lo que está pasando en la sociedad que gobiernan.

Oportunismo, cinismo que ni roza a lo silvestre: a la vida que gedemos y que, hasta ahora, no se le dio cabida. Entre la indignación y la perplejidad queda claro que una militancia “privada” (de las asperezas y violencias del país real) corre detrás de las luces mediáticas y de los fogonazos esporádicos (los conflictos sobresalientes) y se pierden el mientras tanto concreto, cotidiano, áspero e implosionado. Se sacan de la boca categorías llenas de sarro, permanece una pereza política y perceptiva alarmante: “voto bronca”, “voto hambre”, “voto a la derecha”, etc. Un gorilismo y un racismo que salta al momento de hacer lecturas sobre los resultados electorales. ¿Cómo le volvés a hablar a la gente con la que militás y para la que militás, a tus votantes y sus vecinos si los llamás “desagradecidos”?

Una hipótesis (no importa su nivel de certeza y verdad, solo puede servir para gobernar en otra dirección): ¿Y si la oleada que te votó en contra es la misma que te votó a favor? ¿Si más que voto bronca (o esas imágenes de origen radical) pensás en voto anti-ajuste? ¿Si pensás que gran parte de las mayorías populares cansadas, ajustadas, apestadas (con el voto de los interiores estallados que sacó al macrismo por “arriba”) rechazaron esa economía heredada o que no fueron a votar como otra forma de rechazar ese ajuste que continúa?

No se trata, lo repetimos, solo del vuelto electoral. Más allá de los resultados de noviembre es urgente adentrarse en esas mayorías populares, investigarlas, tomarles el pulso: sondearlas sin necesidad de encuestadores o “mediadores” de los rumores sociales.

No es un problema que el peronismo pierda elecciones (o el problema de fondo no es ganar o perder elecciones. No es solo un vuelto electoral. El peronismo ha sobrevivido sin los fierros del estado, el problema, claro, es la supervivencia de ese peronismo…). El problema de fondo y dramático es que un gobierno que se autopercibe peronista no haya podido leer el malestar de las mayorías populares. Es preocupante, también, que un gobierno que en varios niveles tiene funcionarios que provienen de movimientos sociales, de organizaciones juveniles, no haya podido leer el malestar social y que parecía más en plan auto-celebración que tomado por el tono y el ensombrecido ánimo social mayoritario.

El problema de fondo y dramático es que un gobierno que se autopercibe peronista no haya podido leer el malestar de las mayorías populares.

Ya no hay espacio (en esta máquina de enunciación política devorada por el régimen de obviedad, en la agenda oficial que comparten funcionarios de distintas líneas y militantes) para plantar la disputa de realismos barriales (y las disputas y guerras al interior del mundo popular con los nuevos odios) porque se evapora, a una velocidad dramática, esa realidad efectiva y concreta sobre la que hay que intentar pinchar enunciados políticos. Le debemos a Perón (y al peronismo silvestre, y a la “base electoral”) esa realidad efectiva que tiene que ser siempre el suelo sobre el que discutir y disputar realismos populares, percepciones, afectos y nociones de lo laboral, lo barrial, lo vecinal y lo social.

En plena “década ganada” discutíamos las traducciones sociales, políticas, estatales de intranquilidad anímica como la inseguridad, con el automático y determinado pedido de gendarmería. Discutíamos y tratábamos de visibilizar y oponer con nuestras investigaciones “otros” realismos populares minoritarios: el de pibes y pibas (corridos de la representación adulto-céntrica de la vida barrial) de quienes no estaban enganchados del todo a la dinámica laboral, etc. Durante el macrismo, incluso muchas veces sin confesarlo, se fortaleció ese Realismo único y fue más complejo aún pensar otros modos y disputas del mundo popular que no sean lo que se presentaban como la Realidad. Pues bien, durante el actual gobierno esa disputa de realismo ni siquiera existió porque se evapora, se esfuma esa realidad concreta. Frente a una demanda, como aquella de “inseguridad”, se tuitea, se hacen recorridas mediáticas, se postea, hay indignación por derecha e izquierda, pero nadie investiga ni discute realidades.

No es que falló el diagnóstico o las predicciones sobre las vidas populares: no las hubo. Sin realidad efectiva no hay disputa de realismos populares posible: hay régimen de Obviedad y realismo mayoritario derechizado al que se acepta en bloque (cayendo en un peligroso y falso determinismo social y popular. Porque, además, se lo mira desde categorías ideológicas y sin comprender o desconociendo las sensibilidades populares) o se le opone esa tibieza del progresismo blanco. Podés coincidir o rechazar los realismos populares en tensión (en disputa belicosa, pero con miles de vasos comunicantes y puntos de continuidad, claro). Lo que no podés es hacer pantalla y posteo: en las redes sociales, al menos hasta ahora, no hay temperatura y tufo (esos sentidos no se pueden sustituir). Una realidad efectiva que está frente a tus ojos, un posteo imposible de eliminar (para que se entienda desde la pantalla). Podés decir que te gusta o no, pero está ahí.

