ENSAYOS

¿Qué es el antiintelectualismo de Estado?

Por|

El ataque al pensamiento crítico, a la ciencia y a las universidades es una de las principales características de las nuevas derechas. Un fragmento del nuevo libro de Éric Fassin analiza los casos de Estados Unidos y Francia,.

“¡El macartismo ha regresado!”.[1] Desde hace varios años, esta es la consigna recurrente en las polémicas contra el supuesto “wokismo”, según las cuales la cultura de la cancelación sería un “macartismo de izquierda”. ¿Se puede alterar así el sentido del vocabulario político histórico? En los años cincuenta, el término macartismo aludía en realidad a una ofensiva política de la derecha radical.

Durante las audiencias que se llevaron a cabo en el Senado, el  republicano Joseph McCarthy hizo caer todo el peso del Estado contra los presuntos comunistas. Cientos de personas fueron encarceladas, miles perdieron su empleo y muchas otras fueron incluidas en listas negras. En la actualidad, la campaña estatal está dirigida nuevamente contra la izquierda, tanto en Francia como en Estados Unidos. En 2022, por ejemplo, ambas cámaras del estado de Florida, controladas por los republicanos, adoptaron una ley para censurar los programas educativos: Stop WOKE (por las siglas en inglés de Stop Wrongs to Our Kids and Employees, es decir, Dejen de dañar a nuestros hijos y a nuestros empleados). En 2023, el gobernador Ron DeSantis nombró en el consejo directivo del New College of Florida a Christopher Rufo, un agitador de derecha que se hizo conocido en 2020 por iniciar una polémica contra los estudios críticos sobre la raza que fue ampliamente difundida. En esta universidad de Florida donde se imparten humanidades, Rufo procuró de inmediato “cancelar” no solo los programas para la diversidad, sino también los estudios de género. Seis meses después, más de una tercera parte de los profesores ya había dejado la institución.

El legado del macartismo histórico lo encontramos hoy del lado de la derecha dura.

En realidad, el legado del macartismo histórico lo encontramos hoy del lado de la derecha dura, y no de la izquierda. Y es que, en Estados Unidos, el antiintelectualismo no ha cambiado de bando. En los años cincuenta, de hecho, las víctimas no estaban solamente entre los empleados federales, en el Departamento de Estado o en el ejército. De Hollywood a Harvard, la vida cultural e intelectual fue el blanco privilegiado de esta versión ideológica de la Guerra Fría. En las elecciones presidenciales de 1952, la derrota del candidato demócrata Adlai Stevenson frente a Dwight Eisenhower también indicaba un rechazo hacia los intelectuales, tachados de “cabezas de huevo”. Ese fue el punto de partida de un célebre ensayo del historiador Richard Hofstadter sobre el antiintelectualismo en la vida estadounidense.[2] En la actualidad, la ofensiva está igualmente dirigida contra la vida intelectual; y, una vez más, junto con la libertad de opinión, son las libertades académicas las que se ven amenazadas. Según la derecha, tanto dentro como fuera de las universidades, el “islamoizquierdismo” que ha agitado el espacio mediático-político sería así el nuevo peligro, comparable con el comunismo de antaño. En resumen, el antiintelectualismo ha regresado y es nuevamente una política de Estado.

Según la derecha el “islamoizquierdismo” sería así el nuevo peligro, comparable con el comunismo de antaño.

Un error sociológico

Esto no se limita a Estados Unidos. Hoy en Francia, un ensayo con pretensiones sociológicas busca vilipendiar el “wokismo” denunciando un “totalitarismo de atmósfera”,[3] en particular en la enseñanza superior, como si las minorías tuvieran el poder de censurar. Esto coincide con las campañas gubernamentales contra las universidades. El 22 de octubre de 2020, en la radio Europe 1, Jean-Michel Blanquer, ministro de Educación consideró apropiado, tras el asesinato del profesor Samuel Paty,[4] denunciar “complicidades intelectuales con el terrorismo”. El 14 de febrero de 2021, en el canal de televisión CNews, Frédérique Vidal, ministra de Enseñanza Superior e Investigación, anunciaba que realizaría una “inspección” sobre el “islamoizquierdismo” en “todos los programas de investigación”. Pero no se trataba solo de una intimidación: esto también era vaciar las palabras de su significado. Dos días después, en la Asamblea Nacional de Francia, para justificar su amenaza, ella evocaba curiosamente el 6 enero de 2021: “Me sentí extremadamente impactada al ver una bandera confederada en el Capitolio”.

