Reseñas

Un OVNI en la noche de la nostalgia

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Comentario del libro "Nada que esperar. Historia de una amistad política", de Sebastián "el Ruso" Scolnik. Afirmar que se trata de un libro cómico –como pocos– es tan cierto como afirmar que en él se lidia con una tristeza profunda.

Ximena Duhalde
Ximena Duhalde

00. Programa. Lo primero que hay que decir es ¡por fin! Por fin una escritura inesperada en el predecible contexto de las recordaciones del 2001. Nada que esperar, es, por su tono y por su tesis, un verdadero “objeto no identificado”. Como sucede con toda buena novela, no hay modo de resumirla por teléfono. ¡Es imperioso leerla! Y vale la pena hacerlo para enterarse del insólito programa de vida que Scolnik imagina para sus personajes: existan de modo tal que nunca queden definitivamente adheridos a roles, a modelos o a marcas. Hacer la vida de acuerdo a semejante máxima, que sería también un fin supremo, supone que nada hay más noble y ambicioso que despejar de su horizonte toda clase de finalismos. Puestos en situación, los personajes no preguntan si esto es posible, sólo se entregan a las peripecias a las que se ven arrastrados, en una particular forma de la fidelidad. No a una idea, tampoco a un amor: fidelidad a una regla de juego, a un plan de existencia, que obliga a crear un ardid y un disfraz para no claudicar ante los modos del reconocimiento. Porque el juego mismo se funda en una cierta percepción desconfiada de cada celebración sincera de un éxito o un triunfo, porque sospecha allí una inconfesable transacción envenenada: la satisfacción subjetiva como encubriendo una transacción, una pulsión adaptativa.

01. Nihilismo acorralado. Como dice la crítica literaria: es en el tono donde se juega la relación que el narrador tiene con lo que narra. En Nada que esperar, el nihilismo es acorralado en su propio medio por un tipo de actividad espiritual que, partiendo de la nada y nunca creyendo haber encontrado algo, se dispone a hacer desplazamientos para crear sentidos. La nada que somos no se resolverá aspirando a ser algo, sino descubriendo en ese vacío un llamado a llegar a ser lo que se es. Hace poco más de dos décadas, un grupo de jóvenes militantes montaron una campaña electoral paralela con la consigna: “Votá lo que puedas, construí lo que quieras, no hay nada que esperar”. La fórmula, en tres tiempos, sintetizaba un vértigo anticipatorio del acelerado declive histórico que iba de una votación nacional (la elección de De La Rúa como presidente en 1999) a la insurrección de 2001. Si el primer tiempo –“vota lo que puedas”– expresaba un pragmatismo algo resignado, el segundo –“construí lo que quieras”– apuntaba a las prácticas colectivas que preparaban la insurrección, y el tercero –nada que esperar– era una lisa y llana convocatoria al ahora de la acción. En el caso de la novela de Scolnik, este tercer tiempo se desprende de toda coyuntura precisa y apunta a un tipo de “ahora” de la acción que se trama en la complicidad de una “amistad política”, sin la cual –o fuera de la cual– no es posible desplegar el programa que libere la acción del modelo, la política de la convención, la indignación del cliché, la enunciación del fraude.