Los barrios, el realismo laboral y popular, es siempre indeterminado y abierto a la discusión: dos percepciones mienten: la del asfixiante vaso boca abajo porque es exterior y siempre con un supuesto (no confesado) gorila y exterior en el que late la pregunta de ¿cómo pueden vivir así? Y de esa constatación solo sale piedad o criminalidad. Lástima o desprecio. Pero también miente la percepción de quien está seguro de mirar el mismo vaso, pero desde abajo: una especie de domo de vidrio en el que estás atrapado.

Con quienes miran desde arriba el vaso nos interesa menos dialogar (desde el balcón, desde la farándula de clones, tan solo los convocamos a salir de esa posición y moverse. Poco más que decir). Con quienes percibir desde abajo hay mucho para pensar y discutir. Pensamos que no hay un solo realismo barrial; no hay un solo realismo popular: todo está en disputa: percepciones, afectos, deseos, intensidades. El gran problema de los últimos años (esperable en un gobierno de derecha, preocupante en un gobierno que se auto-percibe peronista y en las militancias jetonas, intelectuales, periodistas y funcionarios: todos los que viven en barrios distintos de la misma Villa Twitter) es que, entre todos, y por falta de investigación del mundo popular, porque por sus biografía les pase de largo, porque no ven ahí más potencia política que lo que su agenda ya dictaminó que es lo popular (representaciones de acero), es que entre sus “loreadas” y su parla descarnada se haya difuminado lo social.

Gobernar enfriando una agenda de peronismo silvestre

Si el peronismo se olvida del “aguante todo” expulsará, cada vez más rápido, vidas populares a la derecha. Todo lo que tendría que estar adentro, se expulsa porque no se comprenden sensibilidades populares, porque se desconoce mundos lejanos (a nivel espacial, físico y sensible) porque solo importan los algoritmos y la farándula de clones en las redes sociales. Un peronismo desatento a su base electoral, pero antes aún de la eventualidad y la contingencia electoral, a las mayorías populares a las que tiene que obedecer. En estos dos años desfilaron en los medios supuestos “representantes de lo popular” que parece que tampoco estaban muy al tanto del malestar de “abajo”. Acá no se trata de albertismo o camporismo o militantismo (claro, la aclaración de siempre: nos referimos a dirigencias, a jetones, no a quienes le ponen el pecho y resuelven lo que pueden en las condiciones que pintan y sostienen sus barrios a flote).

Uno de esos “jetones” habla en el prime time televisivo: “hay darle mensajes claros a la militancia”. No, hay que hablarle claro al votante real: a las mayorías populares reales que están ajustadas, cansadas, apestadas o pos-apestadas y que, hace apenas dos años, hicieron boleta al macrismo en la urna (una victoria muy por arriba, lo dijimos, por abajo, en la sociedad ajustada, la máquina de gorra está más aceitada y activa que nunca). En vez de armar continuidades entre el voto del 19 y éste se apuran categorías de quienes están mirando fenómenos porteños. Hay que hablarle, hay que hacer políticas y “mensajes claros” para esa base electoral: la militancia sabrá (sabemos) entender muy bien que las agendas se tienen que clavar en ese corazón popular y que desde allí se dan las disputas perceptivas y afectivas sobre lo popular (que desde lejos se ve codificado por un solo Realismo).

Una sociedad ajustada, implosionada y cansada no tiene tiempo ni una economía de la atención para los berretines militantes. La sensibilidad gorila de quienes se la dan de compañeros y compañeras no termina de entender cómo vive la gente real. No hay tiempo, ni ganas, ni fuerza para agitar nada más que la propia vida y la del círculo más cercano para llegar juntos o rejuntados al final del día. El mandato de diciembre del 19 fue claro: dejar de apretar sobre cuerpos que no aguantan más.

Una sociedad ajustada, implosionada y cansada no tiene tiempo ni una economía de la atención para los berretines militantes. El mandato de diciembre del 19 fue claro: dejar de apretar sobre cuerpos que no aguantan más.