La confusión política, es decir, la política de la confusión, es el sello distintivo del antiintelectualismo. El 12 de abril de 2007, poco antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, escribí un análisis en Le Monde sobre ese “arte de la confusión”, inaugurado en Francia por Nicolas Sarkozy: “Hay que tener muy poca memoria para no estremecerse frente a esta irracionalidad estratégica. Si el vocabulario político ha perdido hoy todo su significado, ¿qué sentido podrá seguir teniendo la democracia el día de mañana?”. Ya que nos referimos a la Guerra Fría, sería oportuno releer 1984, la distopía política de George Orwell. En 1949, este intelectual inglés desmontaba precisamente el totalitarismo analizando el giro de la lengua, como en las consignas exhibidas en la fachada del “ministerio de la Verdad” o “Miniver” (en neolengua): “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”.

La retórica que se instaló a ambos lados del Atlántico ya había encontrado una primera formulación treinta años antes. Fue a comienzos de los años noventa cuando la polémica contra lo “políticamente correcto” se inició en los campus de Estados Unidos, antes de extenderse como un reguero de pólvora por todo el mundo. En Francia, donde el antiamericanismo favorecía, paradójicamente, la importación de este producto mediático estadounidense, algunas figuras intelectuales se alertaban por la “tiranía de las minorías”. La Guerra Fría acababa de terminar. Sin demora, los neoconservadores crearon un nuevo fantasma: en lugar del PC (Partido Comunista), el p.c. (politically correct). En ese momento, ya se hablaba de un “nuevo macartismo”. En retrospectiva, ese momento se nos presenta como el ensayo general de una obra que se está interpretando en la actualidad delante de nuestros ojos. Ahora que la derecha radical parece estar lista para ganar en todas partes, su estrategia gramsciana se torna orwelliana: es la negación de las relaciones de poder. La perversión del lenguaje niega de hecho, o incluso invierte, la jerarquía social entre dominados y dominantes, minorías y mayoría. El antiintelectualismo pone la política patas arriba: es el mundo al revés.

Ahora que la derecha radical parece estar lista para ganar en todas partes, su estrategia gramsciana se torna orwelliana: es la negación de las relaciones de poder.

Existe otra diferencia importante entre el macartismo de antaño y esta nueva retórica. En los años cincuenta, no solo se trataba de un fenómeno estadounidense, sino también de un elemento propio de esa cultura. El ensayo de Hofstadter sacaría a la luz las raíces de la historia de ese país, desde el “espíritu evangélico” hasta el auge de la “cultura práctica” de los negocios. El antiintelectualismo transatlántico contrasta fuertemente con la historia del intelectual en Francia, figura heredada del caso Dreyfus. No obstante, más allá de las diferencias nacionales, nuestra actualidad está marcada por la internacionalización del antiintelectualismo. La ofensiva de Viktor Orbán contra un símbolo del liberalismo político, la Universidad Centroeuropea, fundada por George Soros después de la caída del Muro, no puede analizarse simplemente como una especificidad húngara ni tampoco reducirse a su dimensión regional, pese a su proximidad con el autoritarismo de Vladimir Putin. De hecho, estos ataques contra el mundo académico también tuvieron lugar en la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, en la India de Narendra Modi, en el Brasil de Jair Bolsonaro, en los Estados Unidos de Donald Trump y hoy en la Argentina de Javier Milei. Esta lista, incluso, podría extenderse, al este y al oeste, tanto como al norte y al sur. Por lo tanto, el contexto nacional adquiere un sentido en el marco de una evolución internacional.

Francia no escapa a esta tendencia. La cuna de la figura del intelectual no está a resguardo del antiintelectualismo; de hecho, nunca lo ha estado. El término fue, en primer lugar, un insulto contra los académicos defensores de Dreyfus, proferido por una derecha antisemita hostil a la República. Tal vez sea esa la principal diferencia con nuestra época. Hoy en día, los ataques son perpetrados en nombre de la República, son alentados e incluso iniciados por el gobierno y por el propio presidente. En Francia, también se puede hablar de un antiintelectualismo de Estado. Es así como el 10 de junio de 2020, en Le Monde, Emmanuel Macron lanzó su campaña de reelección acusando a los académicos de “partir la República en dos”. Estaba preparando el terreno para una nueva ley. El 2 de octubre, en un “discurso sobre el tema de la lucha contra los separatismos”, declararía lo siguiente: “Hemos dejado el debate intelectual en manos de otros, de aquellos que están fuera de la República porque la han ideologizado, pero a veces también de otras tradiciones académicas. Me refiero a la tradición anglosajona”. Más allá de las minorías, el presidente apuntaba así de nuevo contra los académicos, o al menos contra los especialistas en asuntos minoritarios que movilizan “ciertas teorías en ciencias sociales totalmente importadas de Estados Unidos”.