02. La risa como método. Parece ser que, en uno de sus orígenes rastreables, la noción de los “humores” remite a la medicina antigua. Humores eran unos líquidos –los “humores negros”– que recorrían el cuerpo produciendo estados diversos en el ánimo y la salud. En algún momento, se hizo posible distinguir humores de tipo “nacional”. Habría entonces, por ejemplo, un humor griego (la ironía platónica), distinto de un humor llamado judío. Gilles Deleuze sostiene que, a diferencia de la risa irónica (“platónica”), que se mofa de los cuerpos siempre defectuosos en contraste con la perfección de la Idea, la risa judía –que Deleuze atribuye a Spinoza–, toma por objeto a los cuerpos en tanto que son capaces de hacer cosas inhabituales, sorprendentes (rompiendo la subordinación al modelo celestial). No sabría calificar en términos de “naciones” el uso intensivo del humor que caracteriza a Nada que esperar, aunque el sarcasmo y el chascarrillo, que provocan la carcajada frecuente y por momentos perturbada, se acercan al polo judío del esquema deleuziano. Pero afirmar que se trata de un libro cómico –como pocos– es tan cierto como afirmar que en él se lidia con una tristeza profunda. Y, sin embargo, el humor y la amargura, lo cómico y lo nostálgico no son en Scolnik aspectos del todo distinguibles, polos de una ciclotimia que pudieran dar lugar al juego de lo profundo y lo aparente, la forma y el fondo. El modo en que coexisten las capas anímicas no obedece a la psicología de los personajes o del narrador, sino al extravagante programa que este último impone a los primeros. La variación de estados del alma son signos mayores o momentos de una verdad, y como tales deben ser concebidos. Como instrumentos a empuñar en la tarea de realizar una crítica feroz al momento en que algunx de los miembros de la manada abandona el juego de la amistad política, que es el de la determinación recíproca y abierta. La historia de la amistad política es, sobre todo, la de un modo de reír que se dirige a cada quién: a lxs otrxs, en tanto que se ofrecen como falsos modelos, y a los propios amigxs, en tanto que el colectivo debe ser de naturaleza marrana; siempre otra cosa por detrás de la apariencia. La risa divierte, pero también llama al orden. Hay una esencia coactiva de la risa: Henri Bergson supo pensarla en su faceta de sanción social. La risa que nos recuerda la pertenencia a la modesta jauría, que repone la regla de individuación, mantiene la reunión frente al presentimiento de la disolución en el premio individual. La risa que se burla, en voz baja, de toda aspiración inevitable y legítima a encontrar satisfacciones personales en el reconocimiento, al costo de liquidar el juego. Lo cómico-político es el sustrato de un tipo disparado de militancia.

La risa divierte, pero también llama al orden. Hay una esencia coactiva de la risa.

O3. Con los pies en la nada. La novela y sus personajes recorren con toda intensidad la segunda mitad larga de la década de los noventa, atraviesan 2001 y tienden a dispersarse entrado el kirchnerismo. Los escenarios privilegiados de sus aventuras son la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (Marcelo T de Alvear 2230), los viajes y la ciudad de la convulsión. La presencia de las fechas y los procesos de tipo histórico, omnipresentes, tienden a borronearse en casi todo el texto. Son como un fondo que no se explica ni se ofrece como contexto. Lo político como saber es sustituido por lo político como experiencia, haciendo de la aventura una instancia superior al ensayo instructivo. Así se suceden el menemismo, la Alianza, Duhalde, el kirchnerismo y hasta el macrismo. Están los gremios, los organismos de derechos humanos, las asambleas, los piqueteros, los escraches, los barrios. Están Cuba y los setentas. Están la crisis, la lucha y la normalización, los nombres de los grupos y sus siglas: Agrupación El Mate, La Cátedra Libre Che Guevara, el Periódico De mano en mano, el Colectivo Situaciones, Tinta Limón Ediciones; H.I.J.O.S, CTA, MTD de Solano, Comunidad Educativa Creciendo Juntos, MOCASE. Están los textos militantes y los literarios, de Mariátegui o Gramsci, de Walsh o Negri, desembocando en Salvador Benesdra. Hay decenas de personajes inspirados en recuerdos verdaderos, como el italiano Paolo Virno. Pero si Nada que esperar es un libro de crítica política, si recurre con efectividad al ensayo y a las lecturas, lo hace siempre con la lúcida conciencia de un proceder específicamente literario, que permite desandar las cronologías establecidas y proponer nuevas confrontaciones de sentido con un pasado que aún puede ser redescubierto. Y en este sentido, Nada que esperar es una contra narración que se enfrenta a otras, particularmente a las narrativas construidas desde el estado. Su aspecto más importante es, en mi opinión, el siguiente: que 2001, en tanto que punto de inflexión, no se agota en la descripción de una crisis. Si no resulta aceptable la versión posterior, según la cual la dinámica de la lucha de clases no alcanzó a ser política por ausencia de liderazgos y mediaciones representativas, tampoco lo es aquella más interior, según la cual 2001 contendría una teoría de la deserción. Es ante esta lucha de narraciones –la institucionalista y la anti institucionalista– que Nada que esperar relata la secuencia de la crisis-insurrección como disolución activa (“destituyente”) de toda consistencia sistémica. “Que se vayan todos” removía los residuos de la mediación política, pero lo hacía con los pies en la nada. Si expulsaba a “todos”, era para evitar malas compañías. Se trataba de una consigna que intensificaba la crisis y resistía desde una reacción enteramente democrática, desde lo asambleario-comunitario. El movimiento, más que de deserción, apuntaba –como los personajes de Nada que esperar– a crear algo de la nada. La contra narración de Scolnik apunta al 2001 como umbral: antes, la política era miseria concentrada, que destruía y desposeía a los sujetos de todo territorio económico y simbólico de existencia. Después, se transformó en una práctica afectada de hipocresía, en la medida en que no cesó de proponer lo social como un conjunto de roles a ocupar, sin reparar en la condición precaria y prescindiendo de toda interrogación que esa normalidad impone como ejercicio crítico elemental. Previo a 2001 se trataba de hacer de la amistad política el laboratorio de una nueva sociabilidad, de elaborar sentidos ante el creciente movimiento de la nada. Luego de 2001, en cambio, se trató de impedir que la nada, disfrazada de norma, devore los resquicios de comicidad, ante el avance amenazante del desenfado neofascista, pero también de una solemnidad militante de consignas estatalizadas. ¿Se podrá objetar que la historia de esta amistad es al fin una versión poco política, en la medida que no hace centro en el conflicto y el enfrentamiento? ¿En qué ha quedado la clásica definición de la política como enemistad? Nada que esperar va por el lado de la historicidad como implícita conciencia de una guerra y de una dolorosa inefectividad de las fuerzas populares. No deja de ser un examen sobre la pobreza del enfrentamiento profesionalizado, del enfrentamiento de aparatos, es decir de toda traducción mistificada de las luchas del pasado. Así funciona la presencia de Rozitchner: el grupo que trabaja en política no tiene chances de sustituir la inteligencia, la indignación o la radicalidad (o su ausencia) al nivel de las masas. Si algo parece reprochar Nada que esperar al setentismo de reducto es no profundizar en la distinción entre convocar a un pueblo nuevo y producir una escena de decorado, como toda manifestación de una voluntad de representación.