¿Un gobierno auto-percibido peronista, una militancia (de movimiento social, de palacio “de cuadros” o de “territorio”, cuando toman la palabra sus jetones se parecen bastante entre sí) que vea con preocupación que una sociedad (que sus mayorías populares) rechace el ajuste? Esa es la lectura electoral: ¿por qué dejar huérfana, una vez más, esa potencia silvestre difusa y no tan traducible?

Las militancias barriales, las orgas, los movimientos, lo dijimos miles de veces: solo ven una porción del barrio, pero cuando se quiere hacer de esa percepción o punto de vista parcial “lo que piensan en los barrios” se cae en puro humo. Los barrios no quieren solo operativos, solo “caravanas”, solo recorridas y movilizaciones por sus calles desconectadas de la cotidianidad barrial y popular que no se conoce. Si se le habla sobre el “barrio militante” estamos fritos.       

Fue la pandemia, fue la pesada herencia del macrismo (nunca pensada en profundidad) y fue, la menos enunciada y más antigua (porque es anterior o circula en otro plano a las derrotas electorales) derrota perceptiva que se viene dando desde los últimos años del gobierno de Cristina para acá. Dentro del peronismo (que es lo que más nos importa) y, por supuesto, en todo el espectro político e ideológico más o menos de izquierda. Es una derrota perceptiva porque se dejó de pensar lo social y se dejó de auscultar a las mayorías populares. Decíamos, en aquellos años, que había que estar atentos a los gestos y políticas que buscaban congelar lo social porque se estaba preparando el terreno para un tipo de gobernabilidad que piense en “gobernar enfriando”.

Cuando en medio de “La Gorra Coronada” (la llegada del macrismo al Palacio) hablábamos de la reconfiguración de las dinámicas barriales, de los modos de vida más expuestos al ajuste de guerra, a los viejos y nuevos odios con los que se gobernaba y se intentaba sustituir el deterioro del salario, decíamos que para sacar al macrismo había que sumar todas las fuerzas posibles. Un aguante todo: “El macrismo parecería ser la suma de los odios históricos de la derecha tradicional y de los “nuevos odios” de la derechización existencial en la precariedad (desde los “cabecitas negras” hasta las “mantenidas del plan”). Una suma de todas las fuerzas Anti-Todo a las que sólo cabe oponerle un Aguante-Todo: sacrificio, disciplina y ascetismo, fiesta, agite y gedientismo; militantes de rostro serio y militantes de pura carcajada; vidas endeudadas y vidas sonadas; pibas a todo ritmo y doñas de vieja moral; economía popular, laburantes pillos y vagos inquietos. Que estén los “cuadros” pero también las vidas heridas por el ajuste de guerra”. (https://www.tiempoar.com.ar/informacion-general/veneno-paciente/)

Decíamos, en diciembre de 2019, que el acontecimiento electoral (con el insoslayable protagonismo del conurbano bonaerense, en especial “su tercera sección electoral”, pedazo de tierra en donde activa este colectivo) “provocó aperturas e indeterminaciones en una coyuntura social y económica espesa y cerrada. Se puede salir por arriba, pero no se puede gobernar desde ‘lejanías’ perceptivas; las que te aíslan de los mapas y de las cartografías de esos territorios sociales implosionados, complejos, heterogéneos, dramáticos y vitales. Se salió por arriba y apostamos a que se gobierne con las fuerzas de ‘abajo’ y con el Aguante todo adentro. Un aguante todo que tuvo traducción electoral, pero que desborda cualquier instancia institucional”.

Pensando en esa tercera sección electoral (en ese millón de votos de diferencia entre el Frente de Todos y Cambiemos que permitió el triunfo) nos preocupó desde el comienzo que no se gobernó cuidando ese músculo electoral (esas vidas populares, sobre todo, que permitieron el acontecimiento electoral). Si para hacer boleta al macrismo se convocó ese aguante Todo, para gobernar se lo fue expulsando cada vez más. Y en todos los niveles: nación, provincia, municipios. A nivel de los programas y las agendas de gestión, los organigramas, los modos de caminar los barrios, los modos de tratar a los no-iguales y, más profundamente, la indiferencia o, peor aún, el no registro de los dramas populares.

Como si una circular interna alertase: enfriemos y saquemos todo lo que no entendemos. Un axioma, el de gobernar enfriando y alejando lo silvestre (lo que no está organizado en una militancia concreta, lo que no responde a las expectativas militantes, lo que no tiene vínculos claros con funcionarios, lo que no se acerca por motus propia al referente, lo que anda suelto por el barrio, etc.) que no puede reducirse al rostro de dos o tres ministros: atraviesa a los elencos de gobierno de todos los niveles porque es una manera de intervenir en lo social y lo concreto de las vidas populares. Más allá de la dura derrota electoral del “peronismo unido”, este modo de gobierno, en lo concreto, nos preocupa porque no termina de remover y desmontar un estado blanco que, en lo sensible, se parece mucho al macrismo.