Esto es bastante notable, considerando que Emmanuel Macron se había mostrado inicialmente como una figura intelectual, pretendiéndose cercano al filósofo Paul Ricœur. Después, convocó a unas sesenta figuras de la vida intelectual francesa a un “gran debate”. Incluso optó por invitar al pensador poscolonial Achille Mbembe, en lugar de algún alto funcionario o de un político, para que organizara una cumbre de intercambio con la sociedad civil africana, y en particular con la juventud de ese continente. Esta paradoja nos permite conjurar una ilusión sociológica. El antiintelectualismo no opone dos categorías sociales, intelectuales o no, dotadas de capital cultural o no. No está dirigido a un grupo, independientemente de cómo se defina. Su verdadero objetivo es hoy el pensamiento crítico. Por lo tanto, no afecta a todos los miembros de ese grupo: muchos de ellos realizan un trabajo que no altera demasiado el orden de las cosas. Algunos incluso escriben contra los “intelectuales”, lo que en este contexto, además, puede valerles un reconocimiento político-mediático, aunque carezcan de legitimidad intelectual. Al mismo tiempo, el pensamiento crítico no es impulsado solamente por quienes hacen del conocimiento su profesión. También se teme la influencia que estxs ejercen, particularmente entre lxs estudiantes que pueden armarse de conocimiento crítico no solo en el marco de sus estudios, sino más allá, dentro y fuera de la universidad.

De hecho, la ilusión sociológica, al confundir una batalla ideológica con una forma de lucha de clases, se presta al juego del antiintelectualismo. Este discurso tiende a mostrarse como un combate contra élites arrogantes; también es movilizado por una retórica populista impulsada conjuntamente por el neoliberalismo autoritario y la derecha radical. La figura del “bobo” [bourgeois bohème] también ha desempeñado un papel central en esta crítica. En 2000, el comentarista conservador estadounidense David Brooks recurrió a ese término para burlarse de los “burgueses bohemios” que gozan de lo mejor de ambos mundos: el dinero y la cultura. Es la imagen de la pareja presidencial Clinton.[5] Unas décadas antes, el sociólogo Pierre Bourdieu había demostrado que la jerarquía social dependía no solo del capital económico, sino también del capital cultural. No obstante, en la versión del “bobo” inmediatamente importada al debate francés, todo parece ser como si lo primero reemplazara lo segundo. Esto es aún más paradójico si se tiene en cuenta que, en ese mismo momento, en Francia como en cualquier otra parte, el peso relativo del dinero crece en detrimento del de la cultura. Mientras se profundizan las desigualdades económicas, la sátira del “bobo” ha sido extremadamente útil para desviar la atención del avance del poder de los multimillonarios, especialmente en los medios y en la política.

En Estados Unidos, los “limousine liberals” fueron objeto de burla durante mucho tiempo, como lo fue en Francia la “izquierda caviar”. Pero, desde los años dos mil, se habla más bien de “latte liberals”, así como de “izquierda tofu”. En otros términos, ya no se trataría de riqueza, sino de una sofisticación “burguesa bohemia”. Las modas alimentarias de otros países, así como las películas extranjeras subtituladas,[6] delatan un cosmopolitismo necesariamente elitista. ¿La bicicleta del ecologista vegano sería entonces la señal de una condescendencia de clase reservada a algunos privilegiados inevitablemente alejados del pueblo, aunque sean maestros de escuela o trabajadores intermitentes del espectáculo? En definitiva, la jerarquía social estaría definida por los gustos o las prácticas culturales, y no por el dinero o incluso el poder. Es así como en Francia, el animador de televisión Cyril Hanouna[7] es hoy el rostro mediático de un multimillonario, Vincent Bolloré,[8] La brutalidad y la grosería serían la marca de un antielitismo que confunde deliberadamente “popular” y “populista” en una misma vulgaridad reivindicada. La celebración del entretenimiento se convierte en el revés del desprecio por la cultura culta, esto es, en una forma de despertar un resentimiento hacia las personas con estudios superiores, y no tanto hacia los ricos. En pocas palabras, esta versión de derecha de la lucha de clases está fundada en la supresión de clase en el sentido marxista. Es lo que permite una mutación de la retórica reaccionaria. En el pasado, el conservadurismo se proclamaba elitista; hoy, se jacta de ser antielitista.

En el pasado, el conservadurismo se proclamaba elitista; hoy, se jacta de ser antielitista.

