INTRODUCCIÓN

Sembrar palabras

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Así comienza "La tierra da, la tierra quiere", el libro de Antônio Bispo dos Santos, más conocido como Nêgo Bispo, un referente quilombola al que se le encomendó desarrollar la habilidad de traducir por escrito la sabiduría de su pueblo. Bispo falleció en 2023, pero su legado continúa. Aquí, un adelanto del libro que saldrá en los próximos días y presentaremos el viernes 7 de agosto en Cazona de Flores, junto a su hija Joana María y la investigadora Renata Marquez.

Desde los inicios de mi vida, mis ancestros me orientaron para escuchar los cantos de los pájaros y los chirridos del bosque. Entiendo el ambiente donde di mis primeros pasos como una de las plataformas de lanzamiento de mi trayectoria. Un recuerdo maravilloso de aquel tiempo, que todavía pulsa, es despertar oyendo el canto de la bandada informando las condiciones meteorológicas del día.

Los pájaros nos avisaban si iba a llover, si iba a salir el sol o si iba a estar nublado. Informado, entonces, incluso antes de levantarme, ya tenía noción de cómo sería el día. Otro latido de los recuerdos de infancia es el camino del campo que hacíamos junto con los mayores, la generación de mamá y la generación de la abuela. Oíamos los sonidos emitidos por el bosque, a partir del movimiento del viento y las aguas de los arroyos, ríos y cascadas, dependiendo de por donde pasábamos.

En el camino al campo, los pájaros continuaban con sus cantos, celebrando la abundancia que habían encontrado recogiendo los frutos de los árboles. También nos hacían saber sobre otras vidas que pasaban cerca en ese momento, ya fuese para nuestro cuidado y protección, o simplemente nos anunciaran que el ambiente se estaba ampliando con otras presencias. Estas son memorias recurrentes, a las que vuelvo cada vez que encuentro un obstáculo en mi camino. Allí es donde recupero fuerzas y desde donde vuelvo a empezar, con una mayor fuerza, que supera los obstáculos y da continuidad al recorrido.

Estas son memorias recurrentes, a las que vuelvo cada vez que encuentro un obstáculo en mi camino.

También pulsan los recuerdos del amanecer en una casa construida con materiales del lugar, con parte del techo hecho de tejas de adobe crudo y otra parte de paja y madera. La parte de la casa construida con adobe y techo de tejas era la habitación en la que dormíamos. Como el clima tendía a ser más templado por la noche, este era el espacio adecuado para dormir.

La parte de la casa con paredes de barro y techo de paja, curiosamente, a pesar del riesgo de incendio, era el espacio de la cocina, precisamente porque la paja y el barro son térmicos. Ese espacio se calentaba menos durante el día y era donde se encendía la cocina a leña. La otra habitación, con techo de paja y paredes de palos secos, era donde se realizaban actividades colectivas como el telar, ya que el espacio donde se tejía necesitaba estar mejor ventilado. Nuestra arquitectura estaba adaptada a las actividades realizadas durante el día en cada uno de los espacios.

Cuando cumplí diez años, empecé a adiestrar bueyes. Fue así como aprendí que adiestrar y colonizar son lo mismo. Tanto el adiestrador como el colonizador comienzan por desterritorializar al ente atacado, quebrando su identidad, sacándolo de su cosmología, alejándolo de sus entes sagrados, imponiéndole nuevas formas de vida y dándole otro nombre. El proceso de denominación es un intento de borramiento de una memoria para que otra pueda crearse.

Tanto el adiestrador como el colonizador comienzan por desterritorializar al ente atacado.

Hay adiestradores que pegan y adiestradores que dan cariño; hay adiestradores que castigan y adiestradores que dan comida para hacerlos adictos, pero todos son adiestradores. Y todo adiestramiento tiene el mismo propósito: hacer trabajar o producir objetos de disfrute y satisfacción. Sin embargo, no a todos los animales podemos adiestrarlos. Algunos quedan físicamente atrofiados, cuando se exige del animal un esfuerzo físico más allá de lo que es capaz. Otros quedan atrofiados mentalmente, cuando el animal sufre un shock mental violento.

De manera análoga, hay personas atrofiadas: personas que no fueron adiestradas para trabajar, pero que tampoco son pillas. Personas adiestradas para que no tener un imaginario, para no lograr practicar su autogestión. Personas que no aprendieron a hacer nada ni aprendieron a extraer algo de lo ya hecho. Personas atrofiadas que deambulan sin saber adónde ir. O incluso, personas que fueron adiestradas y terminaron transformadas en población trabajadora fluctuante, que pasa una temporada en el sur o en el sudeste, en una servidumbre asalariada, y luego regresan.