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Las peleas que reproducen y vitalizan al peronismo fueron, son y serán siempre, las que acontecen dentro de las mayorías populares; de sus sensibilidades y formas de vida (“peleas entre pobres” las traducen ahora: bueno, sí, disputas entre pobres que tienen que ser dentro del peronismo). Las peleas que se dan entre agendas militantes, entre ideologías o de espaldas a esas mayorías no reproducen el peronismo: lo congelan y atentan contra su sensibilidad plebeya. No se escucharon los susurros: solo las bolas que se corren (que luego se hacen de nieve y bien visibles, físicas, pero obvias y que desaparecen a las 24 horas, como una historia de red social). Esta vez, parece, que los gritos y susurros no eran de reproducción, sino de palacio y bien lejanos a los caldos de cultivos subjetivos del peronismo.

Dicho de otra manera: el peronismo tiene que contener todas las guerras, toda la belicosidad de lo popular adentro: todas las percepciones, todos los afectos, todos los deseos. El peronismo no es gourmet de las vidas populares: es dinamizador, precursor químico, intensificador de sus peleas por vitalización. El peronismo, más aún en un momento de crisis como el actual, no puede filtrar lo popular y elegir con que rostro amigable quedarse. Todos, todas, todes adentro y votando: después vendrán las disputas y discusiones. Quienes no entienden ese axioma no hacen peronismo (no trabajan con el material sensible existente).

Se puede, siempre, disputar los realismos populares: lo que no se puede hacer es desconocerlos. No tener ni idea de que hay allá lejos.

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Un peronismo amarillo se esparce, preocupándonos, por el conurbano sur: mucha presencia territorial, mucho de “meter todo adentro”. Frente a esa expansión amarilla, el peronismo silvestre tiene cada vez menos lugar: no encuentran cabida en el progresismo (como la inseguridad y la intranquilidad barrial) se lo deja morir o se lo deja tirado y listo para que lo levante, le saque un poco el polvo y lo meta en la bolsa ese peronismo amarillo. Falta de realismo y falta de sensibilidad popular para con los dramas populares en general: desde afectos que van a parar al agujero negro de la implosión, hasta el sobreendeudamiento, los laburos, los barrios picanteados, los pibes en la calle desinflados por todos los futuros que se pincharon.  

Un peronismo amarillo se esparce, preocupándonos, por el conurbano sur: mucha presencia territorial, mucho de “meter todo adentro”. Frente a esa expansión amarilla, el peronismo silvestre tiene cada vez menos lugar

Hay que disputar cuerpos y afectos populares a la máquina de gorra y atraer para un acá abierto, poroso y difuso a vidas que, de lo contrario, se deslizan veloces al buche de una derecha robustecida por sus años de entrenamiento estatal. Porque, además, al no leer los efectos de la implosión social detrás del miedo o la excitación que provoca un “estallido social” más o menos groso, cuando suceden eventos de este calibre, de escala explosiva, no se percibe que suceden con la carga oscura, densa, violenta de todas las implosiones anteriores que no se pensaron: una toma de tierra, una secuencia violenta en un barrio, una pelea entre bandas, un robo, un simple pelea, un malestar laboral viene demasiado cargado para que una lengua política exprés y con la lógica de la obviedad lo pueda expresar, “organizar”, “conducir”. Solo podrá postearlo y comentarlo.

Hay demandas y, sobre todo, afectos populares que de manera urgente tiene que ser leídos y gobernados por una máquina política que se dice peronista (en nación, en provincia o en los municipios). Si esos afectos y esas demandas rebotan en la burbuja y no la traspasan, van a parar y alimentar las máquinas de gorra (siempre transversales), las versiones activas y suburbanas de peronismo amarillo. Agendas, temáticas, movidas que hagan interlocución real con lo social. Se empuja, sin querer queriendo, problemáticas, conflictos, secuencias que no se entienden, que aparecen como complejas: que lo gobierne Dios (podría ser el enunciado no confeso). Un gobierno que se autopercibe peronista no puede borrar de la conversación pública el hashtag salario, trabajo, endeudamiento, alimentos, “costo de vida mula”, violencias sociales difusas, etc. No puede sentir desafección con los dramas populares de una sociedad ajustada a la que se le sumo la peste. Pandemia y aislamiento obligatorio que terminaron de desmantelar ciertas redes (siempre precarias) y enfriar circuitos públicos que alimentaron la implosión.