Esta confusión entre la pretensión cultural y el poder real de las élites alimenta el antiintelectualismo político en todo el mundo. Encontramos aquí algunas características ya señaladas por Hofstadter en el contexto estadounidense: los intelectuales eran entonces considerados “pretenciosos, vanidosos y esnobs”, pero también “afeminados” e “inmorales”, y, por tanto, potencialmente “peligrosos y subversivos”. La dimensión virilista de este antiguo discurso arroja luz sobre el actual rechazo hacia el feminismo y las minorías sexuales, e incluso sobre la aversión obsesiva por la escritura inclusiva. El riesgo es confundir esta retórica con una realidad sociológica y, de ese modo, validar el discurso populista al tomarlo como real. Ahora bien, hablar en nombre del pueblo contra las élites no significa ser representativo del pueblo. De ahí la crítica al populismo de izquierda que desarrollé en un ensayo de 2017.[9]

Hoy en día, el neoliberalismo produce lo que la teórica política Wendy Brown analiza como una “desdemocratización” radical. El resultado es una fuerte ira política, tanto en la derecha como en la izquierda. No obstante, como plantea la filósofa Chantal Mouffe, es ilusorio pretender rescatar, en la ira de la extrema derecha, un “núcleo democrático” con la esperanza de que se desplace hacia la izquierda. Se trata efectivamente de resentimiento. Puede dirigirse tanto hacia arriba como hacia abajo, contra las élites culturales y contra los pobres, contra los romaníes o los refugiados: los “asistidos” no serían más que “parásitos” que se benefician de privilegios que no merecen.[10] Desde esta perspectiva, el goce del otro me priva del mío. En cambio, la indignación, afecto que motiva a la izquierda, es radicalmente diferente. El sentimiento de injusticia no se limita a mi persona; exige justicia para todos y todas. Esa es la razón por la que no podría haber un común denominador entre la indignación de izquierda y el resentimiento de extrema derecha: la primera se nutre del deseo de igualdad y el segundo, de desigualdad.

Este tipo de enfoque teórico sobre los afectos expone hechos empíricos que hacen tambalear la estrategia populista frente al ascenso de la extrema derecha. De hecho, el análisis electoral demuestra que, con una estrategia que busca ser populista, la izquierda no recupera prácticamente ningún voto del otro bando, cuyo electorado permanece insensible a su compasión por su supuesta miseria. En parte, se trata de los “perdedores de la globalización neoliberal”, pero también de los ganadores: el resentimiento no traduce una condición objetiva. Ser beneficiado por el neoliberalismo no impide considerar que uno merece más, para desmarcarse mejor de otros que no lo merecerían. Por otra parte, la fortuna de un heredero como Donald Trump no entorpece en absoluto el éxito de su retórica: no hace falta ser un hombre del pueblo, ni fingir serlo. No oculta su gusto por el dinero y su desprecio por la cultura, su elitismo y su antielitismo. La hostilidad no perdona a los privilegiados: el resentimiento se manifiesta más como una forma de goce que como una expresión de sufrimiento.


[1]  Este capítulo retoma y desarrolla la introducción de mi libro State Anti-Intellectualism and the Politics of Gender & Race, Budapest, Central European University Press, 2024. Esta recopilación en inglés reconstruye los últimos años; el presente ensayo, en cambio, parte desde el 7 de octubre de 2023.

[2]  Richard Hofstadter, Anti-Intellectualism in American Life, Nueva York, Knopf, 1963.

 [3]  Se refiere a Nathalie Heinich, Le wokisme serait-il un totalitarisme?, París, Albin Michel, 2023. [N. de la T.]

[4]  Profesor de secundaria asesinado y decapitado luego de haber mostrado caricaturas de la revista Charlie Hebdo que representaban al profeta Mahoma, en una clase sobre libertad de expresión. El atacante, un refugiado ruso de origen checheno de 18 años, publicó en Twitter que había actuado “en nombre de Alá” y fue asesinado por la policía en el momento de su arresto. [N. de la T.]

 [5]  David Brooks, Bobos in Paradise: The New Upper Class and How They Got There, Nueva York, Simon & Schuster, 2000.

 [6]  En Francia, la forma de traducción predominante para las series y películas extranjeras es el doblaje. [N. de la T.]

 [7]  Animador de televisión que protagonizó varios escándalos por burlas homofóbicas, sexistas e islamofóbicas. Ejerce una influencia política significativa al invitar frecuentemente a figuras de la extrema derecha en sus programas de radio y televisión. [N. de la T.]

 [8]  Empresario ultraconservador, propietario de un imperio mediático (televisión, radio, prensa gráfica) que también abarca el sector editorial y el financiamiento de cátedras universitarias. [N. de la T]. 

 [9]  Éric Fassin, Populisme : le grand ressentiment, París, Textuel, 2017.

 [10]  Véase Michel Feher, Producteurs et parasites. L’imaginaire si désirable du Rassemblement national, París, La Découverte, 2024.

 

image/svg+xml Tinta Limón Ediciones Tinta Limón Ediciones

Hacé un aporte por este artículo

Agradecemos el aporte que puedas realizar para acompañar a nuestro proyecto editorial autogestivo y a todas las personas que hicieron posible este material.

We appreciate any contribution you can make to support our self-managed publishing project and all the people who made this material possible.

Seleccionar monto

Selecciona una moneda

También podés hacer tu contribución al alias TINTALIMONEDITA