El libro no deja de ser un examen sobre la pobreza del enfrentamiento profesionalizado, del enfrentamiento de aparatos, es decir de toda traducción mistificada de las luchas del pasado.

04. Paradojas. ¿Cabe la vida en un programa? ¿Se puede hacer depender la existencia de una tesis? En una escena de mis preferidas, un personaje llamado Santiago López Petit, filósofo catalán de visita en Buenos Aires, pregunta en voz baja al protagonista: “¿Ustedes no corren el riesgo de hipostasiar lo colectivo?”. El personaje del narrador en primera persona se comporta como un atesorador que va recolectando con humor en su memoria esquirlas de este tipo. Logrando el efecto de presentar el programa a partir de un conjunto creciente de paradojas a las que inevitablemente se enfrentan sus personajes. La vida en estado de fuga no se sustenta sin una serie de transacciones consideradas menores, pero que suponen una actividad constante de evaluaciones y valoraciones, una práctica viva de justicia inmanente sin la que no hay red viva posible. Toda la novela puede ser leída como una pregunta sobre cómo distinguir, una y otra vez, una fidelidad de la ideología rígida o la pureza moral, que no serían sino otro tipo de falsificaciones. Lo que más me interesa del libro son esas paradojas, nutridas del carácter mutable o reversible de los amores más rebeldes. Para pispear este fondo, Scolnik sitúa la “amistad política” como una actividad creativa/sustractiva sobre el suelo de la crisis/rebelión. Amistad que, si desde un comienzo se articuló en un más allá del activismo universitario, no tardará en derramar hacia las más castigadas barriadas populares y en multiplicar planos de atención: el interés inmediato por las experiencias subjetivas de la crisis tanto como el guevarismo de los años sesentas, la historia política argentina tanto como la filosofía francesa del acontecimiento, la obsesión con las heterogéneas formas de la organización militante de Latinoamérica, como el estudio paciente del autonomismo obrerista italiano. Cada una de estas historias, y de sus combinaciones posibles, suponen un cierto bricolaje, que selecciona y privilegia momentos de encuentro, en detrimento de retazos inservibles o a excluir. Lo que no hace sino renovar las paradojas. Porque la actividad que supone desligar los afectos de las identificaciones inmediatas para crear otras –hablamos de amistades, rivalidades, parejas, libros, cómplices, aliadxs– requiere sostener hábitos de descentramientos, de libre conectividad, membranas bien despiertas. En la idea que Scolnik se hace de la amistad política resuena un cierto eco de las “máquinas de guerra”.