Al dominar la técnica del adiestramiento, rápidamente me di cuenta de que, para enfrentarnos a la sociedad colonialista, a veces “necesitamos transformar las armas de nuestros enemigos en defensa”, como decía uno de mis grandes maestros de defensa. Entonces, para transformar el arte de denominar en un arte de defensa, resolvimos denominar nosotros también.

En otros escritos en los que traduje el saber ancestral de la generación de nuestra abuela de la oralidad a la escritura, trajimos algunas denominaciones que en la academia llaman conceptos. A partir de entonces, continuamos practicando modos de denominación y discursos para contrarrestar el colonialismo. Es lo que llamamos guerra de las denominaciones: el juego de contradecir las palabras coloniales como modo de debilitarlas.

Una vez, un investigador de Cabo Verde me hizo la pregunta: “¿Cómo podemos contracolonizar hablando la lengua del enemigo?”. Le respondí: “Vamos a agarrar las palabras del enemigo que están fuertes y vamos a debilitarlas. Y vamos a agarrar nuestras palabras que están debilitadas y vamos a potenciarlas. Por ejemplo, si al enemigo le encanta decir desenvolvimiento [desarrollo], vamos a decir que el desenvolvimiento desconecta, que el desenvolvimiento es una variante de la cosmofobia. Vamos a decir que la cosmofobia es un virus pandémico y al diablo con la palabra desenvolvimiento. Porque la palabra que nos encanta es envolvimiento [involucrarse]”.

Guerra de las denominaciones: el juego de contradecir las palabras coloniales como modo de debilitarlas.

Para debilitar el desarrollo sustentable, introdujimos la biointeracción; para la coincidencia introdujimos la confluencia; para el saber sintético, el saber orgánico; para el transporte, la transfluidez; para dinero (o el trueque), compartir; para la colonización, la contracolonización… y así en adelante. Entendió el juego de palabras: “¡Tenés razón! Vamos a meter más palabras dentro de la lengua portuguesa. ¡Y vamos a colocar palabras que los propios eurocolonizadores no tienen el coraje de decir!”.

¿Por qué la gente de la favela habla gíria[1]? Llenan la lengua portuguesa con palabras potentes que el propio colonizador no comprende. Llenan la lengua como quien rellena un chorizo. Y así hablan portugués delante del enemigo sin que él lo entienda. La favela adiestró la lengua, la hechizó. Tenemos que hechizar el idioma. Puedo decir que soy un hechicero, ¿qué problema hay? Pero soy hechicero y milagrero, porque soy politeísta y sé hacer tanto milagros como hechizos.

Sembré las palabras biointeracción, confluencia, saber orgánico, saber sintético, saber circular, saber lineal, colonialismo, contracolonialismo… Sembré las semillas que eran nuestras y las que no eran nuestras. Transformé nuestras mentes en jardines y arrojé ahí un mate con semillas. Cuando presenté estas semillas, estas imágenes, estas palabras en germinación, tuve la impresión de que la palabra biointeracción germinaría más que las demás, a tal punto que me esforcé mucho en lograrlo. Pero lo que pasó fue que la palabra que mejor germinó fue confluencia.

No tengo dudas de que la confluencia es la energía que nos mueve hacia el compartir, hacia el reconocimiento, hacia el respeto. Un río no deja de ser río porque converge con otro río, al contrario, se vuelve él y los otros ríos al mismo tiempo, se fortalece. Cuando hacemos confluencia, no dejamos de ser nosotros, nos convertimos en nosotros y en los otros: el nosotros prospera. La confluencia es una fuerza que prospera, que aumenta, que se expande. Esa es la medida. De hecho, la confluencia, esta palabra en germinación, me llegó en un momento en que nuestra ancestralidad me sostenía en su regazo. De hecho, ¡ella todavía me abraza! Me he sentido en el regazo de la ancestralidad y quiero compartir eso.


[1] Jerga. Lenguaje informal con un vocabulario rico en expresiones metafóricas, jocosas, elípticas, utilizado inicialmente por un determinado grupo, pero que puede extenderse a otros, pasando a formar parte del uso actual. Como ejemplo del uso de la gíria inventada en las favelas, Ferréz, poeta brasileño nacido en Capão Redondo, dice que no escribe en portugués, sino en “favelés”, que escribe en otro idioma y que tiene la intención, tras muchos años de producción, de escribir para un destinatario específico: quiere escribirles a los vecinos y a las vecinas de su barrio. [N. de la T.]

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