Con este párrafo pensábamos el peronismo silvestre, en el año 19, que saltaba en dos escenas:

“Las de pibes bien vagos diciendo que ‘ni hablar que votan a Cristina’ allá por comienzos del 2019 y la de la expectativa vital de esas vidas laburantes que apostaban por la fórmula: más dignidad y menos verdugueo. Imágenes-fuerza que tuvieron una traducción electoral en millones de votos y que padecen la orfandad pública: a esas vidas casi no se les habla, esas vidas que padecen la incertidumbre de manera privada y detonada: el peronismo acá no se puede hacer el boludo; está obligado a proponer un futuro social con umbrales mayores de dignidad.

El peronismo es la certeza –y no la creencia- de que mañana vamos a estar mejor que hoy…”

Hace más de un año volviendo a esta idea:

“Una agenda pibe, una agenda laburante, una agenda conurbana entonces (en donde, recordemos una vez más, el Frente de Todos arrasó con una diferencia de un millón y medio de votos con Cambiemos en las elecciones de 2019. Quienes votan solos y esperan…) es urgente. Motorizada por un peronismo silvestre que no es peronismo que se proclama “autónomo” (aunque sí sea de base silvestre) ni trata de resguardarse del Estado, ni pretende alejarse de distintos niveles de gobierno y hacer rancho propio; el peronismo silvestre que no es de retirada es el que trata de empujar desde los bordes y aproximar a los centros a esas fuerzas plebeyas, amorales, barriales que tienen que ser el material con el que se gobierne en primer lugar: gobernar con el peronismo silvestre adentro. Peronismo silvestre que agencie y agende esas fuerzas huérfanas y disponibles para la derecha y sus máquinas. Desde esas alianzas también es posible continuar pensando qué efectos dejó en la sociedad la pesada herencia del macrismo y qué sociedad quedará –qué nuevas heridas– luego del interminable ciclo de peste y ajuste”.

Una agenda conurbana, laburante, pibe, que active en sus políticas de gestión, dándole consistencia popular (encarnando) las medidas. Es un error pensar que se trata solo de tirar guita o cemento (revivals del voto cuota y esas goriladas típicas de la sociedad argentina). Dar consistencia popular a las políticas sociales, por ejemplo, es reponer las “postas” cotidianas de una vida laburante o de una vida-pibe que la pandemia desarmó. Sabemos que la pandemia liquidó a quienes estaban más expuestos a la precariedad y habían sufrido más profundo el ajuste de guerra macrista; quienes sus recorridos de vida estructuralmente eran callejeros, o/y aquellos que ganaban la guita en el día a día. Pensar en salario (y no en dinero ya) es pensar empoderamiento, pensar en rehabilitar circuitos vitales, etc. 

Dar consistencia popular a las políticas sociales, por ejemplo, es reponer las “postas” cotidianas de una vida laburante o de una vida-pibe que la pandemia desarmó.

Se habla con preocupación, en ciertos análisis políticos finos, de cierto desenganche entre el peronismo y el voto-joven. Mucho loreo y poca investigación: ¿en qué andan los pibes y las pibas? ¿Cómo es su vida cotidiana? ¿Qué onda con los laburos y las noches? ¿Qué onda con los pibes-no elegantes?

Tampoco existió una agenda pibe durante la pandemia: se desfinanciaron o se suspendieron programas sociales para adolescentes, y no se planificó ante una situación visible de que se desarmaban las pocas postas que sostenían anímicamente las vidas pibes: la nocturnidad, las changas, la feria, algún berretín; y las pocas mediaciones que quedaban entre la picantez del barrio y la exposición brutal al ambiente. Los primeros meses del año pasado se registraba cómo la pandemia intensificaba muchas variables que había dejado el ajuste macrista: la implosión social, el cansancio, el engorramiento; ¿Pero qué onda los pibes y las pibas que patearon la calle con el bolso con productos de limpieza casa a casa? ¿Qué onda los que con poca nafta anímica se inventaron algún rebusque o se quedaron mal guardados en la casa? Pibes que deambulan desinflados: una época que tiene a los pibes en modo avión.

Si las bases electorales y las mayorías populares votan al peronismo desde ahí se arman las agendas y las alegrías militantes. Primero que nos voten, como decía Perón: hagan cualquier cosa, pero que nos voten. Porque ganar elecciones es abrir el campo de lo posible: más votos es más posibilidad de hacer karaoke con enunciados políticos.

Leandro Barttolotta, Ignacio Gago y Gonzalo Sarrais Alier integran el Colectivo Juguetes Perdidos.

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