05. Lo cómico-político. Sobre el final, el programa de la no adhesión a roles y modelos resulta sometido a un severo balance. La apariencia del fracaso se hace ostensible en la medida en que el narrador pasa a identificarse como un personaje despojado de cómplices. Desprovisto de una instancia colectiva en la que reunir las fuerzas a la altura del desafío autoimpuesto. Porque hasta ahí, lo colectivo actuaba como predisposición a la apertura, pre-comprensión que abría caminos, allí donde la tierra se derrumbaba. Imaginaba que era esa la fuente de su saber, y que sin él a nada se entrevería. De ahí la sensación de agotamiento (que una lectura aguda captará como momento vital que no debe ser eludido, más que como claudicación). Son los años de la retracción en la rutina laboral, padecida como reclusión perpetua, hasta la llegada del nuevo director de la institución en la que trabaja: la Biblioteca Nacional. Una presencia en medio del abatimiento. Nace una complicidad radicalmente diferente a la anterior que, aunque no la sustituya, logra sí modificar horizontes. Con lo que nuestro contrariado Bartleby se verá, de pronto, convertido en un editor profesional a cargo de un equipo con el que publicará unos 400 títulos. La llegada del macrismo plantea, una vez más, la cara oscura del universo, con sus ramificaciones en el cotidiano más próximo. El plan de vida se tensa al máximo. La resistencia pasará ahora por la dedicación a constituir un afilado aparato de curiosidad, elevado a una investigación micro-institucional. Más que al militante o al editor, el estrechamiento del camino prepara al escritor. Su mirada –en la que podría reconocerse a un Christian Ferrer, pero también a un Jorge Asís– se posa en los detalles de la vida de las burocracias, incluida la sindical. Si Melville hacía del escribiente la fuente de la que emanaba la descomposición del lenguaje, por medio de la célebre fórmula “preferiría no hacerlo”, nuestro Bartleby es completamente receptivo. Sus numerosas conversaciones con González acaban por modificar su propio ingenio y un nuevo fraseo se esparce a lo largo del libro, arrastrando consigo una serie de saberes sobre las instituciones y sus máscaras. A estas alturas el personaje principal de la novela, que bien podría llamarse en la ficción Sebastián Scolnik, ya sabe perfectamente lo que le espera, pues advierte hasta qué punto cada estrechamiento del desfiladero supone una prueba cada vez más rigurosa en nombre de una libertad mayor. El lenguaje de su amigo, el director, acaba fructificando en las reflexiones de Scolnik. Lo vemos en un cierto modo de interrogar, que sale al paso en cada página, y que tiende a trastocar el orden de los valores que en apariencia tendrían las palabras (un modo, en última instancia, “cookeano” de pensar) y que en Scolnik da lugar a lo que podríamos llamar lo cómico-político. Se trata de una manera de socavar la posibilidad misma de un cierre, a partir del cual se podría decidir sobre el fracaso o el éxito de la fidelidad como programa. Como todo texto, más inteligente que perfecto, que busca pensar (y hacer pensar) antes que fascinar, el final permanece irresuelto, dejando la impresión de que próximas ediciones podrían sorprendernos con nuevas historias. En el extremo, podría ocurrir que Nada que esperar acabe por cuestionar la pretensiosa atribución del juicio que el presente se atribuye sobre el pasado. Seria asombroso –y bellísimo– que este OVNI que circula con luz propia en la noche de la nostalgia, encarnase una inesperada rebelión del pasado contra el presente. Poniendo en discusión la tesis adaptativa según la cual la razón del tiempo consiste en su propia evolución -olvidando lo que el gran escritor griego Kavafis enseñaba en su poema “Itaka” sobre la superioridad del viaje respecto de la meta-, si algo vacila en contacto con las páginas de esta novela, es la pretensión misma de tener la razón.

Foto: Ximena Duhalde.

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